La columna del director
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MAZUKO

La mujer era joven y caminaba con cierta dificultad. El hombre que la acompañaba parecía distante, ensimismado en quién sabe qué pensamientos. A las dos  y media de la madrugada, en Mazuko, en un borde de la carretera Interoceánica Sur, no hay tiempo para muchas preguntas. Los tres nos subimos sin chistar al mismocolectivo que debía llevarnos a Puerto Maldonado.

Mazuko, la capital del distrito de Inambari, es una ciudad pequeña a poca distancia de donde se inicia el tramo vial que conecta las provincias de Tambopata y Tahuamanu con las de Juliaca y Puno, en el sur andino más extremo del Perú. La selva que hasta entonces se había empecinado en cubrir las  montañas con su espeso verdor se convierte en las proximidades del estratégico puente Inambari en un manto infinito por donde se desplazan los ríos que van trayendo de los Andes el oro que le da fama a toda la región.

Mazuko se apellidaba el colono japonés que se instaló en la zona, a inicios de los años treinta del siglo pasado, para producir hortalizas y vendérselas a los mineros que recorrían las playas del río Inambari.

A los mineros y a los madereros: estas quebradas han sido desde siempre despensas generosas de ambos productos.

De allí la necesidad de construir la trocha carrozable Puerto Maldonado – Quincemil en los años que precedieron al arribo de don Jorge Mazuko o Jorge Masko Humasuko, según algunos, a la zona que todos conocían como Piquichayoc o Villa del Oro.

Oro y maderas finas era los productos que apetecían esos colonos que comerciaban con el aguerrido agricultor quien, hay que decirlo, pocas veces recibía a cambio monedas. En esos turbulentos años de aventureros intrépidos y duros sacrificios las transacciones se realizaban en oro en polvo, en oro laminado o en charpas.

Mazuco debió morir a fines de la década del cuarenta cuando la zona ya se conocía como Puerto Mazuko. Hacia 1963 se establece en el área don Nicolás Suyo, reconocido como el primer vecino del naciente asentamiento carretero. Luego arribarían los Barazorda, los Quispe, los Valdez, los Moreano…

En 1970 el caserío se convierte en capital de distrito y doce años después se instala el primer consejo distrital cuyo alcalde fue don Gregorio Barazorda Vega.

Hoy Mazuco y el resto del distrito de Inambari, a pesar del boom aurífero en La Pampa, languidece.

Las existencias de oro y de maderas de alto precio han empezado a escasear de tal forma  que el 35 por ciento de los más de diez mil habitantes del distrito, según datos del INEI de 1997, se dedican a la agricultura y la ganadería. El resto, sigue viviendo del comercio y de la minería.

La web del municipio de Inambari arroja datos que dan miedo. O pena. En Mazuko la energía eléctrica que proporciona el motor petrolero del consejo abastece a la población durante cinco horas al día: de 6 a 11 de la noche. Claro, hay diez grifos pero todas las transacciones financieras deben hacerse en Puerto Maldonado, a cincuenta soles ida y vuelta de la ciudad.

No hay oficina de la Sunat –o sea, la informalidad es la norma- y la posta médica no es lo compleja que debería ser para atender a los que llegan de los caseríos y campamentos.

El vehículo de la empresa de transporte Expediciones Colorado se desplaza a toda prisa por la carretera. A esta hora todos los gatos son pardos, me digo mientras observo los movimientos en el bosque y los sonidos de la noche. Está amaneciendo, la bruma se enfrenta a la luminosidad de una Luna potente, en su fase más hermosa.

De pronto el silencio cómplice de la madrugada se interrumpe. La mujer que viaja en el asiento posterior del vehículo que hemos tomado se agita y da gritos, su acompañante no sabe qué hacer.

El chofer y yo tomamos cuenta de inmediato lo que ha sucedido: un nuevo ser se mueve en el cuerpo de la muchacha exigiendo otro mundo para seguir vivo.

El trabajo de parto debió haber empezado hace rato. La pareja es joven, pienso, no tomó las debidas precauciones, debió haber hecho hace muchas horas lo que intentan concluir ahora, llegar al hospital Santa Rosa de Puerto Maldonado, en medio de la noche.

Ni modo, el chofer acelera, toca el claxon, se desespera.

En Mazuko, leo en un documento de la Asociación Huarayo, una organización no gubernamental que apoya a niños y jóvenes de escasos recursos económicos, conviven nativos, pocos en realidad, con migrantes mayormente serranos que fueron llegando en oleadas a la región para trabajar en los lavaderos de oro o en los aserraderos informales.

Los adultos y jóvenes, mayormente quechuahablantes pese a haber nacido en el distrito, conservan la esperanza de migrar a las grandes ciudades –Puerto Maldonado, Cusco, Juliaca, Puno- o volver a sus comunidades de origen con el poco dinero ahorrado.

Esa es la verdad de un proceso de colonización que empezó hace muchos años -Mazuko, el agricultor japonés arribó en 1931 cuando ya habían campamentos mineros, madereros y carreteros en la región- que no ha sido comprendido por el Estado en su verdadera dimensión.

En Colombia, en el llamado Eje Cafetero, uno de los destinos turísticos más importantes y dinámicos de ese país, la gesta de la colonización se estudia en los colegios y la narrativa que se ha construido sobre esta épica enaltece  a los habitantes de todas las comarcas, descendientes en su mayoría del ejército de desplazados que tomó por asalto la región para imponer un modo productivo atroz con el bosque… pero que los salvó de la muerte.

Y los hizo valorar la tierra que ahora pisan y tratan de cuidar sus hijos.

En la ciudad de Manizales, departamento de Caldas, el Monumento a los Colonizadores, en el bohemio barrio de Chipre, testimonia lo mejor de un proceso que dignifica a los pioneros y a los hijos y nietos de ellos. Aquí, en cambio, se ocultan las hazañas de una población que repitió una diáspora tan común a nuestra especie  y solo se magnifican sus excesos.

Llegamos al hospital Santa Rosa de Puerto Maldonado, los vigilantes abren las puertas del establecimiento de salud y se activa, de inmediato, el  protocolo de emergencia. Corren los enfermeros, llega a toda prisa la ayuda necesaria. No hay tiempo que perder, el bebé asoma al mundo su cabecilla cubierta de placenta. La obstetra da orden de inmovilizar a la madre y a la criatura. Se produce el nacimiento en el asiento posterior del colectivo que nos trajo de Mazuko.

– Es un varón, comenta alguien.

Los afortunados padres sonríen, los milagros existen. Le doy la mano al chofer que no sale de su asombro. Hoy ha sido un héroe.

-¿Cómo se va a llamar?, pregunta una testigo del formidable acontecimiento.

-No lo sé, contesta el muchacho, un mestizo de evidentes rastros andinos.

-Qué se llame Francisco, agrega uno de los enfermeros mientras recoge gasas y otros materiales.

Nota al pie de página: enaltecer la gesta colonizadora no significa pasar por alto los desmanes que ésta produjo (y sigue produciendo). Es tarea de los especialistas y de las autoridades plantear las soluciones que se necesitan para frenar el caos y construir las salidas de urgencia imprescindibles para enfrentar una situación que excede al accionar de un ministerio o a la inacción de un determinado gobierno regional).

Buen viaje…

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