Cuaderno de campo

EL IBERIA, MI BAR EN MONTEVIDEO

Viernes 03 de junio, 2016

Montevideo Mi hotel en la Ciudad Vieja de Montevideo no tiene nada de espectacular, es un desastre acogedor para decirlo en sencillo; finalmente, quien puede pedir más de un alojamiento que apenas se sostiene en pie a dos cuadras de la Torre Salvo, el imponente edificio que en 1922 fue el más alto de Sudamérica.
Pero del Florida y su cuartelera que bien podría ser la regente de un campo de concentración nazi no pretendo hablar esta mañanita de sol tímido y auspicioso. No, prefiero hacerlo del barcito de al frente, anodino para cualquier turista pero impactante para mí, que he crecido oliendo los humores del Rojo y Negro de Magdalena, refugio de borrachines y gente brava.
Los bares en el Perú, al menos los que he conocido, fueron diseñados para los excesos del alcohol y el disfuerzo propio de las parrandas de machos. Los de Europa en cambio, o los de Buenos Aires y Montevideo, donde he frecuentado algunos, existen porque en el transcurso de la mañana o al caer la tarde, se hace preciso ingresar a uno de ellos para vencer el frío, el calor agobiante o el incesante tedio que encierran los días tristes y el laburo.
En el de la esquinita de la cuadra ocho de la avenida Uruguay, el bar que utilizo en estos días montevideanos, los parroquianos no tienen apuro, son en su mayoría cesantes en busca de una buena conversa o desempleados que se reúnen para ver pasar las horas. Aquí hubiera sido rey de reyes Gerardo Vargas, el tío Pavo, hábil para el fraseo rápido y la cháchara que da sentido a las horas de interminable ocio.
Al caer la tarde, el bar cierra sobre las ocho de la noche, los contertulios son otros; sobre las ocho en el centro de Montevideo, van llegando, sin tanta prisa, los sin techo, hombres y mujeres invisibilizados por el tráfago de las mañanas que llegan al barrio en busca de una loza donde estirar cartones y abrigo para pasar la noche. Entran al bar, silenciosos y mal trajeados, ansiosos por hallar la última copa de vino de la jornada o el café bondadoso.
Todos fuman con apremio –broncas chimeneas al borde del abismo- y miran el mundo desde otra orilla. Son los ciudadanos de un territorio liberado que existe a pesar de odas liberalismo y la globalización. Pareciera estar a la espera del grito de guerra de un nuevo “viejo aguafiestas” de paso por Londres: “!Clochards de todos los países, uníos!”.
 

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