César Vega: “La vida es un viaje”

Cuando niño mi abuelo nos llevaba a Santa Eulalia a pasar domingos enteros en su Ford Taunus del 68. Almorzábamos junto al río y pasábamos el día entero caminando por algunas chacras o tendidos sobre alguna roca oyendo el murmullo del agua. Siempre le preguntaba que había más allá de los cerros, del bosque. La respuesta de mi abuelo era…más allá, hay más cerros. No podía concebirlo. Luego viajé a Junín, y quedé fascinado con la larguísima carretera central, con sus infinitas curvas, con cómo la gente vivía tan lejos y tan alto en los cerros.

Pero hubo uno que quedó grabado para siempre y fue a la selva, por el río Amazonas. Por azares del destino terminé navegando en un viejo barco con olor a humedad por una masa de agua turbia, tan inmensa y viva que pareciera desafiar al mismo planeta, fue un viaje corto, solo 6 días por los alrededores de Iquitos, pero calaron hondo, me quedé con la enorme interrogante de lo que habría más allá. ¿Dónde terminará todo esta agua? ¿Hacia dónde va? Desde entonces siempre quise regresar y lo hice 10 años después. Y no solo regresé sino que lo vi nacer, crecer y morir en un viaje de 90 días. Lo vi venir al mundo en las gélidas alturas arequipeñas, con solo 30 cm de ancho, lo vi crecer kilómetro tras kilómetro, haciéndose más grande y fuerte, lo vi recorrer casi 7000 kilómetros hasta hacerse gigante y descomunal, y lo vi en su interminable final con casi 300 km de ancho. Todo en una metáfora interminable, un ciclo vital sin fin.

También he sido “trekkero” asiduo a la sierra. He viajado al reino de los Andes, a la Cordillera Blanca y he escalado algunas montañas. El querer saber qué hay más allá me hace caminar más, descender por un acantilado, ingresar a una caverna o subir más alto para poder verlo yo mismo. Recuerdo haber caminado en una expedición 30 días y lo recuerdo porque empezamos la travesía con luna llena y un mes después volvimos a tenerla en el cielo y es cuando sientes que extrañas  tu ciudad, tu casa, tu cama. Pero retorno, y a los pocos días me invade la nostalgia de los viajes y ansío con todas mis fuerzas volver a salir, regresar, viajar, vivir y se vuelve un ciclo interminable, como lo del río Amazonas.

Ahora mi trabajo es viajar, retrato con una cámara fotográfica lo que veo en mis viajes y es muy divertido. Me siento afortunado de hacer lo que más me gusta, viajar. Espero nunca cansarme, además, si dicen que la vida es un viaje, dudo que llegue a cansarme de vivir.