[CHILE] La isla de Pascua está desapareciendo, el cambio climático no se detiene

Nicholas Casey para New York Times. Fotos de Josh Haner

Mi opinión

Hace unos días les comenté que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) había advertido que 62 áreas protegidas de los 241 patrimonios de la humanidad se encontraban en inminente peligro debido a la crisis climática que los negacionistas siguen desdeñando. Bueno, las noticias que nos llegan esta vez desde el sur de Chile no son nada halagüeñas. El ascenso de los niveles históricos del mar-que en el extremo del continente se manifiestan con oleajes inusitados- ha empezado a minar los acantilados y playas donde descansan los restos arqueológicos que nos dejaron los habitantes de la isla de Pascua. Y que no se diga que los reportes son invento de los ecologistas que viven de los presupuestos de las ONG conservacionistas. El reportaje que les entrego es del mismísimo The New York Times. Qué horrible…

HANGA ROA, ISLA DE PASCUA. Los huesos humanos estaban expuestos bajo el sol. No era la primera vez que Hetereki Huke se topaba con una tumba al aire libre como esta.

Durante años, las crecidas de las olas han roto las plataformas que contienen restos antiguos. Dentro de esas tumbas hay lanzas de obsidiana, piezas incineradas de huesos y, a veces, partes de moáis, las imponentes estatuas que le han dado fama a la isla.

Sin embargo, esta vez fue diferente para Huke. El sitio que estaba derrumbándose era donde estaban enterradas generaciones de sus propios ancestros.

“Esos huesos están relacionados con mi familia”, dijo Huke, un arquitecto, al recordar ese día del año pasado.

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Hace siglos colapsó la civilización de isla de Pascua, pero las estatuas que quedaron dejan claro lo poderosa que fue. Ahora, Naciones Unidas ha lanzado una advertencia: muchos de los restos de esa civilización están en riesgo de desaparecer debido al aumento en los niveles del mar que han erosionado las costas de la isla.

Muchos de los moáis y prácticamente todos los ahus (las plataformas que en muchos casos fungen como tumbas) se erigen de forma anular por la isla. Algunos modelos climáticos prevén que los niveles del mar podrían aumentar hasta 1,5 metros para 2100, por lo que residentes y científicos temen que las tormentas y las olas se vuelvan una amenaza mucho mayor.

“Te sientes impotente con todo esto, que no puedes proteger los huesos de tus propios ancestros”, dijo Camilo Rapu, líder de los Ma’u Henua, la organización indígena que controla el Parque Nacional Rapa Nui, el cual se extiende por casi toda la isla, así como los sitios arqueológicos. “Es un dolor inmenso”.

Muchas otras islas en el Pacífico y en sus márgenes se enfrentan a amenazas similares, desde la posible desaparición de las islas Marshall bajo el mar y el hundimiento de Yakarta, donde las avenidas usualmente se vuelven ríos cada vez que hay una tormenta. Es cada vez más probable que Kiribati, una república de atolones de coral al norte de Fiyi, sea inhabitable dentro de una generación. Sus residentes podrían convertirse en refugiados climáticos.

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En Rapa Nui, el nombre polinesio de la isla y gran parte de la cual ha sido reconocida como patrimonio de la humanidad por la Unesco, tanto el futuro como el pasado están en peligro.

La economía de la isla también se ve amenazada. Los sitios arqueológicos son la piedra angular de la principal industria, el turismo. El año pasado esta isla de solo 6000 habitantes atrajo más de 100.000 visitantes. Los hoteles, restaurantes y empresas turísticas de la isla reciben más de 70 millones de dólares en ingresos.

Los turistas usualmente empiezan el día en Tongariki, donde se reúnen para ver el amanecer detrás de una fila de monolitos cuyas caras dan hacia el interior de la isla. Los grupos se dividen y se dirigen a Anakena, la principal playa arenosa de la isla, o a las antiguas plataformas de Akahanga, un sitio amplio de antiguas villas en la costa donde, según la tradición, el fundador mítico de la isla, Hotu Matu’a, está enterrado en una tumba pedregosa.

Según los científicos, esos tres sitios están en peligro de erosión por la crecida de las aguas.

“No queremos que la gente vea estos lugares solamente en fotografías viejas”, dijo Rapu.

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Los arqueólogos temen que un mayor oleaje llegue a borrar las pistas para resolver uno de los principales misterios de la isla: ¿qué causó el colapso de la civilización que construyó las estatuas de piedra?

Quizá hace unos mil años, los polinesios descubrieron la isla en medio del vasto mar. Crearon una civilización que construyó más de 1100 moáis, muchos de los cuales fueron levantados a kilómetros de las canteras con métodos que aún tienen cautivados a los científicos.

Lo que no es tan misterioso es qué sucedió después: conforme creció la población, la isla pasó de ser boscosa a árida. Los europeos trajeron nuevas enfermedades.

La cantera de Ranu Raraku terminó desierta, con decenas de moáis incompletos y abandonados. Para la década de 1870 la población no superaba las cien personas en comparación con unas miles en su mayor punto.

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Los arqueólogos debaten mucho si se debió principalmente a un agotamiento de recursos, enfermedad, guerra civil o quizá las ratas que llegaron con los polinesios y destruyeron los bosques. Las pistas posiblemente yacen en las plataformas funerarias que tienen algunos de los artefactos para datar y establecer una línea del tiempo.

Esos artefactos “añadirían datos para mostrar que no hay una respuesta sencilla o clara a lo que sucedió”, dijo Jane Downes, profesora de Arqueología en la Universidad Highlands and Islands en Escocia, quien ha pasado muchos veranos en la isla de Pascua para documentar el daño.

El circuito de carreteras que pasa por buena parte de la isla triangular muestra un paisaje cambiante.

El daño ha sido raudo en la playa Ovahae, cerca de donde Huke se topó con los huesos. Durante generaciones hubo ahí una playa arenosa que era popular entre los turistas y locales. Cerca había varios sitios de entierro no señalados y recubiertos con piedras.

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Ahora las olas se han llevado prácticamente toda la arena y solo han dejado roca volcánica en su lugar. Los sitios de entierro resultaron dañados y no queda claro cuánto tiempo más resistirán al impacto del oleaje.

“Una vez nadé en Ovahe y parecía que la arena se extendía por kilómetros”, dijo Pedro Pablo Edmunds, alcalde de Hanga Roa, desde su oficina, donde revisaba un libro con imágenes de la playa. “Ahora es solo piedra”.

Hace dos años los oficiales enterraron una cápsula de tiempo cerca del ayuntamiento para que los isleños la abrieran en 2066. Entre los objetos había fotografías de la playa Ovahe antes de que se quedara sin arena.

“Van a desenterrarlo en cincuenta años y nos van a ver ahí donde ya no hay playa”, dijo Edmunds.

En un sitio llamado Ura Uranga Te Mahina en la costa sur de la isla, los oficiales del parque se alarmaron el año pasado cuando los bloques de un muro empedrado que estaba a unos tres metros de la costa rocosa colapsaron por el impacto de las olas.

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“Ahora todo esto será lo siguiente en caer”, dijo Rafael Rapu Rapu, jefe arqueólogo de Ma’u Henua, al señalar un mapa que mostraba las plataformas detrás del muro colapsado.

Rapu ha usado el sitio para experimentar con medidas que puedan mitigar el daño. Ha destinado para ello parte de una subvención de 400.000 dólares del gobierno japonés para construir un muro marino para proteger contra las olas. Aún no queda claro si ese muro marino será suficiente para detener la erosión o si los líderes de la isla deberán mover los ahus y los moáis a un lugar apartado de la costa para poder salvarlas.

Otras áreas vulnerables representan un reto aún mayor para los conservacionistas. Una de ellas es el cráter volcánico de Orongo, el centro de la actividad de la civilización alrededor de 1600, los últimos años antes del contacto europeo. Los residentes de la isla se reunían ahí para una competencia anual de nado en la que los hombres jóvenes hacían carreras a mar abierto hacia una isla cercana, Motu Nui, para conseguir huevos de aves. El ganador determinaba qué clan gobernaría la isla durante el año siguiente.

Esas carreras están retratadas en grandes petroglifos sobre piedra que se asoman desde la caldera y son vulnerables a tormentas y a la fuerza de gravedad.

Los oficiales del parque dicen estar explorando la posibilidad de anclar los grabados a piedras más estables o incluso moverlas a un museo.

“¿Podemos llevarlas a otro lugar?”, preguntó Rapu, el arqueólogo. “Sí, pero pierden contexto y parte de su historia si hacemos eso”.

Rapu, quien creció en la isla, dijo sentirse mal por los cambios ambientales que aquejan la zona. Ya hay pocos nidos de ave en Motu Nui, algo que, a decir del arqueólogo, es consecuencia de cambios en los patrones climáticos. Se asomó por el agua y recordó las historias de su padre sobre las migraciones que llegaban con frecuencia a la isla como sucedía en los días de las carreras.

“Me contaba que podías ver nubes oscuras por tantas aves y escucharlas por doquier”, dijo, de camino de salida del cráter.

Sebastián Paoa, el jefe de planeación para Ma’u Henua, dijo estar seguro de que en algún momento los habitantes de la isla encontrarán cómo enfrentarse al reto del aumento en los niveles del mar tal como sobrevivieron el colapso en las épocas antiguas.

“Sabían que su entorno estaba deshaciéndose pero eso no los detuvo de persistir y estar aquí”, dijo. “Es lo mismo hoy con el cambio climático”.

Huke, el arquitecto, opina lo mismo.

Encontrar los restos de su antecesor en la playa no era una razón para desesperar, dijo, sino para entrar en acción. En los últimos meses ha estado recopilando información para un estudio de cambio climático para presentárselo a oficiales, con datos de erosión, el suministro de aguas freáticas y más.

“Los isleños como nosotros siempre somos los primeros en enfrentar el cambio climático”, dijo. “Hemos estado aquí por mil años. Ya hemos sobrevivido algo como esto. El mundo no va a terminarse. Y créeme, ya hemos sobrevivido un desastre ecológico antes”.

Nicholas Casey, corresponsal de The New York Times en la región andina, y Josh Haner, fotógrafo del Times, viajaron aproximadamente 3600 kilómetros desde la costa de Chile para observar cómo el océano está erosionando los monumentos de la isla.

23/3/218