En la casita Inyan de Tarabamba

Clarita, aunque es hembra, se parece a Milo, el perro de mi infancia en Canto Grande, la finca rural de mis abuelos a la afueras de una Lima que ya no existe. La he contemplado todo el día, juguetona y distante en un inicio -claro, no nos conocíamos- relajada y tunante, muy tunante, con el paso de las horas.
 
Clarita me mira, mueve la cola y se agita: quiere invitarme a caminar, a salir de la comodidad de la casa de adobes anchos y techo de tejas que ocupo en este bucólico rincón de la campiña del Valle Sagrado de los Incas.
 
No le hago caso, sigo en lo mío, feliz de haber sentado reales por unos días en Tarabamba, un anexo del distrito de Urubamba pegadito al río Willcamayo, el Vilcanota de estos días, y a las montañas que ocultan Maras, la salinera más famosa de estos pagos.
 
Mi ocasional propiedad es una casa de ensueño construida con buen gusto por Cecilia Sala Otero, limeña, empresaria en sus ratos libres y vecina a tiempo completo de este valle. Ceci, magnífica anfitriona y madre de cuatros mujeres de temple, la fue levantando de a pocos para alojar a los suyos y a los viajeros en busca de la paz y la tranquilidad que solo el campo puede trasmitir a los que vivimos de cara al mar.
 
Inyan es el nombre que ella y sus hijas le pusieron recogiendo las tradiciones de los indios dakota de las planicies norteamericanas, ellos, como los mayas y los aztecas y de seguro los chavín y los tiahuanaco, divinizaron las piedras, esas moles salidas de lo más profundo de la tierra que a veces parecen gigantes y otras lo son.
 
Inyan (roca) fue el primero de los espíritus que poblaron el mundo. De ese ser inanimado debieron nacer los demás. Y de esos, los hombres y mujeres que se desplazaban por el continente en pos de los bisontes y los días soleados, propicios en extremo para continuar vivos.
 
La casa Inyan, también la casa de Cecilia, está rodeada de piedras. De piedra son los pilares que sostienen la puerta de ingreso; piedras son las que constituyen sus muros; piedras las que permanecen, ingrávidas y vigilantes, en cada uno de los sectores de la espaciosa propiedad. … Clarita ladra y mueve la cola. Se agita, quiere salir a pasear, es una perra inquieta y andariega. Yo pienso en Apu, el compañero que espera mi retorno en San Bartolo y me conmuevo.
 
Es momento de interrumpir el descanso y salir a caminar.
 
Tomo la ruta que conduce al puente de Colores, la plataforma de fierros y madera que une las dos orillas del tronante Willcamayu, consciente de estar andando, trajinando, por el Camino Real de los Incas, el Qhapaq Ñan de los arqueólogos y entonces respiro hondo.
Los sauces que se abalanzan sobre las acequias construidas hace más de quinientos años y los molles se pelean entre sí para dar sombra a los que vamos a pie. Clarita marcha a su gusto, feliz.
 
Siento que camino por Canto Grande y soy tan feliz como ella.
 
Sin embargo, a medida que nos vamos acercando al puente sobre el río Vilcanota, empieza a cambiar de aires, a inquietarse. Pareciera que de pronto todos los miedos del mundo se han alojado en su cuerpecito tembloroso
 
-Clarita, ven, vamos a cruzar el puente, le voy diciendo, pero Clarita no me hace caso y empieza el retorno a casa a toda prisa. Nada ni nadie es capaz de detenerla.
 
Desando mis pasos y no la encuentro, ha debido correr y correr, asustadísima.
 
Al llegar a casa le pregunto a Cecilia por tan singular comportamiento.
 
-Descuida, me dice, Clarita es así, muy valiente en todas partes, pero temerosa, muy temerosa cuando se acerca a ese puente. No te lo había dicho pero a Clarita la encontré en la calle, abandonada y la traje a mi casa. ¿Qué le habrá pasado antes a la pobre?
 
La entiendo, qué fatalidad la de Clarita, yo también le tengo temor a esos puentes que suelen conducirnos a esa parte de nuestro pasado que nos afanamos en olvidar.
 
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