La columna del director

CONTRA EL FANATISMO

“Todas las guerras son malas, pero la guerra civil es la peor de todas, pues enfrenta al amigo con el amigo, al vecino con el vecino, al hermano contra el hermano”, así comienza el libro que Arturo Pérez-Reverte presentó el invierno pasado en Madrid con el noble propósito de contarle a sus jóvenes compatriotas los tremendos males que produjo entre los españoles la Guerra Civil que los enfrentó hace apenas ochenta años. “Eran tiempos exaltados, y a quienes pedían sensatez, diálogo y entendimiento mutuo para salvar la democracia no se les escuchaba demasiado”, escribe más adelante. “Derechas e izquierdas se preparaban para lo que, tarde o temprano, parecía una confrontación inevitable”

Prefiero pecar de exagerado que callar para no hacer el ridículo. Pero ese espíritu de exacerbada enemistad que antecedió al conflicto español lo he sentido -y lo siento- en las redes sociales que frecuento y para ser más preciso todavía, en el aire que respiro cotidianamente. En todas partes –en el taxi, en el mercado, en el taller de mecánica- los insultos, las amenazas y las burlas prevalecen sobre la razón y el respeto a las ideas ajenas. Gente seria, académicamente respetable, juiciosa, tanto de izquierdas como de derechas, se convirtieron de pronto en plumíferos irreconocibles. En azuzadores del apocalipsis o la revancha. De locos. Ni en los días nefastos de la guerra contra Sendero Luminoso, ni durante los meses que precedieron a la caída del régimen fujimorista había sentido ese malestar tan presente entre nosotros. Pareciera que estamos preparándonos para un combate a puño limpio que nadie quiere evitar.

Tratando de buscar evidencias para emitir una opinión sobre el juicio por difamación en el que está inmerso Rafo León, visité en la mañana de hoy el portal del diario Expreso para recoger la versión de la señora Meier Miró Quesada y los comentarios que leí de los que la apoyan son de antología, me llenan de temor. “Rojetes asquerosos”, “caviares malnacidos”, “terrucos”, “falsos peruanos” y otros calificativos que trasuntan desprecio, odio, deseos de acabar con el otro. Y lo mismo me sucede cuando doy una vueltita por los espacios que frecuentan mis amigos de izquierda. Los insultos contra Kenji Fujimori, el candidato al Congreso que ha obtenido la más alta votación, son de un nivel que espanta. Vomitivos. Igual los que se lanzan contra la señora Fujimori y todos los demás políticos (y personalidades) que defienden su candidatura. Como ha mencionado un comentarista que aprecio: “No se puede decir nada porque inmediatamente te cazan y te acusan de fujimorista a la primera, muy triste”.

Hay que parar esta escalada de violencia verbal que a nada bueno conduce. Leyendo a los colombianos Héctor Abad Faciolince y Alfredo Molano, también al maestro Daniel Samper Pizano, los tres víctimas de la violencia que ha sacudido y sacude ese país de gente buena (que se mata por quítame estas pajas), me quedó clara una verdad que se puede aplicar también al nuestro. De los arrebatos políticos y los insultos se suele pasar a las amenazas y luego, sin mayores contratiempos, a las agresiones físicas y al paramilitarismo, una lacra que hemos vivido en otros momentos de nuestra historia.

Tenemos que detener esta escalada de agresiones de todo tipo por una sencilla razón: nos guste o no el pensamiento ajeno, estamos obligados a seguir viviendo juntos. Cohabitamos el mismo territorio, el futuro nos pertenece a todos por igual.

Por eso es que he decidido respetar el voto de mis compatriotas, por eso es que aconsejo dejar de lado la grita, aparentemente, principista y tomar las cosas con calma, democráticamente. Más del sesenta por ciento del electorado patrio ha decidido optar por el modelo económico en boga. Y al votar por los candidatos de su preferencia le dieron mayoría parlamentaria al partido de la señora Fujimori. Esa es la elección que tomó el Soberano. El camino que nos queda a quienes no votamos por Fuerza Popular o por Peruanos por el Kambio es el de la oposición. De la oposición y la aceptación. Que por un lado Aldo Mariátegui diga lo que dice y por otro le responda Gustavo Faveron con sus argumentos aparentemente irrebatibles, es parte del juego democrático. El problema empieza cuando todos nos convertimos en el Yihadista John y, jua, le cortamos la cabeza a nuestro eventual contrincante. Tenemos que dominar al Robespierre que habita dentro de nosotros.

El fanatismo, venga de donde venga, sea del color que sea, nunca nos hará libres. Termino citando a Fernando Savater, post Charlie Hebdo : “El fanático no es quien tiene una creencia (teológica, ideológica o la que fuere) y la sostiene con fervor, cosa perfectamente admisible porque tampoco el escepticismo o la tibieza son obligatorios (aunque algunos los tengamos por aconsejables…).El fanático es quien considera que su creencia no es simplemente un derecho suyo, sino una obligación para él y para todos los demás. Y sobre todo está convencido de que su deber es obligar a los otros a creer en lo que él cree o comportarse como si creyeran en ello (…) El fanatismo convierte en un erial el campo potencialmente feraz de las creaciones sociales”.

12/4/2016

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