A camello en Rajastán, una crónica viajera de Alejandro Balaguer

Mi opinión

Siempre es un gusto toparse con Alejandro Balaguer, fotorreportero y divulgador ambiental de gran recorrido por nuestro continente. Sus crónicas de viaje y sus proyectos de avanzada en pro de la conservación de la biodiversidad que guardan nuestros territorios son siempre bienvenidos por esta casa que es suya y la de tantos otros locos como él que siguen apostando por la salud y larga vida del planeta que habitamos con tanto desparpajo. Abrazos desde Lima hasta Panamá, querido Alejandro, que el viaje siga siendo infinito.

Dieciocho horas volando alrededor del mundo, veintiún horas en tren por el Gran Desierto de la India, trece horas en camello a través de las dunas que hacen de frontera con Pakistán. Sediento, reseco, polvoriento, oliendo a masala, a sudor de camello, con el cuerpo roto pero el corazón contento; finalmente llego a destino: la legendaria ciudad de Jaisalmer.

Vista desde el páramo sediento, trazado por dunas y parcelas sembradas, rodeada de una serie de muros y torres fortificadas, Jaisalmer se eleva sobre el desierto del Thar como estampa de la Mil y una Noches, y me regala una vista inolvidable. En una colina que domina toda la extensión de la ciudad amurallada, sepulturas de techos de piedra donde descansan antiguos nobles de Jailsalmer contrastan con un oxidado parque de diversiones que convoca al pueblo.

Camellos, camiones militares, millares de turbantes y los infaltables moto-taxis transitan por los alrededores de un lago sagrado, rodeado de museos, templos y estatuas de dioses, como Hanuman, el fiel guerrero, dios mono, o Shiva, el colérico dios azul armado de tridente.
 
Frente a las ocres murallas que han vencido la inclemencia del viento, Alu, mi fiel camello y compañero de travesía por el océano de arena, me mira de reojo con indiferencia, seguidamente, me regala un eructo de despedida.
 
 
En la ciudad amurallada
 
Atrás quedan oleadas de dunas, centenares de camellos y el recuerdo de la amistosa gente del desierto. Ante mí, o lo que queda de mí, se elevan las torres aledañas a la puerta Ganesh Pol de Jailsamer, la ciudad vieja, la que fuera por siglos centro comercial en la ruta del opio y de la seda entre el Lejano Este y el Medio Oriente, donde grandes y fastuosas caravanas de camellos hacían un alto obligado, bien para comerciar, o para abastecerse y así proseguir en su heroica y agotadora travesía. Además del opio y la seda, venían cargadas de otros tesoros, como índigo, maderas aromáticas, hachís, dulces, hierro, marfil, coco y frutas secas.
 
 
Desde su fundación a principios del siglo XI, Jaisalmer resistió incontables ataques e invasiones, hasta que en 1818 cayó finalmente ante el poder de las tropas del imperio británico. Hoy es un monumento vivo. En su interior, palacios, hostales, tiendas, restaurantes, templos y las residencias de la casta de los brahamanes -hombres sabios que asesoraban, y aún asesoran, al Maharajá o rey de Jailsalmer- dan vida a la añeja ciudad fronteriza declarada por UNESCO sitio de Patrimonio Mundial.
 
Antes de ingresar a la fortaleza doy una mirada al bazar. Es que en sus extramuros, hay una fiesta de color, de turbantes, de rostros cubiertos con velos y de mercaderes que ofrecen un mar de productos exóticos. La vida cotidiana se desenvuelve agitada en las primeras horas del día para escapar del sol abrasador. Entre un sinfín de puestos callejeros que forman un laberinto de callecitas, circulan impávidas y solemnes las muy respetadas vacas sagradas, van los estoicos camellos cargando mercancías, arremeten las temibles moto-taxis con notoria vocación suicida, que se enfrentan entre sí, o se lanzan contra una multitud representada por varios credos, razas y culturas.
 
El enjambre humano se agita en la mañana. Apostados en las callejuelas del mercado hay zapateros remendones, panaderos moliendo granos, sastres cosiendo túnicas, titiriteros, vendedores ofreciendo especies, inciensos, alfombras, cueros de camello. Veo artesanos tallando huesos de dromedario codeándose con médicos hostigados por una turba de niños y dentistas que extraen muelas a mujeres venidas del desierto, y hombres santos que por unas rupias regalan bendiciones junto a bailarinas sudorosas y vendedores de hachís que atraen a un grupo de europeos a su tienda. Hay tanto para ver, para oler. Es una fiesta para mis sentidos.
 
 
Atrás queda el bazar y cruzo el umbral de Ganesh Pol para conocer el interior de la ciudad vieja. Un camino ascendente entre muros inmensos y torreones de piedra amarillenta me deja la certeza de la grandiosidad y la importancia que tuvo Jailsalmer como sitio estratégico entre los países árabes y el Lejano Oriente.
 
La ciudad late y decido palpitar al mismo ritmo. En cada casa la vida se desenvuelve atemporal, armónica. Son pequeñas y limpias viviendas de piedra, de fachadas coloridas, de balcones esculpidos y puertas ornamentadas que se suceden una a otra, muy juntas, hasta formar un laberinto de callecitas estrechas donde abundan las imágenes pintadas de Ganesh, el dios elefante, uno de los dioses más queridos del hinduismo. Cuando se celebra una boda, la figura de Ganesh es pintada en la casa de los novios para dos fines: uno es el de bendecir a la pareja, el otro, más práctico, es que hace de tarjeta de invitación a la fiesta para todo el vecindario.
 
En cada callecita me sorprende la riqueza de la vida diaria. Me detengo a retratar al hombre que ostenta los bigotes más grandes y venerables del mundo, los desenrolla y, por unas rupias, los estira hasta extenderlos de punta a punta con los brazos abiertos, luego, muy sonriente, me muestra orgulloso un recorte antiguo que lo declara ganador del récord Guiness; cerca a él, observo a dos comadres alegres que desgranan espigas sentadas en la acera mientras que una vaca sagrada encuentra sitio para reposar muy junto a ellas, como si fueran viejas amigas; frente a un templo jainista de la calle contigua, un transeúnte de turbante y túnica blanca, paraguas en mano, me regala otra sonrisa. En esta mañana memorable abundan las sonrisas y el lenguaje de las señas.
 
 
Ingreso a una casona de delicadas tallas en piedra, de techos altos, olores a té, jazmín y especies. Me recibe un joven vestido de naranja, con manos en posición de plegaria, haciendo cortas flexiones laterales del cuello, mirada amistosa, y el infaltable Namaste: es la secuencia corporal obligatoria seguida del saludo de bienvenida, o de despedida, símbolo tradicional del buen augurio local. Le respondo de igual manera. Estoy en una fresca tienda de varios pisos con un patio interior en común que ofrece las más exquisitas alfombras, mantas y telas hechas por artistas del desierto que venden sus productos en este local; una suerte de cooperativa de gente humilde y prodigiosa que han encontrado clientela en los cientos de turistas, y en tiendas internacionales de prestigio, como la archiconocida Armani. Me cuentan que todos los beneficios obtenidos serán luego repartidos en cada comunidad. Salgo cargado de telas. Namaste. Y me sumerjo nuevamente en las entrañables y ahora hirvientes calles de Jailsalmer.
 
Una vez más, vacas sagradas junto a mi. Se sientan a la sombra de un balcón y yo también junto a ellas. Parece que este humano y el ganado fuéramos amigos de toda una vida. Entre risueña, curiosa, o tal vez conmovida por la aceptación que tengo entre los vacunos, una mujer que barre la acera me ofrece un té. Nos sonreímos y entre sorbo y sorbo reviso mis apuntes, mis vivencias de días pasados por las dunas del Parque Nacional Sam San y en las aldeas del Gran Desierto.
 
En las aldeas del Thar
 
“Salim, good name, great name!”. Es Mattar Samir, mi camellero, repitiendo a cada rato mi segundo apellido, en relación a un recordado noble, famoso desde hace siglos por los salvajes tratos que tenía contra sus enemigos. En tanto, avanzamos entre dunas bajo un sol abrasador montados ambos en Alu, un camello color miel que no cesa de lanzarse sonoros pedos a cada paso.
 
Mattar va cantando con voz chillona en un dialecto extraño, aún así, lo acompaño a capella, tratando de repetir la letra; por ende, causando carcajadas en nuestros compañeros de viaje. Nos sigue Bablu, un camello chocolate montado por Carlú, un joven que fue rebautizado con ese nombre en honor a Carlo: un turista romano que le regaló un reloj barato.
 
Un río de nubes blancas corre sobre el azul añil recortándose en la notable mitra de Alu. La vegetación escasa se resiste a ser devorada por las arenas que aun mantienen algo de humedad, vestigio del último monzón; las dunas se suceden unas tras otras, trazadas por los caprichos del viento; legiones de forzudos escarabajos hacen bolas de estiércol de camello, empujándolas cuesta arriba y cuesta abajo hacia no sé que destino ni con que fin
 
Subimos por una gran duna y ante nosotros se extiende un campamento de agricultores nómades que viven y duermen bajo el techo del cielo. Vemos mujeres y gran cantidad de niños que corren hacia nosotros estirando la manos pidiendo limosnas, caramelos, bolígrafos, mis cámaras y hasta nuestra ropa!… Son los desposeídos de la villa de Lunukivasti. Entre camas oxidadas y grupos de cabras, espigadas madres se visten de fiesta para bailar en los campamentos turísticos de Sam, mientras sus maridos trabajan en los campos ajenos o brindan asistencia en las caravanas de camellos.
 
 
Me acerco, la mujeres sonríen, coquetas; seguidamente practican danzas para mí lente a cambio de algunas monedas. A escasos metros, Carolina Guardia, mi compañera, está en problemas. Una docena de niños pugnan por arrancarle una bolsa de caramelos de sus manos, cuando se disponía a repartirlos. Mattar corre a su auxilio y luego de varios gritos pone orden al caos y los caramelos desaparecen con los niños cuando se asienta la polvareda.
 
A ratos a pie, a ratos montados en Alu y Bablu, adormecidos por el calor abrasador, llegamos a la aldea de Vilunkidani: parece un espejismo castigado por el sol de este demoledor mediodía. Las calles polvorientas de este pueblo olvidado y silencioso están casi vacías. Vemos mujeres alisando con sus manos una mezcla a base de caca de camello y arena, con la que van cubriendo los ladrillos, dejando los muros con un bello acabado y sin olores. Una familia humilde, amable, nos invita un té en su patio de piso de arena donde nos llama la atención un pequeñísimo cuartito de apariencia cónica y techo de pasto seco que, de acuerdo a nuestros anfitriones, lo alquilan a los viajeros. Agradecidos por el té, y mientras escucho las palabras de despedida, Mattar ríe, y traduce: ellos dicen que también alquilan el cuarto a los recién casados…, sólo por si usted lo desea! Nos despedimos; al alejarnos las risas se confunden con la brisa fresca del atardecer.
 
Entrada la noche en el acogedor campamento, la luz de la Luna ilumina las tiendas de campaña donde músicos y bailarinas interpretan canciones ancestrales de Rajastán. El viento va en aumento, parece un aullido, da vida a las dunas; la arena se arremolina, parece danzar al son de una melodía de la naturaleza, bajo un universo de estrellas en el insondable desierto que nos acoge.