Bárbara D’Achille, veintiséis años después…

Gerardo Saravia y Patricia Wiesse para Ideele

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Les paso esta emotiva crónica sobre Bárbara D´Achille, la siempre recordada mujer coraje que perdiera la vida hace 26 años en las alturas de Huancavelica durante la demencial guerra interna que no acabamos de cerrar. El testimonio de Daina D’Achille, su hija, es conmovedor, tremendo. Su madre fue cruelmente asesinada por las hordas de Sendero Luminoso en 1989, el año más duro de la violencia que se ensañó con tantas familias peruanas.

Bárbara D’Achille fue una mujer extraordinaria que en los años finales de su vida pudo entregarse de cuerpo entero al periodismo ecológico, una pasión que le deparó muchas satisfacciones y el reconocimiento de todos. La recuerdo con mucho cariño, fui un entusiasta lector de sus informes y reportajes y aunque no la conocí personalmente, siento que fuimos viejos amigos y que en algún sentido, espero no equivocarme, los que estamos en esto seguimos su ejemplo. Su maravillosa épica.

Las reacciones ante la muerte de alguien cercano son impredecibles, más aun si se trata de un asesinato violento e injusto. Unos no descansan hasta encontrar las explicaciones y la justicia. Otros quieren borrar el hecho como si nunca hubiera ocurrido. Otros huyen o se esconden del recuerdo.

Hace 26 años mataron a Bárbara D’Achille, y recién ahora, luego de unos engorrosos trámites, el Estado peruano ha reconocido el derecho de sus hijos a una reparación.

Bárbara
Como su nombre, era aguerrida, arriesgada, valiente, intrépida: una aventurera. No se han publicado muchas fotos de ella. En la más conocida, donde se le ve arrodillada acariciando a una alpaca, parece una turista en una excursión. Nada más engañoso que esa imagen. Ella arriesgaba su vida en cada viaje porque no se circunscribía a los circuitos turísticos, sino que atravesaba ríos caudalosos, recorría caminos imposibles, serpenteaba cerros que miraban a profundos abismos.

La incomodidad de esos largos viajes solo se apacigua por la belleza del paisaje. Son duros. Hay que soportar temperaturas extremas, cambios bruscos de altura, lluvias torrenciales, falta de baños, colchones o restaurantes, solo para mencionar las comodidades mínimas a los que los citadinos están acostumbrados cuando salen de Lima. En el caso de las mujeres estas carencias aumentan las complicaciones.

“De noche, desde nuestras carpas, escuchamos un estrepitoso y prolongado bufido, que tiene algo de tétrico cuando uno sabe que lo único que separa nuestros cuerpos de los ‘monstruos nocturnos’ es la delgada tela del piramidal refugio”, sostuvo Bárbara en Cocha Cashu, en el Parque Nacional del Manu, donde acampaba para observar a los caimanes negros, allá por el mes de julio de 1987. También contó que cuando se bañaba en el lago debía chapucear para que el caimán se alejara un poco. Lo anterior revela mucho de su personalidad valiente y temeraria.

Por eso, mirando hacia atrás, no es sorprendente que desoyera las voces cautelosas que le recomendaban que no se interne en lugares con presencia de Sendero Luminoso. Era la época de la violencia demencial. Trabajar en las zonas de emergencia significaba exponer la vida. Viajar a ellas era muy peligroso. Eran frecuentes los ajusticiamientos de las autoridades en las plazas de los pueblos, y la exacerbación de los enfrentamientos entre las comunidades que dieron lugar a una guerra fratricida.

Los proyectos de investigación en el interior del país estaban en la mira. Se calcula que entre 1980 y el 2000, Sendero Luminoso mató más de 2 millones de animales en los departamentos de Junín, Ayacucho, Huancavelica y Puno, sobre todo los de los centros de crianza y mejoramiento de ganado y los institutos de investigación de camélidos sudamericanos.

El caso más recordado fue el de la SAIS Cahuide, en el departamento de Junín, donde 10 mil animales fueron asesinados. Esta empresa de propiedad social creada por la reforma agraria, sufrió dos incursiones senderistas. Una en el año 1983: Sendero ataca las unidades de producción Laive, Antaponga y Tucle-Río de la Virgen para llevarse explosivos, municiones y 6000 cabezas de ovino. Además, destruye la maquinaria y quema las instalaciones. En la segunda incursión, ocurrida en el año 1989 – el mismo año del asesinato de Bárbara – ataca la unidad de producción Laive. Destruye las máquinas para procesar la leche y sus derivados, incendia los pastos y quema vivas a las vacas más finas.

¿Bárbara sabía que se metía en la boca del lobo? ¿Pensaba que el escudo de periodista la protegería? No eran los tiempos de viaje de Rafo León, sin que ello desmerezca el riesgo que este viajero asume cuando atraviesa escarpadas carreteras y caminos de trocha. Su perspicacia, inteligencia y sensibilidad lo emparentan a esta otra viajera quien, a los 44 años, un buen día se impuso la misión de hacer público los peligros a los que estaban expuestas la flora y fauna en los últimos rincones del Perú.

Nadie lo había hecho hasta ese momento. Fue la precursora, y el movimiento conservacionista y ecologista tiene una gran deuda con ella.

Cuatro años antes
Sección D del primer cuerpo del diario El Comercio. Sábado 28 de diciembre de 1985: Sale publicado un artículo largo (ocupa toda una página más un cuarto de la siguiente). El título: Los lobos marinos. Va acompañado de un recuadro titulado: Se va el caimán (una alerta sobre el peligro de extinción del lagarto negro, que se seguía matando para comercializar solo una pequeña parte de su abdomen). Firmaba alguien llamado Bárbara D’Achille. ¿Quién era esta periodista desconocida, que no había hecho carrera interna en ese diario, que no era familiar de los Miro Quesada, y a quien le daban una página entera para que se explayara en temas que parecían menores frente a la ola de sangre y la crisis económica que azotaban al país?

Muy pocos sabían que Bárbara Bistevins Treinani era una europea de Letonia, cuya abuela huyó con su familia de la invasión soviética y se refugió en Argentina, cuando ella tenía apenas tres años; y que a los 20 empezó a viajar como aeromoza de Panagra. Así conoció en Lima a Maurizio D’Achille, un comerciante italiano, que en ese momento administraba un night club de moda en Miraflores, al que acudían los miembros de las tripulaciones de las compañías aéreas de entonces.

Así se conocieron estos dos espíritus aventureros, que decidieron unir sus vidas y dejar Lima, una vez que Maurizio consiguió un trabajo como representante de la empresa inglesa Booth Company, comercializadora de productos en la Amazonía. Vivieron largos años en Manaos, Iquitos y Pucallpa. Es en esa etapa que Bárbara desarrolla su interés por la botánica y la zoología. Paralelamente, escribe un diario y largas cartas a sus amigos y familiares que le permiten afianzar su talento para las descripciones. Su curiosidad y preocupación la llevaron a relacionarse con los primeros conservacionistas peruanos, y una vez de regreso en Lima, a vincularse con el tradicional diario limeño.

Éste fue el inicio de una imparable racha sabatina de reportajes y crónicas que duró casi cuatro años y que convirtió a esta ex azafata, ex ama de casa y ex secretaria en una periodista acuciosa, rigurosa y comprometida con causas que ahora todos asumen, pero que en ese momento solo le quitaban el sueño a unos cuantos biólogos y científicos.

Mientras se preguntaba “¿se salvará el paiche?”, en Lima la gente hacía largas colas para comprar leche ENCI. Había una desconexión entre sus angustias y las de los citadinos que desesperaba a Bárbara y muchas veces la hacía preguntarse si su esfuerzo no era en vano, a pesar de las innumerables cartas que recibía de comunidades, proyectos y organismos oficiales que le pedían su presencia y colaboración para difundir sus problemas. Faltaban más de 20 años para que se cree el Sistema Nacional de Áreas Protegidas, solo para nombrar a uno de los organismos que amparan a estas zonas vulnerables.

Por su mérito y esfuerzos Bárbara fue nombrada jefa de la Sección Ecología de El Comercio. Este cargo cambió su vida por completo. Viajaba sin parar, a veces semanas enteras, y ni una sola vez dejó de mandar puntualmente sus extensos artículos a la redacción.

La información que brindaba era de primera. Se preocupaba de buscar fuentes serias y prestigiosas- biólogos, jefes de proyectos especiales, especialistas de instituciones estatales, científicos extranjeros – y era capaz de atravesar precipicios hasta llegar a los lugares en los que debía entrevistarlos.

En enero de 1986 estuvo recorriendo el Parque Nacional del Manu y escribió un artículo sobre las hormigas de la Chacra del Diablo, un lugar en el que crece un tipo de árbol al que ellas cuidan y protegen. En octubre de ese mismo año estuvo en las afueras de Cajamarca, lugar en el que escribe un artículo sobre unas formaciones rocosas llamadas “frailones”. Sobre ellos señala: “Parecen, en efecto, apiñados encapuchados que se apretujan en torno a una figura central, que llaman la virgen”. En noviembre estaba en Pisac, Cusco, y el título de su reportaje refleja su asombro: Maravillosa andenería incaica. Y empieza con una de sus acostumbradas descripciones: “Parches rectilíneos de imponente andenería que ciñe aquí y allá las abruptas laderas…”

A mediados del año 1988 participó en una expedición de 23 personas que partió de Madre de Dios al atardecer, y después de un día de viaje estuvo remontando el río Heath, en el límite con Bolivia; un área desconocida. Los expedicionarios seguían la huella de un tigre y también determinaban si era una zona que necesitaba de la protección del Estado. Un mes después estuvo en Ottawa, cubriendo una conferencia internacional que regulaba el comercio de especies en peligro.

Sus dos últimas entregas las realiza desde Puno. El 13 de mayo de 1989 viajó a la chacra Huarachi para conversar con los campesinos sobre el manejo del colle, un árbol que debe ser podado para que no esparza sombra en los cultivos que crecen debajo. Mientras viajaba a su destino describió el paisaje: “Cuadrados de cebada, en su terciopelo de verde intenso; la avena como plumas de verde escarchado… pero el color que reina sobre los otros es el rojo de la quinua.”

Desde Mazo Cruz envía su penúltimo artículo: “¿Hasta cuándo será nuestra alpaca?, mientras se aproximan unas nubes de tormenta que “congregan sus colores densos de violeta y gris sobre las montañas”.

Su último reportaje fue publicado el sábado 27 de mayo de 1989. Estaba en Pomata. “La luna escondida convoca con azulada luz la mole distante de la Isla del Sol. El profundo silencio convierte las siluetas de Pomata en un pueblo fantasma. No hay electricidad en estos pueblos…”, escribió. Y el título hace referencia a ello: De la oscuridad a la vida. Al día siguiente partió a Huacullani, a cuatro mil metros de altura, a “la pampa infinita del altiplano”, adonde llegó acompañada de los trabajadores del Proyecto Árbolandino, que tenían como misión solucionar el problema de esas poblaciones que necesitaban madera para leña y para sus construcciones. En esos lugares casi todos los árboles fueron talados desde hace cientos de años. Bárbara tenía la esperanza de que los plantones de colles crecieran y los protegieran de los vientos frígidos. Ésa fue su última preocupación.

Hormigas, caimanes, guacamayos, lobos marinos, monos, charapas, paiches, camarones deben estar sintiendo su ausencia hasta ahora.

Huancavelica 1989
¿Se hubiera aventurado Bárbara a viajar a esa zona si hubiera sabido el derramamiento de sangre que Sendero Luminoso estaba provocando en Huancavelica ese año 1989? ¿Habría seguido con sus planes si hubiera sabido que los senderistas alucinaron que estaban en “equilibrio estratégico” y que por eso habían incrementado su accionar en ciertas regiones del país? Nadie lo sabe.

La provincia de Huancavelica, en la que la periodista se estaba moviendo, fue el epicentro donde se concentró la violencia: 134 de las 249 muertes de todo el departamento ocurrieron ahí. Pone la carne de gallina examinar la cronología que aparece en el Informe Final de la Comisión de la Verdad: el 3 de abril de ese año, en esa provincia, se produjo un ataque a la comunidad Santa Rosa de Pachaccalla, en la que los senderistas asesinaron a diez campesinos. Trece días después, en una asamblea de delegados mineros, asesinaron a Ceferino Requis, secretario general de un sindicato. El 16 de mayo, 15 días antes de que Bárbara corra la misma suerte, Sendero decretó un paro armado y destruyó varios postes de alumbrado.

El 31 de mayo Bárbara fue a buscar al ingeniero Esteban Bohórquez, director de la Coorporación de Desarrollo de Huancavelica, quien la iba a acompañar a realizar una visita al Proyecto Especial de Camélidos Sudamericanos, específicamente a las comunidades de Tinyaclla y Pueblo Libre, en el distrito de Huando. El informe de la Comisión de la Verdad narra los hechos: Partieron en una camioneta de la FAO-Holanda a las 10.30 de la mañana. Viajaban en ella dos personas más. En el trayecto el chofer se dio cuenta de que no tenía suficiente gasolina y decidió ingresar al campamento de la mina “Martha” que estaba cerca de la carretera. En ese momento los cercaron varios individuos armados y cubiertos con pasamontañas que los obligaron a bajar de la camioneta. Estuvieron parados en el lugar durante seis horas aproximadamente, mientras el grupo cargaba explosivos y víveres en un volquete de la mina.

A las cuatro de la tarde partieron hacia la laguna de Tutaccocha, a tan solo 11 kilómetros de la ciudad de Huancavelica. En ese lugar les dio el encuentro otro grupo armado que iba en caballos y mulas. Dos hechos decretaron la sentencia de muerte de la periodista y del director de la CORDE. El primero fue que Bárbara se negó a tomarles una foto y hacerles un reportaje. El segundo fue que al revisar el interior de la camioneta encontraron el documento que identificaba a Bohórquez como un funcionario del Estado con un cargo importante.

El jefe de la columna, camarada Rogelio, liberó al chofer y a los otros acompañantes cuando comprobó que se trataba de simples empleados de la CORDE. Les dijo que estaban “en una guerra civil en la que morían incluso los inocentes”, pero que les perdonaba la vida. Retuvo al ingeniero y a Bárbara en ese paraje desolado. Cuando se encontraban a un kilómetro de distancia de la ciudad, los sobrevivientes escucharon un disparo y una explosión.

Al día siguiente una patrulla y el fiscal provincial, guiados por los comuneros de Pueblo Libre, encontraron los dos cadáveres. A la periodista la habían golpeado con piedras hasta destrozarle el cráneo. Al ingeniero le habían disparado en la cabeza. La camioneta fue dinamitada.

En el mes de noviembre de 1992 la policía detuvo a tres sospechosos de estos crímenes. Sin embargo, si bien confesaron que intervinieron en el hecho, ninguno de ellos fue responsable directo de las dos muertes. Según el Informe, los que dieron la orden de asesinarlos no habrían sido capturados y sancionados.

La familia D’Achille tampoco quiso profundizar en las investigaciones y trataron de pasar la página como podían.

26 años después: Daina D’Achille
Se animó a leer el capítulo sobre el asesinato de su madre, después de once años de su publicación en el Informe Final de la Comisión de la Verdad. Antes de eso, trató de apartar cualquier recuerdo refugiándose en las alturas: primero en Arequipa y luego en Chivay. “Mientras más alto, mejor” son sus palabras textuales. Su hermano hizo lo mismo, pero él decidió alejarse del país buscando el mar de La Florida.

El apellido le pesaba. Cuando le preguntaban cómo se llamaba contestaba: “Solo Daina”.

A pesar que la memoria no siempre le es fiel, Daina recuerda con claridad la vez que mataron a su mamá. De manera inusual, salió a despedirla por la ventana. Por esos tiempos Bárbara se iba muy temprano y la intensidad de su trabajo no permitía que se vieran con mucha regularidad. No hubo ninguna premonición. Eran días agitados, pero en la casa de la familia D’Achille no se sentían atemorizados. Es más, ella, que en ese entonces tenía 25 años, no piensa en esa época como particularmente mala: “Para mí los apagones eran normales, no vivíamos con temor”.

Solo recuerda que en algún momento le dijo a su mamá que tenga cuidado. La respuesta fue que a ella no le iba a pasar nada porque no tenía nada que ver con la política. No sabemos las emociones que podía albergar Bárbara por dentro, pero, en todo caso, se cuidó de no trasmitirle ningún tipo de aprensión a su familia.

Daina remarca siempre que es un ser distinto a su madre. Las comparaciones son odiosas, y mucho más cuando éstas son entre padres e hijos; y muchísimo más cuando los padres han sido figuras grandes y fuertes como Bárbara. “Mi madre era lo máximo, pero yo soy otra persona” reitera, y no parece darse cuenta que en su propia historia se encuentran trazos indelebles de su progenitora.

También Daina se echó a mudar temprano. Mucho antes de que mataran a su madre empezó a viajar al interior del país. Estuvo en el Manu y en el Cusco. El asesinato de Bárbara marcó el punto de no retorno a Lima. Su fascinación por el sector rural empezó desde muy niña. De la mano de sus padres la pequeña Daina se internó en la Amazonia. Estuvo en Iquitos, Pucallpa y Manaos, en la selva de Brasil. Cuenta que el cambio de la ciudad a la montaña no le afectó en nada. Tenía nueve años y desde mucho antes que su madre se convirtiera en la defensora de la conservación de la naturaleza, el alejamiento de la ciudad ejercía un peculiar encanto en ella.

La familia D’Achille vivía en Lima con todas las comodidades de la urbe cuando deciden mudarse primero a Iquitos, una ciudad en ese entonces pequeña, en la que estuvieron un año. Luego se trasladaron a Pucallpa y ahí sí, el cambio fue drástico. Se instalaron en un paraje rural, desprovisto de algunas necesidades básicas; pero igual Daina recuerda embelesada los paseos cotidianos a caballo con su madre. Por ello, no le serían ajenos los apagones de los años posteriores. En la zona en la que vivía, muy cerca al lugar en que se cayó el avión de LANSA en 1971, quedarse sin luz algunos días era lo habitual.

Pero tampoco es que su padre diese posibilidad a mayores reflexiones. Su espíritu emprendedor hizo de él un hombre resoluto: “Todo lo que necesitemos lo conseguiremos acá mismo, y si no, lo compraremos”, les dijo una vez instalados en Pucallpa. Y así techaron su casa con palmeras de la zona, y cada uno fue resolviendo sus problemas.

Daina recuerda esa etapa como idílica. Bárbara y ella fueron seducidas por las entrañas de la selva. De manera empírica iban conociendo los misterios y la diversidad de un mundo distinto: “Todos los días mi hermano y yo descubríamos un insecto nuevo. Gritábamos llamando a mi mamá cuando veíamos uno, y ella nos decía que era tal o cual”. (A la luz de alguno de los libros sobre zoología que interesaban a Bárbara, o de su inseparable libro de Darwin que ojeaba constantemente.)

De esa época también datan las primeras luchas de su madre. Una vez en Manaos la gobernación dispuso el corte de un árbol que estaba frente a su casa. Empezaba un proyecto inmobiliario y había que preparar el terreno. Para Bárbara fue el incendio de Troya. Movió cielo y tierra para mantener el arbolito. Fue su primera batalla ecológica y la perdió.

Hija de su madre
El temple parece hereditario y le viene de las dos vertientes. Su padre llegó de Italia huyendo de una madre absorbente. En su patria había sido campeón de natación y de waterpolo y llegó a participar en las Olimpiadas de Melbourne en 1956. Acá prácticamente se hizo solo. No le hacía muecas a ningún trabajo, si es que le aseguraba rentabilidad. Primero fue el night club, luego el trabajo en la compañía inglesa que lo llevaría a internarse en la selva con toda su familia y que resultó tan importante en la formación de su hija.

La abuela materna era también una mujer muy fuerte. Cuando los soviéticos entraron en Letonia le dijo a sus hijos “nos vamos” y se escaparon en unas embarcaciones llamadas faluchos. Eran tan pequeñas que solo entraban las personas; el equipaje lo tenían que llevar flotando. Llegaron a Suiza, pero solo estuvieron unos meses, ya que el país decidió devolverlos. Fue así como anclaron en Argentina, en donde unos amigos los acogieron.

Si bien en la casa de los D’ Achille el comunismo era un tema vedado, por lo que había vivido en Letonia, a su abuela le daba mucho pesar ver cómo los militares desaparecían gente en Argentina durante la Junta Militar. Bárbara, en el Perú, tenía la inquietud de comprender a los senderistas. “ ¿Por qué actuaban así? ¿Por qué llegaban a esos extremos?”, se preguntaba. Según recuerda su hija, llegó a conocer a algunos integrantes de dicho grupo subversivo. Incluso, para poder entenderlos mejor, se compró un casete de huaynos de Martina Portocarrero, cantante folclórica que popularizó la canción Flor de Retama, asociada a los orígenes de Sendero.

Daina estudió en la selva hasta tercero de media. Luego regresó con su familia a Lima, sin saber lo transitoria que sería esa estancia. Suele decir que en su DNI dice “nacida en Lima”, pero que su corazón es provinciano. De la capital rescata su clima gris; le gusta venir solo de visita.

Una vez que terminó el colegio, ingresó a la Pontificia Universidad Católica del Perú para estudiar antropología. Nunca se halló en la universidad, y cuando ocurrió lo de su madre, se encontraba con un pie adentro y otro afuera. Ya para ese entonces había empezado a viajar al interior del país. Se fue al Manu a trabajar en un proyecto de turismo sostenible para la empresa Manu Nature Tours. La siguiente conversación, que tuvo lugar una noche de octubre del año 1988, revela la relación que tenía con su madre y algo de la personalidad de ambas:

Bárbara: Es terrible. La gente no se da cuenta del daño que le están haciendo a los animales, van a desaparecer todos, incluso ellos mismos, si no se hace algo y a nadie le importa. Ya me harté. Y así es con todo. Simplemente no les interesa.

Daina: Tranquila mamá, poco a poco la gente está tomando conciencia. Acá en el Manú hay muchos jóvenes comprometidos. Cálmate.

Además de enseñarle a tener paciencia, Daina afirma con orgullo que también le enseñó a viajar: “Una vez nos fuimos a Cajamarca y nos subimos al bus que era como una combi. Mi mamá no estaba acostumbrada y se quejaba de todo. Nos bajamos a comer y la gente ponía sus huaynos. Ella decía: ¡Mucha bulla! Yo le pedía que se relaje. Después de eso, ella viajó como sea y donde sea”.

Cuando hablaban por teléfono reinaba la paz, pero no siempre sucedía lo mismo cuando estaban juntas. “Fui una adolescente problemática”, confiesa Daina. De joven, la fuerte personalidad de la madre colisionaba con el espíritu independiente de la hija.

La muerte de Bárbara fue decisiva para que abandone para siempre sus estudios en la PUCP. Estuvo un tiempo practicando en Caretas, pero luego una amiga la convenció para que le acompañe a Arequipa, donde decide establecerse. Los recuerdos estaban frescos. Pasar la Navidad sin su madre, que adoraba la parafernalia de esa fiesta, le resultaba intolerable. Lo más sano era alejarse.

En Arequipa conoce al padre de sus hijos. Estuvo con él 10 años. Hace ocho que están separados. Amaru de 15 años, e Illary de 12, son fruto de esa relación. En ese momento Daina y su esposo compartían el mismo proyecto de vida. Habían encontrado una oportunidad de trabajo en Chivay, un pueblito del Colca. Él se dedicó al turismo y ella a la enseñanza de inglés.

El perdón
Daina había hecho su vida en Chivay y no estaba al tanto del proceso de reparaciones que promovió el Estado peruano. Cuando solicitó su incorporación en el Registro Nacional de Víctimas, la inscripción ya había cerrado. Para que pudieran incluir a su madre en él, le pidieron una serie de requisitos que acrediten que Barbara D’Achille fue víctima de la guerra interna.

A veces la insensatez es sinónimo de ensañamiento. Éstos eran algunos de los documentos que debía conseguir : -Testimonio de los sucesos de violencia que ocasionan la muerte. Precisar fecha, lugar y responsables, debidamente firmado (sic). – Partida de defunción.- Denuncia policial o constancia de autoridad certificando los sucesos de violencia que ocasionó el fallecimiento indicando el día, lugar, y los responsables” (sic).

La batalla parecía perdida. Había pasado mucho tiempo y ésos no eran precisamente los papeles que Daina tenía a la mano. Gabriela Joo, del Instituto de Defensa Legal, la apoyó en los trámites. Ella cuenta que hicieron una nueva búsqueda en el registro, y finalmente dieron con Bárbara Bistevins (su apellido de soltera). Una vez que se corroboraron que la víctima sí estaba inscrita, supervisó la gestión de los dos hijos para calificar a la reparación. Ahora están en la lista y su expediente tiene un número.

A 26 años de la muerte de su madre, Daina se siente en la mejor etapa de su vida. Se está dedicando a las causas que la motivan: ha sido voluntaria en diversos programas de apoyo a la mujer en casos de violencia, como el del Centro Emergencia Mujer. Vive en la ciudad de Arequipa para que sus hijos echen raíces cerca de su familia paterna. Está concentrada en sacar su título de docente porque en unos días volverá a las aulas a enseñar inglés. Sus primeras palabras en la clase siempre son en quechua.

No se ha victimizado, a pesar de que está pintada para encajar en el estereotipo de la víctima: mataron a su madre, los culpables están sueltos, el crimen ha quedado impune, el Estado la olvida y se la pone de cuadritos antes de reconocerle sus derechos. Y no lo ha hecho porque esta mujer que siente que no se expresa con claridad, que todavía no ha procesado una parte de su vida, a quién a veces la memoria la traiciona y la hace olvidar fechas y datos exactos, no busca justicia.

“Eso lo conversamos hace tiempo con mi padre. ¿Qué vamos a hacer si encuentran al asesino? ¿Qué ganamos? ¿Acaso mi madre va a regresar?”, sostiene.

Piensa que en casos como el de Fujimori y los crímenes de Cantuta y Barrios Altos la necesidad de justicia y las penas impuestas sí se justifican. En el caso de la guerra interna, dice que existió una motivación social que originó todo el horror. No justifica los crímenes, pero cree que antes de buscar culpables, es más importante solucionar las carencias de la gente que vive lejos de Lima. “Incluso en Arequipa no vemos lo que está pasando a cinco horas de aquí”. Por eso su plan a mediano plazo es regresar a Chivay para dejar su pequeña contribución.

Daina, ¿perdonas a los asesinos de tu madre?

“Creo que hace tiempo lo hice”.

21/08/2015