Carlos Calderón Fajardo, el más costeño de nuestros escritores “serranos”

Carlos M. Sotomayor, tomado de La Mula

Mi opinión

Calderón Fajardo solía considerarse un escritor barranquino. El que lo calificarán, atendiendo a su nacimiento en Puno por causas del azar, como un autor serrano le parecía un sinsentido, otra de las tantas malas pasadas que le había jugado el destino. Me lo comentó Didi Arteta mientras acompañábamos a los suyos en el velatorio de la iglesia de Fátima: el escritor pasaba por una época fecunda, de reconciliación con su extraordinario genio literario; se había recuperado por fin de los achaques de una extraña dolencia que lo tuvo maniatado y sin fuerzas, y pasaba los días escribiendo y pergeñando historias. Les paso esta bonita reseña que acabo de recoger del Internet.

El calendario marcaba el año 2005 cuando Enrique Cortez, en esa época director del suplemento Identidades, me pidió escribir un artículo sobre Carlos Calderón Fajardo. No era para nada un autor desconocido en ese momento. Su hoja de vida ya ostentaba el reconocimiento literario a través de varios premios obtenidos. Yo, por ejemplo, no hacía mucho había podido disfrutar la lectura de los relatos que conforman El que pestañea muere –reeditado por la editorial San Marcos–. Sin embargo, sus libros eran inubicables en librerías.

Con el correr de los días descubrí que no sólo sus libros eran inubicables; él mismo desde hacía un tiempo se había borrado del mapa. Tanto Iván Thays como Ricardo Sumalavia, escritores amigos suyos de años atrás, a quienes consulté, desconocían su paradero. Me enteraría mucho después del motivo de aquel retiro: una extraña enfermedad lo había casi inutilizado por un largo tiempo. “Me levantaba normal, con aparente energía, pero poco a poco esta iba disminuyendo e iba siendo víctima de un terrible agotamiento que a medio día me obligaba a volver a la cama”, me contaría en una oportunidad.

Transcurrieron varios meses. Y, como suele suceder, el destino movería sus cartas. Una tarde –corría ya el 2006– al llegar a la redacción del diario Correo, en el que trabajaba por esa época, encontré un sobre manila dirigido a mí. Grande fue mi sorpresa cuando encontré en su interior la nueva novela, acabada de publicar por el Fondo Editorial de la UNMSM, de Carlos Calderón Fajardo: La segunda visita de William Burroughs. A los minutos, recibí la llamada telefónica de Miriam Castro, jefe de prensa del Fondo Editorial, quien me consultaba si me interesaría entrevistar al autor. Mi respuesta fue inmediata y a la semana siguiente, junto a un fotógrafo del diario, ya me encontraba en su casa de Miraflores. La entrevista empezó a las 4 de la tarde, pero la charla se prolongó hasta cerca de las 8 de la noche.

Carlos Calderón Fajardo nació en Juliaca, Puno, en 1946. Y siempre tomó con humor el hecho de que lo consideren en aquel lugar como un autor puneño cuando en realidad nacer allí fue producto del azar –a su padre médico, que trabajaba para las Fuerzas Armadas, lo solían destacar a varias partes del Perú–. El se consideró siempre un autor costeño, entre otras cosas por su relación intensa y entrañable con el mar –basta leer su libro de relatos Playas (Borrador editores)–.

Su vocación literaria también estuvo signada por los arrebatos misteriosos del destino. Su padre lo envió a Alemania a estudiar Medicina como él. Allá, al otro lado del mundo, sucedieron dos circunstancias determinantes: el escritor José María Arguedas viajó a Alemania a un Congreso y terminaría hospedándose en la habitación de un bastante joven Carlos, entablando con él una relación amistosa. La otra circunstancia es que Calderón Fajardo enferma de TBC y debe guardar cama por una temporada nada corta. Gracias a la recomendación de uno de sus profesores se dedica ese tiempo a leer a muchos autores alemanes, sobre todo, y a escribir. Cabe precisar que Carlos ya había cambiado de carrera: dejó en ese momento la medicina para estudiar filosofía.

Decidido a ser un escritor, Carlos emprende una travesía hacia París, la ciudad a la que iban a parar todos aquellos latinoamericanos que deseaban convertirse en escritores. Carlos había conocido a una peruana que residía en la ciudad luz e inmediatamente fue a buscarla. Allí lo recibió un hombre delgado, el esposo de su amiga, quien en realidad era nada menos que Julio Ramón Ribeyro. El autor de La palabra del mudo se convertirá, pues, como lo comentó alguna vez Calderón, en su padre literario. La gran amistad que los unió puede apreciarse en las afectuosas menciones que Ribeyro hace de Carlos en sus diarios personales reunidos en La tentación del fracaso.

J. R. Ribeyro destaca el estilo personal de Calderón Fajardo. Y eso lo que vemos al repasar sus novelas y sus libros de cuentos. Se trata de un autor con un lenguaje propio, con una sensibilidad especial, muy a gusto en géneros como el fantástico, sin dejar de explorar en el realismo y en la psicología de los personajes. La conciencia del límite último es una de mis predilectas dentro de su producción. Y es sin duda, una de las novelas policiales peruanas más originales e interesantes de todos los tiempos. Otras de sus novelas que destacaría son La colina de los árboles –que transcurre en un sanatorio de pacientes de TBC en Viena– y La noche humana –ambientada en París–. Sin embargo, es El fantasma nostálgico la novela a la que le deparo mayor aprecio. Con esta novela estuvo muy cerca de ganar el importante Premio Tusquets de Novela.

Carlos Calderón Fajardo ha muerto hoy. Así lo dio a conocer su hijo Pablo, el poeta. Y aún ahora que escribo estas líneas, varias horas después, no logro procesar aquella información terrible. Hace dos semanas, Carlos estuvo a mi lado en un conversatorio organizado en ISIL, para celebrar el mes de las letras. Estuvo encantador como siempre, con esa capacidad asombrosa de generar empatía en los jóvenes, quienes se acercaron a rodearlo luego de la charla para pedirle autógrafos, para tomarse fotos con él o simplemente para estrecharle la mano. Carlos estuvo contento. Mientras caminábamos ¬–Carlos se iba a escuchar música en el auditorio del Británico–, me contó una anécdota, la última que me contaría. Estaba en su casa de playa, en Punta Negra, mostrándoles los ambientes a los jóvenes escritores y amigos Pierre Castro y Karina Valcárcel. Todo sucedía con naturalidad hasta que les mostró su habitación, aquella de vista prodigiosa al mar, y encontraron a un intruso alado: una gaviota. Y la escena final: tres escritores persiguiendo a una gaviota por todo el dormitorio, como se persiguen las palabras y las ideas antes de que alcen vuelo. Carlos alzó vuelo hoy en esa travesía a la eternidad. Y solo me queda desearle buen viaje al amigo, al maestro.

29/04/2015