Cuaderno de campo

EL METECO

Martes 30 de enero, 2018

Volví a desvelarme. Otra vez, debo imaginar, los ronquidos de uno de mis compañeros de habitación en Niederdorfstrasse, la callecita donde se encuentra mi hostel para backpackers de 37 euros la noche y un cuarto típicamente mochilero donde nos acomodarnos seis viajeros venidos de cualquier parte del planeta. El hotel Biber, quinto piso de un edificio del siglo XVIII, tiene servicios higiénicos muy bien puestos, una cocinita para salir de apuros y una sala de estar que incluye WiFi y una cafetera que surte a todos de la bebida más caliente de todo Zürich, la ciudad del río Limmat y las calles más ordenadas que conozco.

En el piso de abajo de este camarote que es mi mundo vive un meteco. Un habitante de un continente distinto al mío, un hombre que acampa en la misma ciudad pero por diferentes motivos. Tal vez un alemán pobretón, rara avis venido de la ex RDA o un turco, no lo sé. Habla poco y cuando lo hace sus palabras no me dicen mucho, suenan extrañas. Cada mañana se despierta al alba y mueve sus pocas pertenencias, se asea en el lavabo que nadie usa y se apura en salir a trabajar. Es un meteco, no me queda ninguna duda: un expatriado, un paria en un país de acomodados burgueses. Un obrero en una habitación poblada por gentes de una tribu que no deja de moverse y que ha hecho del viaje una obligación, un rito, un oficio trashumante.

Ronca y ronca en medio de la noche, debe ser por el agotamiento, trato de encontrar respuestas mientras busco la posición correcta para atrapar un poco más de sueño. No puedo. El meteco eructa y se mueve como una sanguijuela. Estoy seguro que en esta oscuridad que no deja espacio para la penumbra debe haber más personas pasándola mal, con los ojos abiertos. Su traza de paisano, de proletario, se me ha quedado grabada: anoche, poco antes de irme a dormir, lo vi en la sala, sentado en un mullido sofá junto al grupo de japoneses que revisaban con atención un mapa de Europa. Solo, desgarbado, con una barba de varios días de desaliño. Una camisa raída, un pantalón de otra época. En lugar de botas, zapatos. Debió haber sido ayer día de pago, pienso, anoche intentaba hablar con cualquiera de cualquier cosa.

En la tarde, pesco otra idea, me lo crucé en las escaleras del hostel. Subía a toda prisa por mi cámara fotográfica y él hablaba a voz en cuello por teléfono con alguien que debía estar muy lejos. Trató de sonreírme, seguí de largo. No me simpatiza, son las cuatro de la mañana y desde hace varias noches es el oscuro objeto de mis desvelos. Quisiera decirle que deje de roncar, que se calle. Quisiera que la noche se lo trague y me dejé en paz. No sé cómo ni por qué magnífico designio me quedó profundamente dormido.

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Dos horas después, calculo, me despierto exaltado. Alguien parlotea cerca de mí. Es el meteco. Me está diciendo algo en un idioma de otros tiempos, Babel en pleno siglo XXI. Me doy cuenta que tiene mi celular en sus manos, ato ideas y entiendo que me lo quiere devolver, se ha debido caer y lo ha encontrado. Su sonrisa inmensa parece también una excusa. Le agradezco con un gesto amable, termino de despertarme.

En la tarde -ahora escribo en mi despacho de Lima- cuando me iba para siempre de mi ocasional vivienda, nos volvimos a cruzar. Ambos sonreímos como dos viejos camaradas que se separan por un tiempo. No le guardo rencor. Yo era un viajero insomne, él un meteco, un soldado de la crisis tratando de ahorrar monedas para construir su reino.

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