Cuaderno de campo

Los Schuler de Villa Rica

Domingo 11 de octubre, 2015

Villa Rica.La casa era blanca, blanquísima, de techos a dos aguas y tejas rojas. Una verja de madera impedía el ingreso a la terraza a quienes bajaban a toda prisa a la playa, alborotados, por esas escaleras públicas que utilizábamos también nosotros. En ese patio de entrada donde los Schuler habían colocado una poltrona, unas cuantas sillas y una mesa se alojaba la felicidad que ese verano tenía el rostro risueño de mis dos amiguitos -un niño y una niña- llegados desde un rincón del planeta que podía ser el África. Villa Rica.

 El mar bajo ese patio, a cincuenta metros de esa terraza tan llena de vida, era azul, empecinadamente azul. Allí nadaba Gerónimo Schuler, inmenso, lejano, Jim de la Selva en una selva que existía en alguna de las esquinas del mapa de ese país sin sobresaltos que habitábamos. Lucy, su esposa, ojos celestes y mirada dulce, era amiga de mi madre y con ella se sentaba en la playa que entonces tenía arena para vernos jugar sobre la espuma y las pequeñas olas.

 Hablaban de cualquier cosa, al fin y al cabo eran amigas, madres de una tropa que debía ser cuidada del jaleo que producían los niños más grandes.

 Yo tenía pocos años y una imaginación desbordada. La casa blanca con sus techos rojos y barandales de madera se podía ver desde la playa. La observaba desde allí, sólida, llena de luces. Refugio ideal para pasar la tarde, para prolongar los juegos y las risas.

El tiempo pasó como pasó ese verano y también el siguiente. Los Schuler dejaron de venir a San Bartolo y un día cualquiera mi madre nos llevó a Villa Rica para conocer la tierra de donde llegaban cada enero esos amigos suyos tan distintos. No recuerdo si los encontramos, si logramos verlos de nuevo, solo pude grabar en la nostalgia las imágenes de un camino poblado por mariposas azules y árboles descomunales.

La casa blanca que ya no es blanca, sigue allí, impertérrita al paso del tiempo, todos los días la veo mientras paseo por el malecón. Jerónimo y Lucy viven todavía en Villa Rica, resistieron, los acabo de abrazar, son dos ancianos que atesoran todos sus recuerdos, los buenos y los malos. Sus hijos, Werner y Susan, andan por el mundo, deben ser felices. Mi madre en cambio se está apagando, sus ojos solo trasmiten ausencia. Pero un día fue, lo juro, una mujer hermosa que cuidaba a sus niños mientras jugaban en una playa de arena y muchísimas piedras.

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