Contra el turismo de la nueva normalidad (que reclaman los de siempre)

Escribí estas glosas o comentarios al vuelo a propósito de un interesante borrador que empezó a trabajar, a inicios de la pandemia, mi amigo Fernando Vera, especialista en planificación turística y creyente como pocos en las inmensas posibilidades de esta golpeada actividad económica. El texto final de ese artículo de opinión lo pueden leer en esta misma plataforma, lo publicamos con agrado y ganas de armar revuelta apenas estuvo listo. Hoy me toca participar en el foro “¿Estamos preparados  para el nuevo enfoque del turismo en Áncash?”,  un simpático evento que la Municipalidad Provincial de Huaraz ha organizado en relación al Día Mundial del Turismo, así que les dejo este textito cuyas ideas centrales espero ampliar a las cuatro de la tarde. Ojalá no espante a la audiencia. 

Hola Fer, súper interesante tu texto. Creo que lo toca en estos tiempos de autocrítica y reingeniería es revisarlo y hacerlo en aras de la proactividad y el cambio. De verdad, si es que la crisis global que ha supuesto la epidemia de COVID-19 no sirve para esto, estamos perdidos.

Te dejo algunas ideas al respecto.

La primera es que el turismo se ha convertido en una actividad sumamente peligrosa en estos tiempos de calentamiento global y pandemias mil. Peligrosa, burda, frívola, a veces aberrante y, encima, hiper-masiva. De la pequeña industria cultural que se hizo fuerte después de la Segunda Guerra Mundial abrigando tantas esperanzas de un mundo más integrado, mejor, queda muy poco en nuestros días, lamentablemente. Le he perdido la fe a ese turismo desbocado y en crecimiento exponencial, viral, ya te lo había comentado meses atrás.

La actividad en la que creía (o creíamos) se volatilizó, terminó por convertirse en una pieza clave – tal vez LA pieza clave- del modelo consumista que caracteriza a esta fase del invencible capitalismo. Hoy, tiendo a pensar, su lógica no encaja con el #otromundoesposible con el que sueñan los centennials por venir y algunos ilusos como yo.

Tal vez deberíamos dedicar un tiempo a revisar estas ideas. La tribu en la que creíamos, la tribu de la que fuimos parte en algún momento de nuestras vidas, fue cooptada a lo bestia por la industria de masas, la corporativa, la que gobierna el planeta desde sus oficinas en los edificios más inteligentes de las ciudades donde se decide la vida de los terrícolas. La actividad alternativa en la que creíamos (y defendíamos) genera hoy en día y a granel consumo al por mayor: devino en una herramienta más de la estupidización planetaria a la que nos someten (¿y someterán?)  los amos de la tierra con el fin de vendernos su estiércol.

Basta salir de paseo un rato por Instagram, Tik Tok, Likee, por las redes que manejan las Kardeshian  o visitar las de los ego-influencers que dominan la aldea virtual  (y no, no me refiero a los nuestros: los nuestros son chauchilla, nada, en comparación a los que brillan fuera del pueblito que habitamos) para enemistarse con ese turismo.

¿Va a contribuir ese turismo, entre fashion, paulocoelho y masivo a sanar  de verdad el mundo que hace años destruimos?, ¿su arsenal de ruido ideológico, contaminación ambiental y banalidad va a ser inocuo ahora que nos toca, como en el poema de Vallejo, darle aliento al cadáver para que se levante, abrace a la humanidad y siga vivo? Mientras tú y yo nos devanamos el seso pensando qué hacer para que el turismo en el que creemos se ponga la pilas para  cambiar, y para bien, el futuro, los capitanes verdaderos de esta industria, aquí y allá, están pensando en reflotar KLM y consolidar los modelos Casa Andina que hay por todas partes; esperando, esperando, el fin de la pandemia global para salir a matar: ergo, salir a hacer negocio a lo grande con la misma mercancía alienante y venenosa (para la humanidad, no para sus bolsillos) que han fabricado (a veces, utilizando las recetas que ingenuos como tú y como yo algún día propusimos). Ya los veo, a ellos y a los de las industrias colaterales, alentando el consumo de los viajes y el goza-y-goza-que-aquí-no-pasó-nada a toda prisa. Y al diablo con la próxima crisis, ya veremos…

De manera que, si vamos a seguir en el coche, ya que no nos queda otra, empecemos dudando de la pertinencia actual de una actividad, la nuestra, tan dañina, o más, que la cárnica o la de los hidrocarburos. Y desde ese escenario empezar a construir correctivos y hojas de ruta innovadoras y potentes.

La segunda idea en la que pienso. El turismo receptivo, caput; ya fue para nosotros este año. Lo dices bien, ya fuimos, se acabó la ilusión. Cuando salgamos de la pandemia en la que estamos, otros mercados turísticos (y otras prioridades) se abrirán para las masas en movimiento. Al destino Perú llegarán los saldos, el chorreo, no la avalancha que tanto quieren los que han invertido en activos y/o alentado la promesa del turismo a todo vapor. Mis amigos en el Cusco, los que trabajan con las agencias mayoristas que alientan el negocio receptivo, saben muy bien que el 2020 se fue antes de haber llegado y que solo les toca luchar por los remanentes que van a quedar por allí -¿turistas de nichos específicos, solidarios, contracorriente?-  con la receta (que no les gusta tanto) de los bajos precios y las promociones y, claro, también con mucha innovación (¿la tendrán? Ojalá).

La tercera. Sí, concuerdo contigo, puede ser el tiempo del turismo interno. Tiene que ser el tiempo del turismo interno. Sigo pensando en lo que hablábamos en tiempos de los famosos diplomados de la Ruiz: el turismo, me parece que lo llamas social, como herramienta para generar autoestima nacional, pertenencia y orgullo. Conceptos (insumos, debería decir) fundamentales para construir un tejido social unido cuya capacidad para resistir los embates de las crisis que vendrán (y van a venir, de seguro, peores) se va forjando y se hace visible en la cancha: en los momentos de zozobra como éste. El turismo interno, en suma, entendido por gobernantes y gobernados como asunto de interés nacional, vital, como política pública (¿o debería decir como sector priorizado?) diseñada para forjar ciudadanía y ciudadanos ambientalmente responsables. Eso que nos falta a chorros.

Finalmente, el Perú y sus destinos turísticos como aula abierta para aprender a vivir en el nuevo mundo que estamos en la obligación de construir. Un nuevo mundo, por cierto, respetuoso de verdad de las dos diversidades que tenemos y que nos convierten en un territorio a salvar de la fanfarria consumista universal: el cultural y el natural.

Un poco en la ruta, de repente exagero, que ha tomado la educación y la salud. Al menos en la ruta y en el sentir del discurso del martes que pasó del presidente Vizcarra. Digamos que la actividad en la que estamos tiene componentes intrínsecos que hacen juego con las recetas que se van esbozando para la post-pandemia: es reactivador, desde el punto de vista económico; es reconciliador, desde el punto de vista social; es rehabilitador desde el punto de vista del buen vivir, de la buena convivencia y, sobre todo, de la salud mental.

¿Qué cómo se logra convertirlo en pieza fundamental del nuevo país (ups, casi digo Nuevo Perú)?, ¿cuál es la receta para construir Itaca? No lo sé a ciencia cierta. Por eso es que hay que empezar, rapidito nomás, a poner prioridades en la agenda a discutir. Las que han puesto en la mesa los Canatur & Cia. tienen, como siempre, el aliento de unos dirigentes gremiales y empresariales angurrientos y sin compromiso verdadero con el país y su destino. Empresaurios, para decirlo con sus verdaderas letras.

Firmo lo que dices: “la post pandemia (si salimos bien librados demostrando ser una sociedad disciplinada) nos podría traer una oportunidad brillante de bienestar social y reactivación económica conjunta”. Quiero pensar que así será, que Tony Alva y sus asesores no se están equivocando. Espero, eso sí, que lo segundo –la reactivación económica- no se base en los shocks de inversiones (que benefician a los grupos de poder), el gasto desproporcionado y por las puras, los negociados y las decisiones de política hechas por los que no saben. Como cuando PPK definió a poco de llegar al poder que el boom turístico pasaba por retirar la basura y los perros callejeros de las ciudades que soportaban los grandes flujos y le dio la responsabilidad de esa revolución a un paisano tuyo, Máximo San Román. Y tomada la audaz decisión, burócratas de Mincetur, Prom Perú y demás, chicheñó, se alinearon con la irracionalidad.

Hay que hacerlo todo de nuevo, nada de lo que se ha hecho, nada, tiene sentido. En materia de turismo todo lo que se hizo, lo bueno digo, se hizo en nombre de la improvisación y la audacia de unos pocos. Difícil creer que el sector turismo de un país patas arriba pudiera haber sido la excepción. ¿Institucionalidad? Esa palabra no existe en el diccionario de la peruanidad.

En fin, a darle y duro al turismo interno con propuesta nuevas, atípicas. Sabiendo, y hay que machacárnoslo siempre, que, posiblemente, el turismo sea como el Dakar: una actividad de otro siglo porque en esté, en el que estamos, sus componentes y sus inmensos pasivos van a contracorriente del nuevo diseño planetario. Y sabiendo, también, que la insistencia en su sobrevivencia tiene que ver, para los peruanos al menos, con tratar de hacer, por fin, dos tareas que no hicimos bien en doscientos años de historia republicana: la integración de los ciudadanos de un “querer existencial nacional”, primero, y la construcción de un pool actividades económicas con capacidad para dotarnos de los chibilines que nos sirvan para parar la olla, segundo. El turismo como la minería, pues: un mal necesario.