Breve guía para el ciclista urbano, un artículo de Marco Zileri para IDL-Reporteros

Mi opinión

El año pasado un volquete repleto de materiales de construcción casi se lleva para siempre a Marco Zileri, el hombre fuerte, por muchos años, de la revista Caretas. El bueno de Marco, vehemente como él solo y ciclista trejo entre su casa en Surco y el centro de Lima, fue auxiliado por una ambulancia que pasaba de milagro por la Panamericana Sur para ser atendido en una clínica de San Juan de Miraflores. La historia la ha contado en su revista a propósito de lo peligroso que resulta ser ciclista en una ciudad pintadita para las biclas y el transporte sobre dos ruedas.

Marco, experto en ciclismo de aventuras/ciclismo urbano (por Lima) acaba de subir a su columna en IDL-Reporteros este breve manual para cicloconductores en las Tres veces Coronada Villa que se los dejo por lo pertinente de sus consejos y lo zumbón de su estilo, fiel al que se supo crear en su momento su padre, el recordado Enrique Zileri Gibson. Se los paso junto a una máxima suya que ojalá se convierta algún día en “mínima”: si maneja bicicleta en Lima “piense como un peatón, compórtese como automovilista e insulte como microbusero”. Lindo lunes.

Pedalear en Lima demanda de maña, más que de agallas. A continuación una lista corta de recomendaciones sobre cómo convivir con los autos, basada en dos años de auges y caídas sobre el asfalto:

1.- Evite las avenidas o vías troncales como a su propia sombra.

2.- Circule por las bocacalles. En Londres les llaman las silent streets. Va a llegar adonde le dé la gana. Pero tampoco se confíe demasiado, no todos los taxis tienen GPS, pero todos circulan apurados.

3.- No se fíe del contacto visual con el automovilista. Lo digo por experiencia. El automovilista suele no tener contacto con la realidad.

4.- No son los autos, sino el agua, el enemigo número uno del ciclista.

5.- Compórtese como un centauro: mitad vehículo, mitad peatón. En la plaza Grau, por ejemplo, transite por los cruces cebra. El mix de centauro y cebra puede dar buenos resultados.

6.- Manténgase alerta, no se deje sorprender. En el Paseo de los Héroes Navales, frente al Palacio de Justicia, Ferrer es igualito a Diez Canseco, y Palacios a Ferrer.

7.- ¡Cuidado con las puertas! En los atoros de tránsito –que Dios se apiade de quienes los sufren– supere los vehículos des-pa-cito. Hay taxistas que –ejem– se aprovechan de los atoros para sacar la botella de Inka Kola.

8.- No circule por las veredas. Las puertas levadizas de los garajes son otro peligro inesperado y los peatones merecen respeto. Si lo hace y algo le pasa (una patada de una jogger), no tiene derecho a reclamo.

9.- Lleve siempre puesto el casco y ropa colorida –chaleco reflector de noche–, en contraste con la mascarilla, elegantísimo. Y en caso de que la moda de las mascarillas continuara, busque una que haga juego.

10.- Verifique los frenos, la presión de las llantas y el estado de sus cambios cotidianamente. Quizás en este caso pueda llegar a sentirse un foráneo en un territorio que carece de frenos.

11.- No use audífonos; utilice sus cinco sentidos. O cante, bien fuerte, de preferencia un tema de Arjona.

El transporte es hoy una ruleta rusa: o sube a ese microbús –literalmente– o desempolva la bicicleta en el garaje. Morir de Covid o morir de hambre. Morir asfixiado o morir arrollado. La ruleta rusa, según Trump, es un invento de los chinos. Los fatalistas nunca mueren, aves de mal agüero. No les preste oído; una golondrina no hace verano.

Pedalear por la alameda de la avenida Salaverry, desde el Campo de Marte hasta el filo de la Costa Verde, conquistar el océano Pacífico con la mirada, acalla el bramido de los inconformes. Desde ese inesperado cruce de caminos se vira a la izquierda y empalma el ciclista por el malecón que une la Pera del Amor, en San Isidro, con el barranquino Puente de los Suspiros casi en un aliento. En Lima, ¿quién dijo que no?, también ocurren epifanías.

Las ciclovías híbridas de San Borja, aunque funcionan, no compiten con la magnífica ruta panorámica descrita. La propia avenida Arequipa es funcional, aunque requiere de la destreza de un jugador de máquinas de pinball para sortearla. Lima no está huérfana de vías separadas para ciclistas.

Pero las pocas ciclovías existentes son inconexas y suelen estar en conflicto con los cruces en los que hay semáforo para autos; ergo, inerme el ciclista, los autos zumbando ante sus narices, esperando la oportunidad para cruzar cualquier avenida, resuenan las palabras de Pilar Mazzetti: “Ahora sí vamos a saber de qué están hechos los peruanos”.

En ese trance, no pierda el temple, siempre queda el recurso de llamar a un taxi satelital para que cargue con usted y la bici a puerto seguro.

Piense como un peatón, compórtese como automovilista e insulte como microbusero. El uso del dedo medio es elocuente, pero inconducente y poco comprendido. Suele exacerbar la conducta agresiva del automovilista. Un microbús pisándole la rueda trasera, mientras el chofer distraído cuenta el sencillo o habla por celular a bordo de su silencioso sedán, es una pesadilla recurrente.

Pero el beneficio inmediato es el tiempo. Un ciclista no es más veloz que un automóvil, pero sabe con certeza cuánto va a demorar en llegar del punto A al B.

Por eso, evite las avenidas o vías troncales. Explore las calles alternas. A veces, puede ser un camino menos directo, pero usualmente mejor arbolado, y, sobre todo, libre de tránsito. Invariablemente tropezará con un animal de bellota que frenó abruptamente, parqueó en doble fila, descerrajó un bocinazo gratuito. El ciclista también es un ser humano. En esos casos, sobrepasando lentamente al infractor, clavándole la vista, espeto: “Bovino”. Cuando el aludido, perplejo, caiga en la cuenta que se le ha llamado “res”, el ciclista habrá ganado muchos metros de ventaja. De esa manera, se resguarda el carácter bucólico de rodar por las calles de Lima en bicicleta.

Se sorprenderá de que los automovilistas envidian secretamente a los ciclistas, si es que no le agradecen abiertamente. En el morral que llevo a la espalda, he colgado una señal reflectora con el dibujo de una bicicleta y un mensaje que a la letra reza: Un auto menos. No es raro ser saludado con pulgares arriba. El próximo semáforo nos volveremos a ver las caras, atorado y echando humo el amigo, hecho una liebre el ciclista.

Pero ojo, no falta el talibán que vaya a leer en su progresista mensaje, lo contrario: Voy a acabar con los autos.

El ciclista tiene 40% menos probabilidades de contraer cáncer, 25% menos posibilidades de sufrir una dolencia cardíaca, y 99,9% menos posibilidades de caer contagiado del coronavirus. Con razón se le envidia. Pero el beneficio inmediato es el tiempo. Un ciclista no es más veloz que un automóvil, pero sabe con certeza cuánto va a demorar en llegar del punto A al B. Desde la Plaza de Armas hasta el Café Haití en Miraflores demora 22 minutos. Cuando el tráfico es infernal, son igual 22 minutos. El ciclista no conoce el tráfico.

Recuerde la fábula de la liebre y la tortuga, donde usted es la tortuga.

Si cae de bruces en el pavimento, verá estrellitas. Ahora que apreciamos con asombro cómo la naturaleza se renueva, es bueno recordar que por cada kilómetro recorrido, el ciclista evita la emisión de 250 gramos de CO2 a la atmósfera, según The City Fix. En Dinamarca, la bicicleta es tan usada que se ahorra 20,000 toneladas de CO2 anuales. En ese plan, pedalear desde el Campo de Marte hasta la Pera del Amor, a la sombra de ficus gigantescos, un tramo de 6,5 km, equivale 1,6 kg de CO2.

Y no tardará más de 20 minutos.

Si al finalizar la eterna cuarentena el clima se mantiene tan limpio como la eterna primavera, los futuros ciclistas merecerán parte del crédito. Hasta que todo vuelva a la nueva normalidad.