La columna del director

TERRITORIO DE FÁBULAS

Me gusta repetirlo, la frase es de Hubert Lanssiers, el sacerdote belga que conocí en mi adolescencia y se convirtió desde entonces en el paradigma, en mi paradigma de la justicia y el amor a la humanidad: “en las cárceles la vida no se detiene, continúa”. Y es cierto, soy testigo de ello porque llevo varios años acompañando a Carlos Alvarez, director de la Asociación Dignidad Humana y Solidaridad, la institución que fundó Hubert, en su lucha personal por sembrar un poco más de esperanza en las vidas de los que purgan condena y sufren los rigores del encierro.

Lo digo las veces que puedo. Las noticias que nos llegan desde las prisiones siempre son las peores y por lo general vienen manchadas de sangre. Sin embargo, en las cárceles del Perú, en especial en Lurigancho y en Castro Castro, para muchos símbolos de la decadencia moral de un país y sempiternas escuelas del vicio, miles de reclusos se esfuerzan cotidianamente en rehabilitarse a pesar de las autoridades y el abandono estatal, laborando en talleres y rinconcitos arrancados al hacinamiento con el propósito de enviar un pan a sus familias y redimirse.

Solo en el tristemente célebre penal de Castro Castro más de la mitad de sus casi cuatro mil presos que alberga se dedican al trabajo de la cerámica. Cada año, además, desde 1997, Carlos y sus colaboradores –ex convictos, embajadores, discípulos y amigos del padre Lanssiers, recoletanos de varias generaciones, gente de toda condición- organizan una exposición-venta que reúne una buena parte de la extraordinaria producción artística de un sector vilipendiado de la población peruana cuyos protagonistas, no hay que olvidarlo, “no eligieron necesariamente ser delincuentes”, como afirma Carlos, mi amigo de toda la vida y padrino de mi hijo Guillermo.

La última muestra del trabajo de los internos que agrupa la Asociación Dignidad Humana y Solidaridad llevó el título de “Territorio de fábulas” y se desarrolló, como siempre, en los salones del ICPNA de Miraflores. La noche de la inauguración de la expo estuve allí, medio maltrecho, en plena crisis de una afección de salud que felizmente dejé atrás y mientras Carlos agradecida a la larga legión de ilusos y colaboradores que hacen posible que la obra de Hubert continúe después de cuarenta años de haberse echado a andar pensé mucho en lo que se puede hacer si nos sigue convocando la esperanza en un mundo mejor, en una humanidad más plena, más prójima, más cercana.

Si nos convoca el convencimiento de que es posible tocar el cielo con las manos. Hubert y Carlos lo han hecho. Soy testigo de aquel invento de la razón y a libertad…

Buen viaje…

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