Los Horcones de Túcume Rural Lodge / Lambayeque

Lambayeque, la capital, una de las capitales, de la Ruta Moche, es una ciudad vocinglera y repleta de puestos de venta de todo tipo. En una de sus esquinas me espera Rosana Correa, arquitecta, propietaria de un albergue al lado de las pirámides de Túcume e impulsora, junto a otros ilustres “norteños”: Walter Alva, Carlos Elera, Alfredo Narváez, de una más de las aventuras culturales que los peruanos tenemos para mostrarle al mundo. Como la de Gastón debo decirlo, pero en el ámbito de la arqueología y la recuperación patrimonial. La Ruta Moche, que le dicen…

He llegado a sus pagos en las cercanías de la localidad de Túcume, veinte minutos después de dejar atrás Lambayeque, con el afán de conocer, de recorrer el ya mítico Los Horcones Lodge, su sueño entre los arrozales que crecen gracias el esfuerzo del río La Leche y el cerro Purgatorio, apu, montaña tutelar de un valle que fue morada de los señores Llampayec, adoradores de un ser mitológico, Naylap o Naimlap, elusiva criatura alada que llegó desde tierras desconocidas para forjar un tiempo nuevo.

El sol impone condiciones esta mañana de enero y el canto de los chilalos, también de los chiscos, decora con su melodía el jardín de su refugio de adobe y miles de historias por contar. Me cuesta creer que la alfombra verde por donde camino y sonrío no hace mucho fue la gallera y el potrero de un pueblo cuyos habitantes se vienen dedicando desde tiempos remotos a la agricultura y a un oficio telúrico pero necesario, la brujería. El milagro de los algarrobos, los turtupilines, los geranios y las buganvilias ha sido posible gracias a la terquedad y el buen ánimo de una mujer que se instaló en estos campos decidida a armar un proyecto arquitectónico que integrara todo lo que su inventiva había recogido por el norte y la sierra sur de nuestro país.

Una historia personal

Rosana Correa es ante todo una creadora de formas y detalles…“Llegué a Túcume por el ochenta y ocho, me lo va contando mientras recorremos su primorosa propiedad, como funcionaria pública, eran los tiempos de FOPTUR (la oficina de promoción del turismo que antecedió a Prom Perú, debo acotar) y me fui quedando; recién iba tomando forma lo que ahora se conoce: el Proyecto Arqueológico Túcume, el Museo de Sitio, las iniciativas alrededor de la propuesta del museo. En esos años que ahora parecen lejanos conocí a Thor…”

Sí, Thor Heyerdahl, el legendario navegante de la Kon Tiki, la embarcación palos de madera balsa que zarpó del puerto del Callao en 1947 y navegó y navegó hasta la Polinesia para demostrar que era posible pensar en una relación antigua y poderosa entre los pobladores de nuestro continente y los de la Oceanía.

Dicen que Heyerdhal se enamoró a primera vista de este valle de pirámides por todos lados y relatos mitológicos. Entonces el recio aventurero noruego y Alfredo Narváez, arqueólogo y estudioso de la cultura Lambayeque o Sicán, decidieron formar sociedad para dedicarse con esmero a develar los secretos escondidos detrás de las 26 pirámides y un bosque milenario, de algarrobos y sapotes, por estudiar.

“Se me ocurrió, prosigue mi atenta anfitriona, comprar unas tierras para dedicarme a explorar en temas constructivos y echar a andar mi imaginación”. Con Jorge Burga, socio y colega, Rosana inició a fines del año 2000 la construcción del ecolodge que voy descubriendo en esta primera excursión por tierras tucumanas. Un alojamiento al costadito del cerro Purgatorio que tuvo, y tiene, al adobe, al algarrobo y a los horcones que soportan las ramadas como elementos principalísimos de una propuesta singular, heterodoxa que reúne lo mejor de la tradición arquitectónica de estos pagos (“Usted está copiando la casa de nuestros abuelos”, le dijeron alguna vez) y las elucubraciones intelectuales de sus fundadores, dos arquitectos jóvenes, innovadores, desafiantes. Dos profesionales explorando un tipo de arquitectura natural que ha sabido sembrar raíces, como los árboles milenarios de este bosque inagotable.

Un hotel en el Olimpo Lambayeque

Muchas lunas han pasado desde entonces; de hecho Santos Vera, curandero y a veces nigromante, vecino del lodge de Rosana y personaje notable de Túcume y alrededores, hace buen tiempo que voló a otros reinos, como Naimlap o el ave mítica. Mejor dicho, mucha agua ha corrido por el cauce incansable del río La Leche, algunos Niños como el del noventa y siete han precipitado desgracias y endurecido la tierra pero la propuesta de la Correa y Jorge Burga ha logrado sobrevivir a los excesos de los estíos y hoy es un primoroso producto turístico y cultural que deleita a pasajeros venidos de Lima y de todas partes del mundo.

En Túcume los apellidos más comunes están bruñidos con una toponimia de indudable procedencia moche. Aquí los gentiles se apellidan Iñoñan, Farroñán, Chapoñán, Llontop; también Suclupe, Llempén, Chicoma. Pero Inocencio y Elena, el matrimonio que conduce las riendas del lodge, son simplemente Montalván, también Diana, la hija que estudia turismo y sueña con el emprendimiento propio. Ellos, los Montalván, se baten en la cocina repleta de ollas de barro y olores a chacra para elaborar los secos de cabritos, el arroz con pato, el cebiche y la tortilla de raya, los espesados que son la delicia de los comensales y punto de inicio para el rescate de la cocina tucumana, encantadoramente antigua y deliciosa.

Con ellos, después de haber sucumbido a la tentación de subir hasta lo más alto del cerro Purgatorio, recorrí palmo a palmo las tres hectáreas de Los Horcones de Túcume. Las casonas de barro –inmensas, inmaculadas, insondables- que Rosana Correa fue levantado y que ahora sirven de alojamiento vivencial y muy confortable, constituyen un todo, un conjunto arquitectónico que destaca por su volumen, consistencia y funcionalidad. Confieso que pasé dos noches memorables entre paredes de adobe y vigas de macizos algarrobos.

La Ruta Moche, esa propuesta de turismo cultural que se va haciendo fuerte en el norte peruano, tiene en Túcume –su Museo, sus 26 pirámides, su artesanía renovada y sutil- y el ruralodge Los Horcones de Túcume a dos de sus productos más notables. Como para visitar la zona siempre y volver y volver. Y eso que no les he hablado de las caminatas que realicé por el caserío La Raya y la Huaca Las Balsas o de la tremenda comilona (cebiche de caballa y hornado de pavo incluídos) en el restaurante de Elena de La Cruz, reina y señora de un plato prehispánico, el hornado, que se cocina como la pachamanca, a pura piedra.