Cuaderno de campo

FITZCARRALDO

Domingo 03 de abril, 2016

San Bartolo. El libro más competo y actualizado sobre Fitzcarrald lo ha escrito Rafael Otero Mutín, escritor nacido en Iquitos y padre de dos amigos míos, Rafael y Claudia. A Rafael le tomó muchos años terminar una obra que empezó a elucubrar de manera fortuita al enterarse que el inmueble de su familia en la otrora ciudad del caucho había sido alguna vez de don Antonio Vaca Diez, el aventurero boliviano que se asoció con Carlos Fermín Fitzcarrald -y el mítico explorador Nicolás Suárez- para negociar la afamada goma de las florestas del Madre de Dios, al otro lado del istmo que perpetúa su nombre.

Recuerdo haberme tropezado con Otero en Chavín hace unos años. De seguro él tomaba las últimas notas sobre la estancia del cauchero nacido en San Luis, yo gerenciaba un proyecto de desarrollo turístico en la zona de los Conchucos. Al vuelo le hablé de una cita que alguna vez había leído en el libro de Charles Wiener, viajero francés por el Perú y Bolivia entre 1875 y 1877, sobre el padre del aventurero. La acabo de encontrar, no sé si sea demasiado tarde para enviársela; en todo caso, cumplo con un ofrecimiento que estoy seguro sabrá valorar mi buen amigo. Allí va:

“Yo era portador de una carta de presentación para un marino inglés, a quien las tempestades de la existencia habían varado en esta isla desierta en medio de los Andes. El maestro Fermín Fitz-Carrald me recibió muy amablemente. Antiguo marino irlandés, y moliendo las r entre la lengua y los dientes, no dominaba aún el español, luego de veinte años de residencia en el lugar. En cambio todos los habitantes de San Luis habían acabado por aprender algunas palabras del inglés. Marido de la hija del gobernador, y padre de catorce retoños de ojos negros, asumió el aire de César en Cumas y no dejó de explicarme, desde el comienzo de nuestra conversación, los lazos de parentesco que lo unían a todos los Carrald de la Gran Bretaña. El amable Fitz me trató como el dueño de casa que ofrece todo lo que tiene. La cena fue servida en una gran mesa, mueble muy raro en el interior, hizo levantar el mantel después de la comida y me invitó a tender allí mi cama”.

Bonita historia. Saludos, compañero.

 

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