Cees Nooteboom / Hotel Nómada

Hotel Nómada se ha convertido en el Santo Grial de los viajeros neerlandeses que se aventuran a recorrer el planeta, una suerte de El camino más corto, el clásico libro que Manu Leguineche publicó después de dar su primera vuelta al mundo, que los jóvenes y no tan jóvenes caminantes holandeses guardan en la faltriquera para no perderse mientras atrapan sus sueños.

El libro reúne doce textos del extraordinario viajero nacido en La Haya en 1934, escritos entre 1968 y el año 2000. Recuérdese que Nooteboom es un viajero en ejercicio, estuvo en el Perú hace un par de años para el Hay Festival arequipeño, que sigue produciendo materiales de muy buena calidad. El año pasado lanzó 533 días, un hermoso y muy vital cuaderno de navegación lleno reflexiones y evocaciones de su vida en Menorca, la isla en el Mediterráneo donde acoderó hace más de cuarenta años.

En Hotel Nómada, Nooteboom recorre Gambia, Mali, México y Bolivia – pasa por el Perú un ratito-  para construir un ideario viajeril sumamente estimulante y rico en definiciones. Y al igual que el Manu, empieza también citando a un autor de otros tiempos, en este caso al árabe Kitab al-isfar, quien en El Libro de la revelación y los efectos del viaje, afirmó, en pleno siglo XII, que “el origen de la existencia es el movimiento. Esto significa que la inmovilidad no puede darse en la existencia, pues, de ser inmóvil, regresaría a su origen: la Nada. Por esta razón, el viaje no tiene fin…”

Nooteboom nunca ha estado quieto. Sesenta años de movimiento continuo lo confirman. Reconocido poeta y crítico de arte en su país, Nooteboom es un estilista finísimo de las descripciones de paisajes y gentes. Y como buen viajero, un notable ilustrador de situaciones inverosímiles. Viajar, finalmente, es también un ejercicio literario.

De allí que sus notas sobre Gambia y Mali, sus apuntes sobre África en general, sean tan brillantes “En breve, escribe, con esa velocidad como de murciélago propia del trópico, la noche se retirará y se hará visible el mundo, un mundo de aspecto árido, escasamente compasivo con los hombres y los animales, turbio como agua de río: una serpiente de color terroso repantigada en la desierta sabana”.

Los apuntes que hace sobre Bolivia, son de terror. El país que recorre en 1968 es un país de opereta. En La Paz los indígenas exhiben su miseria en cada esquina y las estadísticas no mienten: la esperanza de vida de los mineros que con su trabajo de esclavos engordan las cuentas de los barones del estaño apenas supera los 35 años. En la capital boliviana, el holandés se reúne con el presidente de facto René Barrientos, quien viste todo el tiempo uniforme militar y se jacta de haber cazado al Che Guevara.

Como en Africa, Bolivia le parece estar a punto del estallido revolucionario.

En México la belleza que exhiben sus museos de la civilización que vibró en Tenochtitlán motivan sus reflexiones sobre la trágica suerte de unas sociedades, las nuestras, vencidas en un tris por el hierro traído por los europeos.

Lima no le gusta. La conoce muy de paso, también en 1968, camino hacia La Paz. Sus trazos sobre la ciudad Jardín son, también, de antología: “Después de haber pasado un par de semanas en Brasil, la gente [de Lima] te parece pequeña y fea; la lengua dura”. Del aeropuerto se dirige al centro, vuelve a anotar: “A continuación, 18 kilómetros de desconsuelo, y luego, la ciudad (…) indios arrimados a las paredes en torno a hogueras. Vago un poco por la ciudad, pero ya no consigo fijar la atención en nada (…) A la mañana siguiente todo ha adquirido el color de la arena”.

Los demás textos trasuntan las mismas ideas: el viaje como una incesante búsqueda de estar siempre en movimiento, aunque parezca paradójico, para tratar de detener el tiempo. Nooteboom se siente espectador de un mundo que llega a su fin. “¿Cuánto tiempo permitirá nuestro mundo la existencia de ese otro mundo? Lo único que amenaza la “integridad” de esa sociedad africana es que sea vista por nosotros, pues no sería la primera vez que con nuestra mirada se iniciara su descomposición. Mi nostalgia se debe tal vez al hecho que de saber que ese mundo tiene los días contados”.

Nooteboom es borgiano hasta el tuétano, su mirada sobre nuestro continente le debe mucho al poeta ciego que visitó en su casita-biblioteca de Buenos Aires.

En suma, un libro imprescindible para viajeros de verdad. Lo recomiendo.

PD: Dejo para otro momento mis comentarios sobre los cuadernos de viaje que el holandés va pergeñando mientras navega. Dice haber escrito más de cien, qué envidia…

Hotel Nómada
Editorial Siruela
2010
224 p.

Cees Nooteboom, La Haya, 1934.