En velero para llegar a África. Una travesía entre Salvador de Bahía y Ciudad del Cabo (1ra. parte)

Eduardo Larrañaga, texto y fotos, especial para Solo para Viajeros

En travesia

Iniciamos con esta primera crónica la publicación de una bitácora viajera que los va a sorprender. Su autor, Eduardo Larrañaga, es un biólogo peruano, aventurero y fotógrafo de naturaleza que ha empezado hace un buen tiempo un viaje inacabable por los confines del planeta. Acompáñenos a conocer los entretelones de una navegación alucinante entre Salvador de Bahía y Ciudad del Cabo, en velero y con los binoculares bien puestos. ¡Qué vivan la aventura y los sueños!

El clima de nuestro planeta está regulado por un sinnúmero de factores, muchos aún sin entender y otros sin descubrir. Entre estos factores existe un sistema de corrientes marinas encargado de transportar enormes masas de agua por toda la Tierra. A este sistema se le conoce académicamente como Termohalina. Si observamos un globo terráqueo veremos que todos los mares y océanos están conectados. No existe ninguna barrera (aún) que los separe, con excepciones como el mar Caspio que ha quedado inmerso en la masa continental. Incluso el mar Negro está conectado con el mar de Mármara a través del canal del Bósforo.

Atlantico (2)En algún lugar del océano Atlántico

Quizás sentir esta conectividad e inmensidad no es algo rutinario y nos cueste imaginar que el agua de mar en la cual nos bañamos un día, en una pequeñísima porción del Pacífico, es la misma que la del Índico, del Atlántico o del Ártico. Imaginen que una molécula de agua en el mar del Norte ha ido viajando miles de millas náuticas hasta llegar a esa minúscula playita donde se bañaron alguna vez.

Surcando el Pacifico. Isla de PascuaSurcando el Pacífico sudamericano

En altamar

Conocer de cerca esa abrumadora inmensidad es algo extraordinario. Cuando cumplí veinte años un gran amigo me dio esa oportunidad. Ayudando en la navegación, cocinando y limpiando, pagué mi primera travesía en velero, hacia la Isla de Pascua. La navegación duró dos semanas y fue muy tranquila. Llegué a conocer la puerta de ingreso a la anhelada Polinesia donde fui recibido por una legión de vigilantes moais. Haber llegado a Pascua por mar, por esa anchísima y arrulladora carretera, fue lo más asombroso que había hecho hasta entonces. Fue mi primera vez en el majestuoso Pacífico, y si bien no llegué a conocer tan de cerca a sus estruendosas tormentas, me dejó probar una disimulada dosis de inmensidad.

Mitologia Rapa Nui.Isla de PascuaMitología Rapa Nui, Isla de Pascua

Cinco años más tarde ese sueño volvió a repetirse. Está vez en dirección contraria, hacia los confines del Atlántico. El viaje sería el doble de largo y movido, con vientos el doble fuertes y con una alta probabilidad de atravesar tormentas fabulosas. Partimos de Salvador de Bahía en Brasil rumbo a Ciudad del Cabo en Sudáfrica.

Tras hacer las últimas reparaciones y comprar las provisiones para un mes y un poco más en caso de alguna emergencia, “Tranquilo”, un moderno pero clásico monocasco de aluminio de 58 pies, se deslizó con facilidad por aguas bahianas.

Salvador de Bahia.BrasilSalvador de Bahía, Brasil

Un día de semana cualquiera, en algún momento inesperado de la tarde, me dieron la “orden” de sacar las amarras y empezar a izar la gigantesca mayor de “Tranquilo”. Poco a poco se fue haciendo invisible la costa brasileña, para que luego de treinta días apareciera frente a nosotros la imponente montaña La Meza en la costa sudafricana. Con mucho óxido humano al zarpar, golpee mi mano fuertemente contra el mástil al tratar de desamordazar un cabo. Pensé que estaba empezando con el pie izquierdo al ver mi pulgar morado e hinchado. Luego vinieron algunas horas de mareo, hasta que mi cuerpo se acostumbró nuevamente al incesante golpeteo de las olas y a estar escorados permanentemente.

Conforme el dolor en mi dedo fue pasando, las inquietudes terrenales quedando millas atrás junto con mis mareos; empecé a sentir y a disfrutar de la inmensidad nuevamente. Donde nadie te habla, nadie te juzga, nadie te mira, nada de nada. Solo un par de buenos amigos sincronizados para vivir algo casi excepcionalmente único. Un mes entero en compañía del mar, ese compañero que en diferentes momentos te exhorta a leer, cocinar, maniobrar, pescar y mirar las estrellas.

Albatroz de nariz amarilla (5)Criaturas de alta mar

En medio del océano Atlántico

A mitad de camino entre América y África decidimos hacer una breve y muy estudiada escala. Llegamos al grupo Tristan sinérgicamente con la primera tormenta. Buscamos refugio al lado opuesto de los vientos en “Innacssesible”, una escarpada isla volcánica sin humanos, habitada por millares de aves oceánicas y una prístina vegetación. Pasamos una hermosa pero intranquila noche. Mientras dormíamos casi perdemos el ancla debido a los bruscos cambios del viento. Salimos a cubierta a hacer una fugaz reparación bajo una intensa lluvia y respetable frio, ya no eran los 12 tropicales grados de latitud bahiana, ahora estábamos a 38 grados Sur, a casi 4000 kilómetros de Salvador y a 3000 de Ciudad del Cabo, exactamente en el ombligo del océano Atlántico.

La intención era desembarcar en “Innacssesible” disimuladamente, en vista que estas islas pertenecen al Reino Unido y en los manuales de navegación figura que el acceso está restringido. Rápidamente los radares británicos nos detectaron frustrando nuestro desembarco. Sus oficiales nos comunicaron que debíamos dirigirnos a Tristan da Cunha, la isla principal del pequeño archipiélago y la única habitada, con tan solo 270 personas. Había que respetar el protocolo y registrar nuestra visita.

isla InnacssesibleIsla Innacssesible

Tristan da Cunha

Al llegar a Tristan nos recibió Conrad Glass. Conrad es el único policía y jefe de migraciones de Tristan da Cunha. Todo un personaje en la isla, con su uniforme policial británico, fue la primera persona que se dirigió a nosotros. El resto de pobladores nos miraban con curiosidad. No era para menos. La única manera de llegar a Tristan da Cunha era en un algún buque inglés con provisiones o en algún costoso crucero. Quizás hayamos sido los únicos turistas en todo el año, así que todo el cariño y energía del pueblo recaía en nosotros.

Albatroz de nariz amarilla (4)Albatros de nariz amarilla (Thalassarche chlororhynchos)

Debido a las tempestuosas condiciones que azotan al archipiélago constantemente, aprovechamos los dos únicos días de calma para conocer la isla. Nuestro objetivo principal era observar y fotografiar a los coloridos y muy elegantes albatros de nariz amarilla del Atlántico. Para esto había que caminar entre la vegetación y los acantilados del volcán principal hasta llegar a la cima muy cerca del cráter. Un isleño guía de vida salvaje nos recogió en una clásica “Defender” con la cual nos trasladamos al pie del volcán y así dimos inicio a una ardua y muy empinada caminata. Al llegar a la cima una fuerte sensación de prehistoria invadió mi ser. Era como un Edén de aves, adornado con diferentes especies de helechos como aquellos que se aprecian en las representaciones de paisajes jurásicos por donde alguna vez deambularon los dinosaurios. Habíamos llegado en plena temporada reproductiva, por lo que tuvimos el privilegio de observar a los albatros custodiando sus nidos, cortejándose o planeando entre los acantilados, un espectáculo. Tras haber logrado el tan deseado objetivo de ver a estas aves oceánicas, iniciamos el descenso. Teníamos que dejar la isla ese mismo día sí o sí. Una nueva racha de fuertes vientos y oleaje iban a golpearla nuevamente.

Albatroz de nariz amarillaAlbatros de nariz amarilla (Thalassarche carteri)

Varios personajes de la isla nos acompañaron hasta el muelle para despedirnos. Entre ellos el amigable Conrad con un enorme pan hecho por su mujer y huevos de albatros que los isleños pueden colectar siempre y cuando se cumpla con la cuota establecida. El locutor de la isla con el cual estuvimos comunicados todo el tiempo antes de arribar, apareció para despedirnos junto con una caja llena de langostas, la principal economía de la isla. La amabilidad de estas personas primó en todo momento, y sus obsequios fueron degustados durante los siguientes días en altamar.

Exhaustos por la caminata y llenos de barro, empezamos a alistar a Tranquilo nuevamente para dos semanas más de travesía. Próxima parada: Sudáfrica. El clima permaneció frío y cada vez se fue haciendo más húmedo. La segunda mitad del viaje fue relativamente tranquila. Aunque de vez en cuando vientos moderados nos obligaban a bajar unos cuantos metros la “mayor” o enrollar la “yankee” para reducir el área de las velas y mantener el control.

Tristan da Cunha.Bosque de helechos (2)Bosque de helechos, Tristan da Cunha

Ballenas a estribor

Un día antes de llegar a Sudáfrica, vimos a lo lejos una enorme ballena franca austral, las cuales se reproducen en costas sudafricanas durante los meses de invierno y luego migran hacia la convergencia antártica para alimentarse durante el verano. El enorme cetáceo llevaba un rumbo perpendicular hacia Tranquilo. Poco a poco nos fuimos acercando hasta llegar casi a la intersección. El coloso o la colosa no se percató de nuestra presencia sino hasta el último segundo cuando viró rápidamente para evitar el choque. Metros después salió nuevamente a la superficie y dio un soplido acompañado de un fuerte sonido, como protestando por haberla asustado y diciendo: ¡Fíjense por donde van!

Ballena FrancaBallena  franca

Al día siguiente divisamos la costa sudafricana muy a lo lejos. Nuevas especies de aves empezaron a aparecer y la caña de pescar que llevaba Tranquilo en su popa capturó tres atunes de aleta amarilla consecutivamente. Habíamos entrado al sistema de corrientes “Benguela”, el equivalente a nuestra tan productiva corriente peruana.

 Aún faltaban largas horas para entrar al puerto de Ciudad del Cabo. Por lo tanto decidimos filetear a uno de nuestros atunes capturado selectivamente y comer un fresco “sashimi” mientras esperábamos nuestra ansiada llegada. Poco a poco el olor a tierra continental se fue fortaleciendo y nuevamente se empezaron a oír voces por la radio.

Tristan da Cunha (2)Tristan da Cunha

Eduardo Larrañaga nació en Lima Perú en 1990. Es biólogo por la Universidad Ricardo Palma de Lima y ha cursado especializaciones en conservación y ecología de mamíferos marinos. Desde hace cuatro años trabaja como investigador, fotógrafo y guía de observación de vida salvaje. En especial se ha dedicado al estudio y a la conservación de cetáceos habiendo participado en expediciones científicas para el estudio acústico y estructuras sociales de cachalotes alrededor de las islas Galápagos y en Perú ha trabajado junto a las ballenas jorobadas con la empresa de ecoturismo Pacifico Adventures.

Además ha realizado dos travesías en monocascos a vela desempeñándose en diversas tareas como tripulante. En el 2010 navegó de Perú a Isla de Pascua y en el 2014 de Salvador de Bahía (Brasil) a Ciudad del Cabo (Sudáfrica). En el 2015 empezó a trabajar como guía de expedición en la Península Antártica y ahora se está preparando para su próxima experiencia en el Ártico.

Eduardo LarrañagaEl autor de la nota en algpún punto del planeta Océano