El Proyecto Guacamayo: treinta años protegiendo los bosques del Tambopata

Wili Reaño

Mi opinión

“En 1989, Eduardo Nycander, un arquitecto de Lima y fotógrafo aficionado, se quedó impresionado con la cantidad de guacamayos y otras especies de aves que se reunían en la collpa de unos de los sectores más bellos del Bajo Tambopata. Decidido a proteger ese espacio tan valioso convocó a Kurt Holl, ingeniero forestal de la Universidad Agraria, para iniciar un proyecto de investigación que involucrara a las especies de psitácidos que habían registrado”, refiere Lauren Bazley, una bióloga canadiense que llegó por primera vez a Madre de Dios para trabajar como voluntaria en el Proyecto Guacamayo y que el año pasado, durante su segunda permanencia en el Perú, asumió la conducción del trabajo de campo en el TRC.

El despacho de Lauren Bazley, la joven investigadora de la Universidad de Trent encargada del trabajo de campo del Proyecto Guacamayo durante mi visita al Tambopata Research Center (TRC), el albergue que gestiona Rainforest Expeditions desde hace treinta años en las proximidades de la collpa Guacamayo, en Madre de Dios, luce está mañana una escenografía especial.

Un guacamayo escarlata bate sus alas sobre una viga de madera cercana al techo mientras que otro, tal vez una guacamaya a juzgar por su tamaño, intenta ingresar al pequeño estudio por una puerta lateral. Nada parece detener su firme decisión.

Sobre la mesa de trabajo de los investigadores residentes y los anaqueles atiborrados de libros, los binoculares, las cuerdas, las poleas, los guantes, las guías de aves, los papeles llenos de anotaciones inverosímiles lucen insólitos decorados de plumas coloridas dejadas al azar por los engreídos de casa: los guacamayos escarlata (Ara macao), los azul y amarillos (Ara ararauna) y los cabezones (Ara chloropterus) del proyecto más exitoso de conservación y reproducción de guacamayos de esta parte del planeta.

A juzgar por el bullicio constante y los aleteos de las majestuosas aves cualquiera podría afirmar que el intruso en este mundo de graznidos y mucha ciencia soy yo.

Y es así.

Tambopata Macaw Project es un estudio multidisciplinario a largo plazo de historia natural, conservación y manejo de guacamayos y loros grandes.

Al igual que la señorita Bazley, bióloga graduada en la prestigiosa universidad de Ontario, Canadá y estudiosa de los psitácidos del Tambopata, la familia aviar que agrupa a pericos, loros y guacamayos del trópico y ciertas áreas subtempladas del planeta, cientos de investigadores de todo el mundo han sentado reales por un tiempo en este sensacional gabinete de ciencias en el bosque más prístino y lleno de vida que conozco.

La historia de la creación del proyecto Guacamayo es muy conocida. Lauren Bazley, una muchacha menuda de apariencias, pero capaz de ascender sostenida por cuerdas a alturas inimaginables con el propósito de revisar los nidos artificiales que utilizan las parejas de guacamayos, sin embargo, me la vuelve a relatar:

“En 1989, Eduardo Nycander, un arquitecto de Lima y fotógrafo aficionado, se quedó impresionado con la cantidad de guacamayos y otras especies de aves que se reunían en la collpa de unos de los sectores más bellos del Bajo Tambopata. Decidido a proteger ese espacio tan valioso convocó a Kurt Holl, ingeniero forestal de la Universidad Agraria, para iniciar un proyecto de investigación que involucrara a las especies de psitácidos que habían registrado”.

Para los que no están habituados a la vida amazónica, las collpas o lamederos de barro (clay licks), depósitos de arcilla natural, ubicados generalmente en promontorios sobre una orilla del río, son utilizados por ciertas aves y mamíferos para obtener las cantidades de sodio y otros minerales que necesitan para amenguar los efectos tóxicos de las semillas y otros alimentos que consumen.

Por entonces los investigadores del proyecto no sabían que en las collpas de la selva baja los guacamayos juveniles encontraban también las parejas que andaban buscando para aparearse de por vida. Y que las sales y compuestos consumidos les servía como indispensable purgante. Pero esa es otra historia.

Rainforest Expeditions y el Tambopata Macaw Project nacieron el mismo año, el destino de uno se entrelazó con el otro.

Los guacamayos, distinguibles de sus demás congéneres por sus enormes picos y la desnudez de su piel facial, son los grandes dispersores de semillas en el bosque amazónico y una de las aves más amenazadas por la cacería ilegal y la destrucción de sus hábitats.

Para Nycander y Holle, me sigue contando Lauren, protegerlos de la desaparición en esta parte del Tambopata se convirtió en una obsesión.

Decidieron entonces incursionar en el negocio del turismo de naturaleza con el fin de conseguir los recursos que se necesitaban para financiar los estudios y la investigación sobre la conservación y la ecología reproductiva de los guacamayos de las proximidades del Tambopata Research Center, el albergue y centro de investigación que habían creado el mismo año de su llegada al paraíso de los psitácidos de Madre de Dios. Salvando a los guacamayos, salvamos el bosque, pensaron con mucha razón.

Los primeros años del Proyecto Guacamayo fueron de tremenda zozobra: los fondos para financiar la investigación no eran los mejores y la inseguridad en el país imposibilitaba la adecuada promoción turística de estas selvas.

Aun así, los dos jóvenes investigadores no se amilanaron y con la ayuda de los equipos convocados fueron logrando avances significativos en sus pesquisas. Los nidos de madera –de pona y de cedro- y de plástico que diseñaron y colocaron a 40 o 50 metros de tierra firme en las concavidades de los árboles de palmera aguaje y shihuahuaco, los dos gigantes del bosque aledaño al TRC, fueron ocupados con éxito por parejas muy saludables de guacamayos.

Y los polluelos de escarlatas, azul y amarillos y cabezones empezaron a crecer sin tantos problemas.

“Es en esos años que se logran criar en semi libertad a los primeros guacamayos nacidos en el TRC, continúa Lauren, ese que ves allí, me dice como si me estuviera hablando de un niño que no ha hecho bien su tarea escolar, es Inocencio, uno de nuestros Chicos, ya debe andar por los 27 años”.

Eduardo Nycander revisa uno de los primeros nidos colocados en las proximidades del TRC:

Chicos en el bosque

Desde el año 1999 el Proyecto Guacamayo es dirigido por el científico norteamericano Donald Brigthsmith, una autoridad mundial en el estudio de los guacamayos de esta parte del continente.

A los objetivos iniciales trazados por la dupla Nycander-Holle, se han ido sumando otros, uno de ellos, precisamente, el que está vinculado al monitoreo de los Chicos, las aves que fueron criadas y liberadas a inicios de los años noventa que con el paso del tiempo se convirtieron en los “personajes” más buscados por los visitantes que arriban al TRC.

“Chicos, chicos, chicos”, cuentan los que frecuentaron en esos años el Tambopata Research Center que era el repetido grito con el que Nycander y los suyos convocaban a los polluelos que habían criado con tanto afecto.

En uno de los primeros documentos preparados por Brightsmith, profesor del departamento de Biología de la Universidad de Duke, una de las instituciones asociadas en la actualidad al Proyecto Guacamayo, el científico anota que “un total de 31 pichones de guacamayos fueron liberados en el período 1992-1995, entre ellos 6 azul y amarillos, 5 cabezones y 21 escarlatas”.

Esos son los Chicos, los guacamayos que en las mañanas, de regreso del mundo donde viven, visitan el despacho de Lauren y los demás investigadores para hacer de las suyas y en las tardes, llegada la hora del almuerzo, ingresan al comedor del albergue para deleitar a  los visitantes que no dejan de tomar fotos y grabar sus destrezas y travesuras.

Gracias al trabajo de Dr. Brightsmith, las investigaciones científicas y las visitas de nuevos estudiosos aumentaron convirtiendo al proyecto en uno de los más importantes del mundo en cuanto a reproducción de guacamayos de manera asistida se refiere.

“La mayoría de nuestros Chicos, vuelve a la carga Lauren, sobrevivió al primer año de absoluta libertad en el bosque, los guacamayos liberados crecieron saludables pese a los peligros que supone vivir en estos ecosistemas extremos, consiguieron pareja y se reprodujeron con éxito”.

Tabasco, al lado derecho de la foto, es uno de los guacamayos de la generación de los Chicos más conocidos del albergue.

Al rescatar a las crías que indefectiblemente iban a morir -las parejas de guacamayos se ocupan por lo general del primero de sus polluelos- para criarlos en el albergue, el proyecto aseguró la conservación y reproducción de la población de las collpas Colorado y Chuncho, los dos clay licks que visitan los pasajeros de Rainforest Expeditions, las dos collpas más importantes y famosas del planeta.

Bazley y sus colaboradores en esta temporada identifican a cada uno de los Chicos por algún detalle característico: unas marcas en las uñas o en las patas, cicatrices en alguna parte del cuerpo obtenidas en la lucha por asegurarse un nido apropiado o las características propias del paso de los años. Los turistas, en cambio, suelen distinguirlos por su comportamiento.

Chuchuy es sumamente traviesa, nada parece detenerla; Tabasco usa su pico potente para abrir lo que encuentra en el camino: un táper, la mochila de un turista descuidado o las envases de plástico de la cocina. Ángeles, el guacamayo macho que alguna vez fue localizado en Bolivia, a 150 kilómetros del TRC, es tímido y un tanto retraído.

En la cima del bosque

Al término de nuestra prolongada charla en el gabinete del Proyecto Guacamayo, Lauren Bazley y Carlos Huamaní, el experto en el manejo de cuerdas del proyecto y uno de los guacamayeros que más conoce a las criaturas que se estudian en el TRC, los acompaño a la revisión cotidiana de uno de los cuarenta nidos que se monitorean al detalle.

Se acerca la temporada de anidación y es importante que los “alojamientos” se encuentren en óptimas condiciones para recibir a sus ocupantes.

Carlos Huamaní, graduado en el SENATI de Puerto Maldonado y Lauren Bazley de la Universidasd de Trent, Canadá, guacamayeros.

A unos cuantos metros del albergue nos detenemos bajo la sombra de un formidable shihuahuaco (Dipteryx micrantha), un coloso que llega a vivir más de mil años en el que se ha colocado un nido artificial de PVC. Entre julio y setiembre las parejas de guacamayos empiezan a defender huecos naturales, o nidos asistidos, en palmeras y árboles apropiados, para depositar de 2 a 4 huevos.

Lauren asciende a los cielos con asombrosa facilidad llevando un taladro en una mano mientras que con la otra se aferra a la cuerda de nylon que Carlos Huamaní, maldonadino, sostiene con cuidado. El trabajo dura pocos minutos y la bióloga desciende con prisa para visitar otro nido.

Cada uno de ellos, me lo va contando en el camino, debe estar cuidadosamente colocado, el exceso de sombra invita a las hormigas, termitas y otros insectos a tomar posesión de sus estructuras. Hay que tomar todas las precauciones del caso, lo dice la experiencia ganada en treinta años de afanosa investigación, los huevos y los polluelos si es que no se actúa con propiedad pueden sufrir el ataque de tucanes, monos y tayras.

El día ha sido una fiesta para mi. No puedo ocultar la felicidad que me embarga al constatar el buen trabajo realizado por los cientos de científicos y voluntarios que han trabajado en el Proyecto Guacamayo a lo largo de estos treinta primeros años. De regreso al albergue me despido por unas horas de los guacamayeros, he quedado  en acompañarlos al conteo matutino de guacamayos y psitácidos que se llevará a cabo mañana, mi segundo día en el territorio de los graznidos y la libertad absoluta.

Más en Las colpas de la Reserva Nacional Tambopata / Madre de Dios

Los Guacamayos se encuentran entre las especies más eficaces para la conservación del ecosistema amazónico.

 

En diciembre de 1994 un reportaje en la revista National Geographic, con fotos de Franz Lanting, ayudó a promocionar el trabajo  del Proyecto Guacamayo. En la foto, Eduardo Nycander y sus Chicos.
Los guacamayos ponen 3 o 4 huevos en diferentes días, normalmente sobrevive el pichón del primer huevo y tal vez el segundo, los dos últimos no prosperan.
En la actualidad el proyecto trabaja en terminar de comprobar la biología reproductiva de las especies que estudia y la y traslocación de huevos: “poner los huevos 3 y 4 en los nidos de otras parejas” para que el éxito reproductivo sea total.
Alas y buen viento: treinta años de investigación científica, turismo y ciencia ciudadana…