Apaktone, el defensor de los pueblos indígenas de Madre de Dios.

Wili Reaño para #MadredeDiosPuede

Mi opinión

El territorio eclesiástico del Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado tiene una extensión de 149.552 km2 y una población estimada de 348.411 habitantes. Aunque se llama Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado, incluye, además del departamento de Madre de Dios, a la provincia de La Convención y el distrito de Camanti (departamento del Cusco), la provincia de Purús, el distrito del Sepahua y parte del distrito de Raimondi (departamento de Ucayali).

El padre José Álvarez Fernández, Apaktone, misionero dominico en dicho vicariato -a la sazón un territorio pastoral del tamaño de media España- fue un alma buena al servicio de los más necesitados, un apóstol de Cristo en una Amazonía por entonces manos de los caucheros y el abandono secular. El papa Francisco durante su visita a Puerto Maldonado tiene previsto almorzar con representantes de los pueblos indígena en un centro pastoral que lleva el nombre del recordado misionero asturiano.

Les dejo este retazo de su increíble transitar por el departamento de Madre de Dios.

Día 10, Apaktone
3 de enero de 2017
Lo llamaban Apaktone, en la nueva grafía harakbut, apagntonë, papá sabio-anciano, y aunque había nacido en tierras muy lejanas y desconocidas, los habitantes de las riberas de los río Madre de Dios, Tahuamanu, Heath, Malinowsi, Colorado, Manu, Inambari, Candamo y otros afluentes lo llegaron a considerar como uno de los suyos.

Fray José Álvarez Fernández (1890-1970), misionero dominico nacido en la localidad asturiana de Cuevas, España fue, durante los 53 años que radicó en nuestro país, el mejor amigo de los indígenas madrediosenses, un padre bueno, un apaktone o papachi.

Ordenado sacerdote en 1916, Apaktone arribó al Perú un año después, en medio de la Primera Guerra Mundial, para partir de inmediato a Puerto Maldonado e iniciar en sus bosques un largo magisterio que solo sería interrumpido con su muerte, sucedida en 1970 cuando frisaba los ochenta años de edad.

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Foto tomada de causabeatificacionakatpone.org

Fray José, Apaktone, sin saber nadar y siendo bastante miope y de frágil contextura, recorrió la selva de Madre de Dios en todas sus direcciones: tanto que no resulta exagerado decir que no hubo trocha, quebrada, río, cocha que fuese desconocida para él.

Su vida fue un continuo ir y venir por las selvas del departamento para llevar alivio a los más necesitados.

De trato afable y conciliador, de semblante siempre risueño y voz cordial, el misionero dominico se convirtió en el favorito de las poblaciones a las que supo llevar su mensaje de paz en una época para la región de profunda convulsión social y beligerancia producto del abusivo trato que caucheros y comerciantes habían impuesto sobre la población local, mayoritariamente indígena.

Apaktone llegó hasta ellos, los desposeídos de la tierra, para calmar odios y allanar las barreras que impedían el contacto.

Para ello aprendió a hablar las lenguas de la región y recorrer, paso a paso, todos los caminos y ríos que solían utilizar los más humildes. “Mis primeros contactos fueron con los huarayos, dijo alguna vez, luego con los toyeri e iñapari y en 1940 con los mashcos del río Colorado, hasta entonces considerados feroces”.

Fray José llegó a hablar y dominar varias lenguas, dejando como legado para la posteridad diccionarios y gramáticas que todavía se usan.

Conoció el hambre y todas las privaciones, experimentó multitud de sufrimientos y decepciones, fue víctima de las mismas enfermedades que sufrían los hombres y mujeres a los que les tendía la mano. Considerado loco por los enemigos de la misericordia y la interculturalidad, fue un santo, un adalid de la justicia y el amor al prójimo.

En 1930 fundó la misión ese eja, del Lago Valencia, cerca de la frontera con Bolivia. Diez años después, en 1940, otra vez en medio de una nueva conflagración mundial, Apaktone fue el guía  más autorizado de la expedición antropológica Wenner-Gren, la misma que intentó tomar contacto con los mashcos de los ríos Madre de Dios y Colorado.

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Foto tomada de causabeatificacionakatpone.org

 

Su profundo conocimiento del río Madre de Dios motivó que la Sociedad Geográfica de Lima lo nombrara miembro de la institución.

Por entonces Apaktone traslada su trabajo al territorio del pueblo indígena harakbut, quienes lo siguen recordando como al padre bondadoso y firme que evitó su inminente exterminio.

La actual misión de San Miguel de Shintuya, en el Alto Madre de Dios, fue su última gran contribución misionera.

En 1963 el Perú reconoció su contribución patriótica al ser condecorado con la Gran Cruz al Mérito por Servicios Distinguidos en el grado de Comendador.

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Foto tomada de causabeatificacionakatpone.og

Tiempo después, el 19 de octubre de 1970, murió rodeado del cuidado y aprecio de los miembros de su comunidad.

En el año 2000 se inició su proceso de beatificación.

“Luchó por devolver a los nativos los derechos perdidos, especialmente el derecho a su identidad, a ser respetados en el entorno de sus ríos y con absoluta paz para sus familias. Luchó infatigablemente para devolver al nativo sus derechos como personas, como grupos y como familias étnicas”.
Mons. Juan José Larrañeta

“Más allá del debate que provoca las misiones, debemos reconocer que el padre Álvarez otorgó nuevas armas culturales a los nativos, los defendió contra los abusos de los extractores y compartió su labor evangelizadora con la publicación de libros testimoniales que se convirtieron en lectura obligada para los especialistas. Hasta logró un doctorado en Antropología otorgado por una universidad francesa”.
Roberto Ochoa, La República

3/1/2018