El camino más corto / Manuel Leguineche

El camino más corto es el relato de un viaje iniciático, un tour de force realizado en 1965 por un mozalbete imberbe -Manu Leguineche- y cuatro aventureros llegados a España desde el primer mundo, tres desde Estados Unidos, Harold Stevens, Al Podell  y Woodrow Stams y uno desde Suiza, el fotógrafo Willy Metter, con el objetivo de dar la vuelta al mundo en automóvil y de esta manera superar la marca impuesta –en kilómetros se entiende-por una expedición estudiantil británica algunos años antes.

Por entonces España era un país menor en el contexto de una Europa que intentaba tomar distancia de los encontronazos propios de la Guerra Fría y el jovencísimo periodista, me refiero a Leguineche, un esmirriado estudiante de Madrid harto del régimen franquista, irreductible en su afán de controlarlo todo.

En esas circunstancias Manu Leguineche, quien sería años después destacadísimo periodista de guerra y trotamundos, no encontró mejor pretexto para empezar a caminar que subirse al coche de los expedicionarios de la  Trans World Record Expedition y salir en busca de la aventura.

Escrito doce años después de iniciado el periplo por un planeta en pie de guerra -recorrido inicialmente planeado para durar seis meses que se prolongó por tres años- el libro se ha convertido desde entonces en un manual que todo viajero debe leer antes de empezar su singladura personal. El camino más corto, lo dice muy bien Javier Reverte en el prólogo a la edición que he leído, es el más icónico de los libros de viajes publicado en lengua castellana.

El título es también un clásico. Lo tomó prestado el Manu de la declaración de principios hecha en 1918 por Hermann Keyserling, un filósofo decimonónico que abrió la puerta de su casa para salir a dar vueltas por el mundo: “El camino más corto para encontrarse uno a sí mismo da la vuelta al mundo. Me dispongo, pues, a dar la vuelta al mundo. Europa ya no me produce efecto. Harto familiar me es este mundo para obligar a mi alma a nuevas configuraciones. Además, es un mundo demasiado limitado. Toda Europa tiene en lo esencial un solo espíritu. Quiero anchura, dilataciones donde mi vida tenga que transformarse por competo para subsistir, donde la intelección requiera una radical renovación de los recursos intelectuales, donde tenga que olvidar mucho –cuánto más, mejor- de lo que supe y fui”.  

Y eso fue lo que hicieron el Manu y sus compañeros de viaje en un Toyota Land Cruiser rojo sangre mientras le duró la dinamita. El más universal de los vascos, así lo han denominado sus exégetas, se valió de su afilada pluma y sus ojos de observador implacable para fungir como corresponsal de guerra, minetras se fue moviendo, en una zona del planeta explosiva y cargada de revoluciones.

Eran los maravillosos y agitados años sesenta: la década de las revoluciones anticoloniales, la asonada comunista y la insurgencia de los radicalismos religiosos.

Lector de Kessel, Mc Orlan, Malraux, Stevenson, Conrad, Kipling, Verne, Hemingway, Kerouac y “el Atlas de Agostini”, Leguineche pergeña en este  libro una lección de viajerismo de imprescindible lectura. “Creo que si El camino más corto tuvo algún eco se debió al optimismo que reflejaban sus páginas”, comentó Manu cuando el libro empezaba a envejecer mientras se iba convirtiendo en un clásico. Y siguió siendo uno de sus preferidos hasta el final, cuando la muerte lo cogió, en 2014, en su refugió de Brihuega, Guadalajara, el retiro en el campo que inventó para refugiarse –y refugiar- a los más 8 mil tomos de su voluminosa biblioteca de viajero a tiempo completo. Manu dejó para nuestro deleite un poco menos de cincuenta libros de monumental factura.

Éste es, sin duda, mi preferido, se los recomiendo. Buen viaje…

El camino más largo. Una trepidante vuelta al mundo en automóvil
Plaza & Janés, 1996
473 páginas