Elogio del caminar erguido

A Franco le gusta caminar de cara a las montañas, pleno de felicidad, radiante y lo hace con aplomo, impertérrito, como ascienden los sherpas, y los ausangaterunas, por los filos que conducen a las tierras altas donde pacen los yaks, en este caso las alpacas, del hato ganadero -pienso en eso mientras trato de apurar el paso para no quedarme rezagado. Es febrero y las lluvias se siguen disfrazando de diluvio universal.

(Febrero en la ruta del Ausangate: qué lejos estábamos del miedo y el confinamiento que nos ha traído el COVID-19. Qué lejana parece ahora la vida que hemos dejado atrás para siempre).

La mañana extiende sus últimos destellos sobre el turquesa de la laguna de Sigrinacocha y la prisa con la que me muevo, lo sé, no tengo por qué engañarme, tiene que ver más con los temores propios del temporal que se asoma que con el goce de estar caminando, libre, sobre los cuatro mil quinientos metros sobre el nivel del mar de este techo del mundo singular e infinito.

Franco Negri, cusqueño desde hace casi veinte años e impulsor de La Base Lamay, una magnífica iniciativa de turismo sostenible y desarrollo rural en una de las quebradas más sugerentes del Valle Sagrado de los Incas, en el Cusco, es un caminante de aquellos. Conoce su oficio, lo ha venido construyendo sobre la base del deportista de élite que alguna vez fue en Lima, su ciudad natal, y en los mares del Callao y Chorrillos, hace una pila de años. Sus marchas y contramarchas por las montañas, al menos las que le he visto acometer en Sigrinacocha, en Pacchanta, en Chuquibambilla, en Huancco Pillpinto y, últimamente en los altos de Huama, estoy seguro, tienen el mismo compás y el rigor que las remadas que daba en las interminables regatas en las que participó mientras alargaba su pasión. Lo he visto: el Negro avanza concentrado en cada paso , firme en el itinerario, preparado para atacar cualquier cumbre.

Yo, en cambio, old man walking, camino a contrapié.  El tiempo y las rodillas quebradas me han convertido en un paseante de las tierras no tan altas. En un homme en promenade, para ponerme un poco fino. En un buen hombre, un señor adusto, gozando de un paseo de campo, imperturbable, sin prisas mayores.

Los desafíos trekeros ya no me llaman la atención y si de caminar largo se trata prefiero las cuatro horas de andanzas por la interminable planicie por donde serpentea el camino que une Tinki con Pacchanta que el ascenso por los desfiladeros que le gustan a los caminantes bravos, que por lo general conducen a las estrellas.  Y a los récords personales. Como me lo refirió alguna vez Lichi Vásquez, Mujer Montaña, “en la cordillera los hombres antes que admirar lo que tienen por delante andan preocupados en batir alguna marca personal, las mujeres no”.

Yo tampoco.

Acabo de recorrer la ruta Tinki-Pacchanta con un amigo gringo mientras Negri, en solitario, se internaba en las faldas del nevado Colque Cruz para llegar a la laguna Vinococha, en el fin de la tierra. Me lo imagino concentrado y respirando hondo entre oconales y bosques de qolle. Feliz: un atleta rindiendo al máximo, a punto de pisarle la sombra a su sombra. Qué bárbaro, cuánto oficio el suyo.

Lo mío, en cambio, está ligado al consumo de un combo aprendido de mozalbete: un combo basado en caminar, sí, pero con tiempo para cavilar: para observar el mundo y el mundo-otro sin apremios, en calma; habitante satisfecho de ese país donde se construyen los sueños más preciosos. Caminar para tomar distancia con el hastío,  para huir del mundanal ruido, de la cruda y triste realidad. Así, en ese estado zen, de ensimismamiento total, de dicha caminera, me he permitido visitar varias veces la otra cara de la Luna tratando de convertirme en lo que quiero ser. Sí, caminar y cavilar, no más.

Esa es la manera como concibo esta alegría: me encanta caminar con los ojos puestos en lontananza o en las quimeras que se van construyendo mientras se avanza, siempre bípedamente, tratando -hasta donde se pueda- de no poner las manos en el piso. Evitando  botar el bofe en aras del objetivo final sin tiempo para la ensoñación, preocupado solamente en domeñar las alturas y el cansancio.

Esa, creo, es mi humilde contribución al acto fundamental de caminar por los pliegues del planeta que habito. Lo entendí siguiendo a Franco y a los campesinos de Huama en el “linderaje” que hicieron en febrero pasado. El linderaje es una práctica ancestral en la que la comunidad en pleno, niños, mujeres y hombres, revisan y reconstruyen los límites físicos -y sobre todo espirituales- del territorio que comparten.  Y haciéndolo a pata, caminando, trotando mientras suenan los tamboriles y flautines y flamean al viento las wifalas y también las banderas blanquirrojas.

En el linderaje por las alturas de Huama, mejor dicho, durante las dos horas y media que duró mi intento por seguir a los linderantes en su tarea, fui un animal en cuatro patas luchando por sobrevivir en medio de los abismos y la altura.  Tremendo, dos horas de jadeos y preocupaciones extremas en uno de los paisajes más hermosos de la campiña de Lamay. Un tiempo dedicado a los sístoles y diástoles de un corazón, el mío, a punto de estallar. Un tiempo, dos horas y media o de repente más, lejos, muy lejos de la contemplación, la paz y el agradecimiento. No, definitivamente lo mío es otra cosa. Qué los caminantes detrás de los imposibles y las alturas indomables sigan en lo suyo.

Yo, mientras tanto, perseveraré en lo mío, seguiré en la formación de Ulises en su terco afán de recuperar a Elena, la hija de Zeus, la altiva belleza cautiva en manos de otros soñadores. Cavilar, sí, mirando el sol y las montañas, sintiendo su embrujo y su presencia. Siempre.