Antonio Brack, la fascinación por el optimismo

Me apena que la muerte del amauta Antonio Brack Egg haya pasado tan desapercibida, tan a media voz, tan caleta. Me apena que los fuegos de artificio de fin de año y la turbulencia de la política internacional hayan acaparado toda nuestra atención y la partida de esta figura señera del conservacionismo y la peruanidad no haya sido del todo mensurada.

Antonio Brack Egg fue un visionario, un terco defensor de la riqueza natural y cultural del país, un hombre que quiso como pocos esta tierra de promesas y de tantas posibilidades. Como Raimondi y los ilustrados del Mercurio Peruano supo elevarse sobre las mezquindades de su tiempo para hablarnos de un futuro posible y alentar el esfuerzo que supone construir una sociedad sostenida sobre los cimientos de otros paradigmas. Maestro, conversador nato, polemista, dicharachero, terco defensor de ideas propias, Antonio ha sido para los miembros de varias generaciones un referente, una luz en medio de las tinieblas y las trifulcas intestinas.

En el 2001 lo entrevisté para la revista Rumbos cuando su campo de acción tenía otros límites y su figura aún no alcanzaba los ribetes que llegó a tener cuando asumió la cartera del novísimo Ministerio del Ambiente y la opinión pública se afanó en reconocerlo como el conductor de un programa de televisión, La Buena Tierra, que hablaba de un país posible, de un mundo mejor. Lo busqué en la oficina del PNUD, en Miraflores, donde laboraba como consultor y durante un par de horas tuve el privilegio de escucharlo y seguir aprendiendo de su espontáneo y clarísimo magisterio.

Salí de su despacho de la avenida Benavides con un libro autografiado bajo el brazo –que tuvo la bondad de regalarme y conservo como el mejor de los tesoros- y muchas confirmaciones. En estos día de recordaciones y penas compartidas con los suyos, he tratado de leer los hasta pronto de sus discípulos y compañeros de ruta y me he emocionado al máximo con las evocaciones de Marc Dourojeanni, cómplice de cuitas de quien ya había leído magníficos testimonios de la amistad que tuvo con el hijo predilecto de Villa Rica en su Crónica Forestal del Perú, un libro que recomiendo a todos los que quieren saber más de los años aurorales del parquismo peruano y todo lo que ha costado estar donde estamos como movimiento.

Todo mi cariño al maestro tesonero, al hombre que vivió entre “pájaros y árboles” enamorado de una tierra espléndida y un futuro mejor para sus hijos…

Les dejó el reportaje sobre el Antonio Brack Egg que tuve la suerte de conocer.