Buen viaje, Richard Hidalgo

Wili Reaño desde Ollantaytambo

Era un hombre esencialmente bueno, discreto, de un optimismo fuera de lo común en estos tiempos de pragmatismos y sálvensequienpueda. Y también un apasionado de las montañas. Y un terco constructor de quimeras, tal vez la más conocida de todas, la de tratar de hacer cumbre en los catorce ochomiles del planeta para dejar en alto la blanquirroja. En eso también era especial: sus sueños, casi todos cumplidos, sus récords en los techos del mundo por los que se movió como ningún otro deportista peruano, los quiso compartir siempre con sus paisanos, con nosotros.

A Richard Hidalgo, el compañero que acaba de partir, lo conocí en Huaraz, al pie de la Cordillera Blanca, durante uno de los primeros Inkafest y lo seguí frecuentando en las redacciones de Rumbos y de Viajeros. Era un hombre de risa abierta y tranquilidad zen que desentonaba con nosotros, apenas burdos buscadores de noticias y hablantines sin parar.

Él era más bien reservado y a veces un tanto esquivo, un sapiens muy pensante que daba la impresión -cuando nos volvíamos a encontrar en alguna ciudad de estas- de estar moviéndose en territorio apache, lejos de su hábitat particular. En estos lares, era un pez fuera del agua. Un buen hombre a quien le faltaba el oxígeno. O tal vez le sobraba.

Lo acompañé como pude en el sueño suyo de ascender a sus tres primeros ochomil: el Shisha Pangma, el Cho Oyu y el Manaslu. Como alguna vez me lo comentó El caminante, otro bravo, “después de las caminatas -a veces antes- vienen las arrodillatas”, el ignominioso oficio de buscar auspicios y compañías económicas.

Traté de ayudarle todo lo que pude en esos afanes tan pedestres…

Recuerdo de esas temporadas de complicidades mutuas y sueños compartidos: una foto suya en los más alto del Shisha Pangma, la montaña de 8027 metros que dio inicio a su peregrinaje por las cordilleras de los Himalayas y Karakórum, con la bandera peruana y el logo de la revista Viajeros bien al medio, unas cintas tibetanas y un juego de cuchillos que conservaré como prueba de nuestra amistad inquebrantable.

A su retorno del Cho Oyu -o del Shisha, lo he olvidado- nos reunimos un grupo de entusiastas en el colegio Los Reyes Rojos para escuchar su relato. Entonces sus andanzas no habían alcanzado el realce que lograron tener tiempo después cuando los diarios y los programas de TV lo convirtieron en su favorito. Esa noche Richard nos convenció a todos de la posibilidad que teníamos como país de estar en la cima del montañismo mundial. 

En el 2007 el terremoto de ese año nos encontró a ambos en el piso siete de la oficina de Viajeros en Miraflores y como dos buenos aventureros nos tomamos el tiempo de ordenar la salida del personal, desconectar los enchufes y apagar las computadoras. Cuando bajábamos con cierta calma y los vidrios empezaron a caerse presagiando lo peor Richard y yo corrimos como dos almas en pena sin temor al qué dirán. Algún día escribiré una crónica, le solía decir, sobre ti que va a comenzar así: “Doy fe que el montañista Richard Hidalgo sabe de descensos inesperados: lo he visto correr y dar brincos como un loco con el propósito de llegar primero a un  campamento base de una calle en Miraflores, cerquita a la avenida Pardo…”.

Richard se mataba de risa.

A su retorno del Manaslu lo entrevisté para un programa de TV digital en la sede de La Mula en Córpac. Me había distanciado un tanto del montañista en solidaridad con Isabel, la madre de Matías, el  hijo de ambos, debido a ciertos descuidos suyos que Isa me refirió en tono muy confidencial y que no viene al caso auscultar por aquí. Hay montañas personales que son más difíciles de superar que las que supone un Everest y Richard era un hombre de carne y hueso.

Leo en una nota de hace un tiempo una mención suya,  muy personal. La periodista le pregunta al montañista sobre su soledad en la montaña y Richard contesta que ese tiempo sin nadie al lado lo utilizaba para pensar en su familia, en el hijo que estaba creciendo lejos de él. Debió ser así, el  hombre a prueba de todo que desafiaba las alturas insondables como nadie era un ser quebrado por la lejanía y las ausencias propias de un oficio como el suyo.

Es así, lo sé por experiencia propia.

La última vez que lo vi fue en Paracas.

Yo había ido a cubrir la Maratón des Sables y él era uno de los integrantes del equipo de corredores cholos. Con Iván Canturín, Marcelo Pweirano, Víctor Ccanto, entre otros. Doscientos cuarenta kilómetros después de haber partido de las proximidades de las dunas Usaca, en Nazca, el vencedor de cinco ochomiles llegaba a la meta en una ubicación poco feliz y con la inmensa sonrisa de siempre. Nos abrazamos, hablamos un poco y quedamos en volver a vernos.

La cita quedó trunca, me alivia pensar que el muchacho de gentil sonrisa y noble como pocos, descansa, lejos de las presiones de este mundo abrazador y a veces tan malaleche, entre los pliegues de alguna de las tantas montañas que amo en vida. Y que en la cordada que alguna vez tendré que compartir allí estará él y Bore Rubio y Renzo Ucelli y Juanito de Ugarte y Elías León, esperándome.

Buen retorno a la tierra, compañero…