Alfredo Vracko, el mártir de La Pampa

Oscar Miranda para La República

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No conocí a Alfredo Vracko, el maderero asesinado pocos días antes del inicio del paro indefinido convocado por la Alianza de Federaciones de la Región Madre de Diuos; me enteré de su muerte a través de un tuit de Mariano Castro cuando me encontraba en medio de una travesía por la Reserva Nacional San Fernando. De allí mi demora en manifestar mi pena inmensa e indignación por tan alevoso crimen. Espero que se encuentre a los que lo acribillaron en su propio domicilio y a los autores intelectuales, si los hubiera, que ordenaron mataron.
Los dejo con esta crónica de Oscar Miranda, periodista de La República, que recuenta la lucha que Vracko desplegó contra la minería ilegal en La Pampa, ese oprobioso territorio tan próximo a la Reserva Nacional Tambopata y la hipótesis que sus hijos tienen sobre sus probables asesinos.

Agujeros. Agujeros enormes, de 100 metros de diámetro, en medio del bosque. Alfredo Vracko Neuenschwander nunca los había visto. Poco antes, el gobernador del poblado de Alto Libertad, donde Vracko vivía y tenía su concesión forestal, le había avisado que hombres extraños salían de la selva a la altura del kilómetro 98 de la carretera Puerto Maldonado-Mazuco. Vracko decidió ver qué estaba pasando. Fue con el gobernador, con su hijo Freddy y consiguió que dos funcionarios del INRENA y del Gobierno Regional de Madre de Dios los acompañaran. Caminaron abriendo trocha hasta que llegaron a la quebrada Guacamayo. Y los vieron. Agujeros enormes en medio de la selva.

–Esto es una cagada– dijo el representante del INRENA.

Había unos 12 agujeros, según calcula Freddy Vracko. Varios motores y unos 60 hombres trabajando. Extraían oro. Constituían el primer grupo de mineros ilegales que había llegado a La Pampa, procedentes del río Inambari. Vracko, presidente de la Federación de Concesionarios de Forestación y/o Reforestación de Madre de Dios, consideró que debían expulsarlos cuanto antes porque de lo contrario las invasiones se multiplicarían.

Era julio de 2007.

Los agujeros en Guacamayo eran las únicas manchas en el gran océano verde que era La Pampa, una llanura que se extiende al noreste de Mazuco, capital del distrito de Inambari.

Vracko organizó a sus asociados para expulsar a los invasores. El presidente regional de entonces le dijo que no lo hiciera, que una comisión especial se encargaría de resolver la situación. La comisión nunca lo hizo. Vracko viajó a Lima y se reunió con autoridades de Agricultura, de Interior, con Antonio Brack, que estaba dando forma al Ministerio de Ambiente. Todos dijeron que harían algo. El tiempo pasó. Para cuando el gobierno organizó la operación de desalojo, en 2009, la quebrada Guacamayo había sido devastada. Sus aguas se sumergieron. Prácticamente había desaparecido.

Alfredo Vracko no participó en la operación. Para entonces, vecinos de Alto Libertad le habían contado que los mineros que salían murmuraban su nombre. Sabían que él era el principal impulsor del desalojo y no se lo iban a perdonar. Los problemas en La Pampa recién estaban comenzando.

Guardián de los árboles

Miércoles 25 de noviembre. Es el segundo día del paro indefinido en Madre de Dios. Son las seis de la mañana, avanzamos por la vía Puerto Maldonado-Mazuco (tramo de la Interoceánica Sur) y un nuevo bloqueo nos cierra el paso. Es el desvío a Laberinto y el piquete es grande. El coronel PNP Amador Chávez, jefe de los investigadores locales, baja de su vehículo a dialogar con los huelguistas. Freddy Vracko también se baja de su auto y va tras él. Le explica a la gente por qué no está acatando el paro, como exigen: él y su hermano menor están yendo junto con la Policía a la concesión forestal de su familia, en el kilómetro 95, para investigar el asesinato de su padre. Varios de los hombres del piquete conocieron a Alfredo Vracko. Entienden el derecho de Freddy a buscar justicia. Y nos dejan seguir nuestro camino. La escena se repetirá en numerosos bloqueos, a lo largo de los próximos 50 kilómetros.

Este mismo camino en sentido suroeste recorrieron Alfredo Vracko y su padre, el abuelo de Freddy, en 1975, cuando se establecieron en La Pampa para trabajar la madera. El abuelo Vracko era esloveno y había aprendido en su país el negocio. Cuando se instalaron en Madre de Dios, el joven Alfredo tomó la posta. Nunca quiso crecer demasiado. Siempre tomó del bosque lo que necesitaba, nada más.

–Mi papá siempre trabajó así: “A ver, ¿qué necesito para vivir? Los gastos de la casa, los servicios, la educación de los chicos”… Sacaba sus números: “Si necesito 10 mil soles, cuatro árboles me dan sobrado para vivir este mes, o hasta tres”. Así hacía su cálculo– dice Freddy.

Esa preocupación por cuidar el bosque se puso de manifiesto cuando a inicios de 2000 los extractores forestales de La Pampa tuvieron que adaptarse a la nueva Ley Forestal. Vracko los convenció de fijarse límites. Primero, explotar solo los árboles sobremaduros, que superaran en un 30% el límite mínimo de corta autorizado para cualquier otro extractor. Y, segundo, extraer no más de tres metros cúbicos por hectárea. Así evitarían arrasar con su propia fuente de sustento.

Pero, entonces, llegaron los mineros. Con sus motores, su dinero, sus trabajadores, sus bares y prostíbulos, sus mujeres explotadas, su mercurio. Entonces comenzaron los verdaderos problemas.

El rencor de los ilegales

El evento se llevó a cabo en la Universidad Nacional Amazónica de Madre de Dios. Había distintas mesas de trabajo sobre formalización. Freddy y su padre se sorprendieron al descubrir que una de las mesas era sobre formalización de la minería en La Pampa. Entraron llenos de curiosidad. Pero lo que más los sorprendió fue ver a varios de los mineros que habían encontrado en un operativo pasado. Eran ilegales pero allí estaban, sentados, defendiendo sus intereses ante los funcionarios del Estado. Don Alfredo no se aguantó.

–¡Pero si estos señores son ilegales!– increpó al moderador. – ¿Qué tienen que hacer acá?

Los mineros respondieron.

–Oiga, tranquilícese… Nosotros no nos metemos con ustedes porque son abogados [Freddy es abogado].

Vracko se indignó.

–¡Tú no entras a mi bosque porque si entras te meto un balazo!–. Sus palabras provocaron un alboroto que tardó en apaciguarse. Los mineros se quedaron con sangre en el ojo.

A mediados de 2011, un megaoperativo policial desbarató un campamento en la propiedad de la familia Rodríguez, en el kilómetro 105. Los Vracko, que habían coordinado todo, estuvieron presentes. Algunos de los mineros reconocieron  a Freddy: “Ese es Vracko, ese es Vracko”. Para su suerte, el fiscal ambiental de Madre de Dios, Pedro Farfán, se interpuso.

–¡Atrás, carajo, que aquí la autoridad soy yo!– tronó. Y antes de que los ánimos se caldearan más, aconsejó a Freddy –Vete, papito, vete, vete.

Ese año invadieron la concesión de la familia por primera vez. Alfredo Vracko reunió a su personal y fue a sacarlos. Encontró un campamento chico, con la cocina caliente. Los mineros se habían largado pero habían dejado su motor. Vracko lo sacó a rastras y lo colocó al lado de su cabaña. Era un símbolo. Desafiante.

En diciembre de 2015 descubrió la segunda invasión.

Le avisaron que unos mineros estaban trabajando en su concesión, cerca de lo que había sido la quebrada Guacamayo. Fue, acompañado del gobernador, y los vio. Estaban usando dos motores. Uno pertenecía a un hombre llamado Nilo Mejía. El otro era de una tal ‘Fanny’. Vracko presentó una denuncia y solicitó a las autoridades que los desalojen. La solicitud no fue atendida sino hasta 11 meses después. El jueves 19 de noviembre debía realizarse el operativo de interdicción. Pero, a última hora, se canceló. El representante de la Dirección de Minería nunca llegó. Esa noche lo mataron.

La búsqueda del ‘Chaval’

El hombre de gafas oscuras era el ayudante de Alfredo Vracko en el aserradero. Fue el último en verlo con vida y el único que vio a los asesinos. Ahora les está explicando a los policías lo que ocurrió en esos momentos. Hace un minuto, el ruido de una moto que llegaba por la carretera lo estremeció. Tiene miedo. No quiere morir.

Era poco antes de las 7 de la noche. El ayudante estaba a unos 20 metros de la casa, al otro lado de una acequia, cuando vio llegar a dos hombres. Al verlos, Vracko corrió hacia la escalera que lo lleva a su dormitorio, donde tenía su carabina, y desde allí le gritó que corriera hacia el monte. El ayudante huyó y en la carrera escuchó el siguiente diálogo:

–¡Te dijimos que te íbamos a matar!

–¡Fuera delincuente hijo de puta!

Luego, escuchó tres balazos. Se escondió en la trocha que conduce hacia el bosque y después de unos minutos salió. Los tipos se habían ido en dos motocicletas. El ayudante se deslizó hasta la carretera y cada vez que oía venir un vehículo, se ocultaba. Dos horas después llegó a la casa de un vecino y dio la voz de alarma.

Un mes antes de ser asesinado, a Vracko lo buscó un hombre que reconoció ser dueño de uno de los motores que funcionaba en su concesión. Le dijo que había sido desplazado por un tal ‘Chaval’. Y que este ‘Chaval’ le mandaba decir que abandonara la denuncia porque si no lo mataría.

Por esta razón, montados en cuatro motocicletas, los policías y nosotros, los periodistas, nos internamos en la trocha del kilómetro 98, hacia la antigua quebrada Guacamayo, en busca de Nilo Mejía, de la tal ‘Fanny’ pero, sobre todo, del ‘Chaval’. Los Vracko se quedan en la carretera, esperándonos.

Hemos llegado a un pueblo llamado Nuevo Arequipa. Hemos encontrado una tienda de giros telefónicos llamada “Fanny”. La atiende una mujer llamada Haydée Jiménez, que reconoce que era la dueña de un motor que operaba en Guacamayo y que asegura que lo ha vendido a dos ex trabajadores suyos. Los policías la obligan a que nos lleve con ellos. Montamos de nuevo en las motos. Y llegamos a lo que fue la quebrada Guacamayo.

El panorama es desolador.  Donde había bosque solo hay algunas pozas contaminadas y dunas de arena removida del fondo de la extinta corriente.  El campo devastado cubre decenas de hectáreas. Los mineros que llegaron en 2007 exprimieron casi todo lo que pudieron exprimirle a la tierra y se largaron. Solo unos pocos se quedaron para seguir tentando la suerte. Los dos hombres que encontramos trabajando el motor de Haydée son de ellos. Se llaman Hugo Huanuri y Leonardo León. Ninguno de ellos es el ‘Chaval’. El ‘Chaval’ no ha venido hoy. Ninguno conoce su verdadero nombre ni dónde vive. No quieren hablar. Quieren que los dejemos en paz.

Cuando volvemos a la carretera, después de haberles dejado sendas notificaciones a los sospechosos, Freddy me pregunta cómo nos fue. Se lo cuento. El hijo mayor de Alfredo Vracko quiere creer que la Policía hará bien su trabajo y que la familia logrará encontrar justicia. Pero sabe también que castigando a los asesinos los problemas en La Pampa no acabarán. Acabarán cuando el último minero ilegal haya sido expulsado del lugar.

Antes de volver a Puerto Maldonado, Freddy se detiene en la entrada de la concesión. Se agacha. Y recoge tierra, la tierra que el mártir de La Pampa protegió con su vida.

–Vamos a limpiar esta zona– dice. –Es lo que mi padre quería.

Nosotros no nos metemos con ustedes porque son abogados [Freddy es abogado]. Vracko se indignó.

–¡Tú no entras a mi bosque porque si entras te meto un balazo!–. Sus palabras provocaron un alboroto que tardó en apaciguarse. Los mineros se quedaron con sangre en el ojo.

A mediados de 2011, un megaoperativo policial desbarató un campamento en la propiedad de la familia Rodríguez, en el kilómetro 105. Los Vracko, que habían coordinado todo, estuvieron presentes. Algunos de los mineros reconocieron  a Freddy: “Ese es Vracko, ese es Vracko”. Para su suerte, el fiscal ambiental de Madre de Dios, Pedro Farfán, se interpuso.

–¡Atrás, carajo, que aquí la autoridad soy yo!– tronó. Y antes de que los ánimos se caldearan más, aconsejó a Freddy –Vete, papito, vete, vete.

Ese año invadieron la concesión de la familia por primera vez. Alfredo Vracko reunió a su personal y fue a sacarlos. Encontró un campamento chico, con la cocina caliente. Los mineros se habían largado pero habían dejado su motor. Vracko lo sacó a rastras y lo colocó al lado de su cabaña. Era un símbolo. Desafiante. En diciembre de 2015 descubrió la segunda invasión.

Le avisaron que unos mineros estaban trabajando en su concesión, cerca de lo que había sido la quebrada Guacamayo. Fue, acompañado del gobernador, y los vio. Estaban usando dos motores. Uno pertenecía a un hombre llamado Nilo Mejía. El otro era de una tal ‘Fanny’. Vracko presentó una denuncia y solicitó a las autoridades que los desalojen. La solicitud no fue atendida sino hasta 11 meses después. El jueves 19 de noviembre debía realizarse el operativo de interdicción. Pero, a última hora, se canceló. El representante de la Dirección de Minería nunca llegó.Esa noche lo mataron.

La búsqueda del ‘Chaval’

El hombre de gafas oscuras era el ayudante de Alfredo Vracko en el aserradero. Fue el último en verlo con vida y el único que vio a los asesinos. Ahora les está explicando a los policías lo que ocurrió en esos momentos. Hace un minuto, el ruido de una moto que llegaba por la carretera lo estremeció. Tiene miedo. No quiere morir.

Era poco antes de las 7 de la noche. El ayudante estaba a unos 20 metros de la casa, al otro lado de una acequia, cuando vio llegar a dos hombres. Al verlos, Vracko corrió hacia la escalera que lo lleva a su dormitorio, donde tenía su carabina, y desde allí le gritó que corriera hacia el monte. El ayudante huyó y en la carrera escuchó el siguiente diálogo:

–¡Te dijimos que te íbamos a matar!

–¡Fuera delincuente hijo de puta!

Luego, escuchó tres balazos. Se escondió en la trocha que conduce hacia el bosque y después de unos minutos salió. Los tipos se habían ido en dos motocicletas. El ayudante se deslizó hasta la carretera y cada vez que oía venir un vehículo, se ocultaba. Dos horas después llegó a la casa de un vecino y dio la voz de alarma.

 Un mes antes de ser asesinado, a Vracko lo buscó un hombre que reconoció ser dueño de uno de los motores que funcionaba en su concesión. Le dijo que había sido desplazado por un tal ‘Chaval’. Y que este ‘Chaval’ le mandaba decir que abandonara la denuncia porque si no lo mataría.

 Por esta razón, montados en cuatro motocicletas, los policías y nosotros, los periodistas, nos internamos en la trocha del kilómetro 98, hacia la antigua quebrada Guacamayo, en busca de Nilo Mejía, de la tal ‘Fanny’ pero, sobre todo, del ‘Chaval’. Los Vracko se quedan en la carretera, esperándonos.

 Hemos llegado a un pueblo llamado Nuevo Arequipa. Hemos encontrado una tienda de giros telefónicos llamada “Fanny”. La atiende una mujer llamada Haydée Jiménez, que reconoce que era la dueña de un motor que operaba en Guacamayo y que asegura que lo ha vendido a dos ex trabajadores suyos. Los policías la obligan a que nos lleve con ellos. Montamos de nuevo en las motos. Y llegamos a lo que fue la quebrada Guacamayo.

El panorama es desolador.  Donde había bosque solo hay algunas pozas contaminadas y dunas de arena removida del fondo de la extinta corriente.  El campo devastado cubre decenas de hectáreas. Los mineros que llegaron en 2007 exprimieron casi todo lo que pudieron exprimirle a la tierra y se largaron. Solo unos pocos se quedaron para seguir tentando la suerte. Los dos hombres que encontramos trabajando el motor de Haydée son de ellos. Se llaman Hugo Huanuri y Leonardo León. Ninguno de ellos es el ‘Chaval’. El ‘Chaval’ no ha venido hoy. Ninguno conoce su verdadero nombre ni dónde vive. No quieren hablar. Quieren que los dejemos en paz.

Cuando volvemos a la carretera, después de haberles dejado sendas notificaciones a los sospechosos, Freddy me pregunta cómo nos fue. Se lo cuento. El hijo mayor de Alfredo Vracko quiere creer que la Policía hará bien su trabajo y que la familia logrará encontrar justicia. Pero sabe también que castigando a los asesinos los problemas en La Pampa no acabarán. Acabarán cuando el último minero ilegal haya sido expulsado del lugar.

Antes de volver a Puerto Maldonado, Freddy se detiene en la entrada de la concesión. Se agacha. Y recoge tierra, la tierra que el mártir de La Pampa protegió con su vida.

–Vamos a limpiar esta zona– dice. –Es lo que mi padre quería.

30/11/2015