Apoteosis del turismo interno

Wili Reaño para El Turismólogo

Mi opinión

Les dejo la versión completa del artículo que escribí para la versión peruana de El Turismólogo, una plataforma digital fundada en Chile por el analista en turismo Enrique Armstrong para hablar seriamente de turismo, esa actividad tan golpeada por la crisis pandémica que tiene todavía tanto por hacer en el desarrollo económico, social y ambiental de nuestros pueblos. Como lo digo y lo repito por aquí cada cierto tiempo, el turismo interno, de facha local, sigue siendo una oportunidad para integrar a los peruanos y llenarlos de autoestima y respeto por el patrimonio que guardamos. De eso hablo en esta columna.

Debo aclarar lo siguiente. Milito en la causa de los que ingresaron al mundo del turismo, por decirlo de alguna manera, por la puerta falsa: vale decir, no soy un empresario del sector ni me he formado académicamente en alguna de las profesiones que le dan peso a esta actividad, tampoco soy guía de turismo y aunque admiro a los que han hecho del turismo una vocación y un acto de fe lo mío es el periodismo de viajes, un oficio más cercano al marketing y al mundo de los mass media y las relaciones públicas. O a la literatura, exagerando un poco.

Pese a lo anterior, desde hace varios lustros me muevo por los vericuetos de una actividad económica que sigo considerando determinante en la tarea de reconstruir un país severamente perturbado por las crisis de todo tipo que le ha tocado soportar. Como hombre de prensa (turística) y viajero a tiempo completo hace mucho que reflexiono y escribo sobre el turismo que queremos para el país que todos los días soñamos.

Debido a eso he tenido la suerte de compartir tiempo y espacio con infinidad de actores del turismo peruano y de la región, desde la humilde señora que expende sus platillos a los visitantes en Puerto Esperanza, en la recóndita provincia de Purús, la más alejada del centro neurálgico del Perú, Lima, hasta los capitanes de una industria que aportaba antes de la pandemia, al decir de la Cámara Nacional de Turismo, el gremio de gremios del sector, el 4 % del PBI nacional. Todos severamente afectados por la pandemia y su mortífero avance.

Hay que decirlo con sus cuatro letras: el turismo en estos tiempos refundacionales, al menos el turismo masivo tan en boga hasta marzo del año pasado, había dejado de ser una industria inocua en términos ambientales, si es que algún día lo fue.  Un informe de Nature Climate Change publicado en el 2019 estimaba que el turismo era responsable del 8 % de las emisiones de gases de efecto invernadero, una cifra cuatro veces mayor que los registros anteriores que rondaban entre el 2,5 y 3%.

No había que ser muy zahorí para constatar esta ocurrencia. Bastaba solamente darse una vueltita por el planeta Instagram y sus satélites Tik Tok o Likee, para comprobarlo. Según cifras de la Organización Mundial del Turismo (OMT), hechas públicas un año antes del reporte que he mencionado, se registraron 1,400 millones de llegadas turísticas internacionales en todo el planeta, 6 % por ciento más que en el ahora lejano 2017.  Mil cuatrocientos millones de viajes frente a 25 millones en 1950.

De allí que en estos tiempos de calentamiento global y de necesidades de nuevos acomodamientos sociales que nos permitan paliar el problemón que nos ha caído encima, los que defendemos la actividad debemos poner las barbas en remojo antes de planear el retorno.

Ser autocríticos y estar decididos a repetir lo siguiente como si fuera un mantra: reactivar la industria tal como la veníamos concibiendo implica hipermovilidad y aglomeración dos situaciones límite que estamos en la obligación de evitar para no caer en lo mismo (Murray, 2020),

De allí mi opción, mientras nos devanamos el coco para construir un modelo de turismo que amengüe las cifras que dan cuenta de su impacto en lo ambiental y que en el aspecto social dejé de darle razones de peso a la turismofobia, esa tendencia “anti-turística” que venía creciendo como la espuma antes de la crisis del COVID-19, sea la del turismo interno, pausado, correctamente direccionado, convaleciente en comparación al que dejamos atrás. Empujado entre todos, desde el convencimiento que tenemos que armar como sea el proyecto nacional que nos merecemos en este bicentenario.

¿Qué hacer para seguir soñando?

En abril del 2020, Pedro Solano, abogado ambiental e impulsor del turismo en áreas naturales protegidas, esgrimía razones de peso para creer que el turismo de naturaleza podía convertirse en el organizador de la actividad de la nueva normalidad turística. El turismo en las llamadas ANP, lo mencionó en un artículo que reproduje en esta plataforma, contaba con protocolos de bioseguridad diseñados antes de la pandemia y el distanciamiento social era concomitante a la actividad misma.

Parecía tener razón; sin embargo, el año se cerró en destinos icónicos del turismo de naturaleza con cifras de espanto y con casi todas las áreas protegidas del sistema nacional cerradas: en Tambopata, Madre de Dios, Rainforest Expeditions, líder en el segmento de albergues en la selva, tuvo un flujo de pasajeros 92 % menor que el  año  anterior de la pandemia y el golpe fue tan demoledor en la comunidad nativa de Infierno, su socio en el engranaje comercial, que muchos de sus pobladores tuvieron que volver al bosque para dedicarse a la agricultura y a la extracción  de madera. Dos actividades que producen deforestación y perdida de activos naturales, culturales y también turísticos.

Lo mismo sucedió en relación al llamado turismo de base comunitaria, en Perú: turismo rural comunitario. En una reunión vía zoom en la que participé con emprendedores de Puno a mediados del año pasado, la señora Cristina Suaña, portaestandarte del modelo de turismo vivencial y expositora estrella en eventos sobre turismo vivencial, advertía que no iban a abrir sus negocios mientras no volvieran los turistas extranjeros. Lo mismo sucedió en el Valle Sagrado con los productos de este corte.

Pese a esa realidad dura y dramática, tuvimos también otros escenarios. En Lunahuaná y en Máncora y playas cercanas el turismo volvió y de manera compulsiva en plena segunda ola y antes, mucho antes de la vacunación universal y gratuita. No ocurrió lo mismo en el Cusco que recién ha empezado a salir de los abismos hace algunos meses a pesar del repunte en el Valle Sagrado por el home office y la fortaleza de su marca en ciertos sectores de Lima.

De manera que estamos hablando de casuísticas diferentes, de modelos de acción y de reacción frente a la misma crisis que tienen que ver con posicionamientos, cercanías a los mercados emisores o con temas de inventiva empresarial, esfuerzos privados y muy pocas veces con apoyos públicos.

Y en todos los casos, hay que observarlo también, estamos hablando de realidades caracterizadas por una caída estrepitosa del turismo receptivo, el segmento de mercado turístico que sostuvo a buena parte del sector y venía creciendo elefantiásicamente mientras el turismo interno le hacía señas para que lo involucre en sus programas. Lo dije al principio de este texto, si queremos remontar lo que perdimos debido al pandemónium debemos premunirnos de una buena dosis de autocrítica.

Se lo escuché decir a Franco Flores, responsable hasta ahora, quiero creerlo, de la estrategia de Turismo Rural Comunitario del MINCETUR, a poco de iniciada la crisis: el turista que empezaba a moverse por el país tenía el rostro del del turista interno, un ciudadano interesado en realizar actividades al aire libre con la ilusión de que su gasto impacte en las economías locales; un turista, por fin, preocupado por el patrimonio y por la gente. Magnífico.

Cotejando estos comentarios con mis constataciones luego de mis primeras escapadas por el sur peruano me animé a escribir en un artículo que también circuló por aquí: Cuando salgamos de la pandemia en la que estamos, otros mercados turísticos (y otras prioridades) se abrirán para las masas en movimiento. Al destino Perú llegarán los saldos, el chorreo, no la avalancha que tanto quieren los que han invertido en activos y/o alentado la promesa del turismo a todo vapor. Mis amigos en el Cusco, los que trabajan con las agencias mayoristas y promueven el negocio receptivo, saben muy bien que el 2020 se fue antes de haber llegado y que solo les toca luchar por los remanentes que van a quedar por allí -¿turistas de nichos específicos, turistas solidarios, turistas contracorriente?-   con la receta (que no les gusta tanto) de los precios bajos y las promociones y, claro, también con mucha innovación (¿la tendrán? Ojalá).

¿Hemos sido innovadores? ¿hemos logrado articular una oferta que apunte al nuevo turista nacional y que sea capaz de modificar de verdad el statu quo?

Acabo de volver de la ciudad de Arequipa, un destino severamente golpeado por la crisis que hasta hace unas semanas fue el epicentro nacional de la infección pandémica. Me quedé impresionado de la belleza, amplitud y bien estar de su centro histórico declarado por su municipio Museo Vivo: vale decir, espacio urbano para la contemplación, los negocios amigables y el deleite de los sentidos.

Caminé y caminé sus calles y rincones más emblemáticos siempre a distancia de los demás paseantes, la amplitud de sus espacios públicos lo permite, y gozando en todo momento de un clima confortable. De día un solcito que anima, de noche una brisa que llega desde sus volcanes tutelares para invitar al que llegó de afuera a seguir andando.

Me topé con multitud de restaurantes, pubs y locales para estar y pasarla bien, algunos con coquetas mesitas acomodadas en el adoquinado de sus calles esperando a los contertulios. Eso fue lo que ví y sentí: una ciudad slow para el disfrute y las experiencias auténticas.

La propuesta de la comida arequipeña es única en el mundo, se sabe y sus habitantes hace tiempo que la gozan. Como gozan el Hay festival, la convención minera, la feria internacional y los originales huachos, la fiesta que en diciembre celebra el reencuentro de los arequipeños dispersos por todas partes.

Y qué decir de su campiña cercana, como me lo comentaron mis anfitriones, llenas de posibilidades para el trekking, los deportes de aventura, el turismo vivencial, el avistamiento de aves, el turismo místico, el vivencial, la gastronomía que tanto nos gusta y muchísimo más.

Me dio la impresión mientras vagaba por las calles de Arequipa, de estar moviéndome por Barcelona o Madrid. O Montevideo. Me sentí en una ciudad moderna y tradicional, cosmopolita, con miles de actividades por hacer. Una ciudad para pasar una larga temporada de felicidad, lista para recibir a ese turista que ha nacido al compás de la tragedia.

Sin embargo, en los brochoures de Prom Perú y en los drivers de venta de su oferta, Arequipa sigue siendo un volcán, que por cierto es una maravilla y un convento, el de Santa Catalina, que quien lo visitó alguna vez, yala como dicen los niños.  O lo que es peor aún, Arequipa para los que vivimos en el mercado emisor más importante del Perú apenas se ha convertido, por acción y omisión, en la puerta de ingreso para llegar al Colca.

Con esa propuesta de venta la Ciudad Blanca seguirá siendo un destino en declive, incapaz de competir con el Cusco u otros destinos de la región. Teniendo más que Cuenca, lo digo con cierto chauvinismo, vende mucho menos que la hermana ciudad ecuatoriana.

Me queda claro que el grito de guerra es modernizarse o morir. No hay otro camino. Y modernizarse implica dar batalla desde el sector para que el Estado haga bien su tarea y entienda que el turismo que estamos en la obligación de impulsar es también una actividad social. No solamente económica, también social. Y en conjunto, en pared como se dice, replantear nuestra ubicación en la cancha.

Tal vez esa la tarea puntual de la hora actual. Trabajar de consuno para que el Ejecutivo y también el Legislativo se compren el pleito del turismo como palanca de los desarrollos locales y el retorno a la vida que perdimos. El turismo interno debiera ser entendido en estas horas aurorales como asunto de interés nacional pues sus componentes hacen juego con las recetas que se van esbozando para la post-pandemia: es reactivador, desde el punto de vista económico; es reconciliador, desde el punto de vista social; es rehabilitador desde el punto de vista del buen vivir, de la buena convivencia y, sobre todo, de la salud mental.

El combo es una maravilla. Construirlo va a requerir de mucha inventiva, aquello que los estrategas llaman innovación. Convertir Arequipa  en un destino potente, articulado a su propuesta de museo vivo y ciudad contemporánea será posible sí y solo sí leemos apropiadamente lo que quiere el turista que ha nacido con la “nueva normalidad”, ese peruano harto del encierro que viaja en familia, las más de las veces en automóvil particular y que si se trata de destinos alejados de casa prefiere los extremadamente seguros y multifacéticos.  

Lo mismo para cada uno de los destinos y productos turísticos que han decidido dejar la inopia y salir a dar batalla.

Es decir, destinos que le permitan al turista nacional por ahora, al peruano de a pie, disfrutar de la naturaleza y la cultura de un país que empiezan a reconocer como posible después de dieciocho meses de vivir con el corazón en la mano y mucho temor. Ese país existe, es maravilloso, a ese coche tienen que auparse los emprendedores locales y empresarios que vivieron con la ilusión del turismo receptivo, ese maná que por un buen tiempo nos será bastante esquivo.

Buen viaje…

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