Entrevista
Por Maribel De Paz para El Comercio

Chebo Ballumbrosio: “Tienes que reconocer quién eres, sin hacer aspaviento”

5935603be1529

Chebo Ballumbrosio, ante todo negro de El Carmen, Chincha, me honra con su amistad desde hace mucho, tanto que ya no sé hace cuánto. Músico, pintor, zapateador de los buenos, maestro de escuela, saltimbanqui, artista en todo el sentido de la palabra, el mayor de los Ballumbrothers es, lo he dicho siempre, un mago, un hacedor de historias, un duendecillo libre entre los campos de algodón y las tarumbas. Escucharlo, saber en qué anda, resulta un alivio. Maribel De Paz, la periodista de El Comercio, trató de atraparlo, sin mucha suerte, hace unos días. Los dejo con el intento.

“Soy un hombre paciente de 54 años que tiene tres hijas”, se presenta Chebo de saque. Mientras bebe el café traído de Cuba que ha preparado, habla de la constante presencia femenina en su vida: su abuela, su madre, sus hijas, sus parejas y la propia femineidad que habita en él, junto con su inquietante don para dialogar con los muertos. Sobre su padre, el emblemático músico Amador Ballumbrosio, sentencia: “Mi padre era un patriarca porque era entendido sin decir una palabra”.

— ¿Es difícil ser Amador hijo de Amador?
No, ser Amador Eusebio hijo de Amador Esteban es lo más rico. Tienes que reconocer quién eres, sin hacer aspaviento. Mi padre levantaba el brazo, nunca la voz, y eso bastaba para que todos entendiéramos lo que quería decir.

— ¿Te pegó alguna vez?
Nunca, la que me pegaba era mi madre.

— ¿Con ‘sanmartincito’?
No, mi abuela sí. Mi mamá tiraba chancleta, zapato, pero a mí nunca me pegó, yo era su favorecido. Mi abuela sí porque yo era mentiroso de niño. De adulto ya no, de adulto callo muchas cosas. Y me acuerdo de una frase de mi abuela Isabel: “Mientes tan bien que provoca enterrarme viva”. Me parecía tan romántica esa frase, la decía con tanta dulzura. Yo tenía nueve años, estaba madurando y me estaba convirtiendo en un peligro.

— Me dijiste hace un momento que tienes mucho de femenino, ¿cómo experimentas esa femineidad?
De chico paraba con mujeres y mis amigos creían que por eso era afeminado, pero con ellas me llevaba mejor, tenía buen vínculo, hacía cartas, jugaba el papel de Cyrano, escribía unos poemas bravos y me aliaba con ellas, en El Carmen, donde estuve hasta los 18 años, cuando me fui a la selva, a Pucallpa, donde estudié Contabilidad y Administración de Empresas, y de ahí la pasé mal y me regresé. La pasé mal porque era Ballumbrosio y tenía la música por dentro y lo que estaba haciendo era un papelón: quería ser distinto a los Ballumbrosio, a los afroperuanos, no quería hacer música, quería ser un hombre de terno y corbata y de escritorio, pero en el corazón había zulúes, tutsis, y eso me hizo volver a Chincha.

— Como el hijo pródigo.
Y hubo banquete y jarana cuando llegué. Llegué luego de tres años con mis maletas y me puse a llorar, no paraba de llorar ante ese olor a tierra, pero no la tierra de El Carmen, sino el olor a tierra de la casa que había construido mi padre, y mi abuela me dijo: “Te estábamos esperando”, y mi madre se había ido a dar a luz a mis dos hermanos. Mi abuela me abrazó y me dijo: “Has vuelto, está bien, llora, más vale flaco en pesebre que gordo en desierto”. Nunca lo voy a olvidar.

— Has dicho alguna vez que eres lo que quisiste ser.
Siempre luché por eso, desde muy chico, y patiné cuando quise ser contador, y cuando estuve haciendo trabajos contables y me dijeron “mi secretaria es una negra” me sentía mal, pero siempre he luchado por lo que he querido y lo he conseguido, pero no por la lucha, lo he conseguido porque creo en los rituales de vida. El respeto se logra por lo que tú eres. Si haces sentir mal a alguien nunca vas a lograr nada. Lo que logras lo logras por respeto, porque eres respetuoso a cada paso que das. Te puedes equivocar una, dos, tres veces, pero a la cuarta no, a la cuarta vas a ser un miserable, un canalla.

— ¿Te han faltado mucho el respeto?
Considero que no fue falta de respeto, sino que estos seres humanos erraron un segundo en su vida y estoy seguro de que se volvieron buenas personas luego de que actuaron conmigo con racismo, cuando me insultaron. Creo que en la vida nos encontramos con alguien para que nos cambie, y si ellos se encontraron conmigo y me discriminaron o me escupieron o me insultaron o me pegaron, cambiaron su vida a través de lo que vivieron conmigo.

— ¿Es más rabia o dolor?
Dolor. Creo que el dolor de parir te vuelve sensible a todo, y mi gran parto fue el racismo, que me insultaran, que me discriminaran porque estaba con una mujer rubia. En el restaurante al que no voy a nombrar para no hacerle propaganda me discriminaron. Yo iba a una entrevista y de pronto el portero me empuja y me dice “¡no puedes entrar!”, y yo le dije: “Soy profesor de los hijos de los dueños”, y el tipo se rio y me sentí peor. Eso sí me deprimió, me duró mucho, pero lo olvidé.

— ¿Dónde quieres pasar tus últimos días?
No en La Tiendecita Blanca. Quiero pasar mis últimos días en una playa, porque cuando vine a Lima lo que más me impresionó fue conocer el mar, yo tenía 15 años, tomé agua de mar y recién me di cuenta de que el mar era salado. Yo vine a Lima con Miki González, quien me enseñó el camino a esto, fue mi Francisco Pizarro. Soy feliz en Los Reyes Rojos, en La Tarumba, en mi casa. Cuando voy a El Carmen voy a ver el pasado, voy a dormir, y los olores… soy una persona de olores, que me llevan a encontrarme con el pasado.

— ¿A qué olía tu madre?
A leche materna, todo el tiempo.

— Has hablado de racismo. ¿Qué hay de racista en ti?
Sí lo hay. Un chamán me dijo que me iban a buscar mujeres con pelo brillante. Y yo siempre decía por mí: “Este hombre estuvo con pura gringa”, pero de pronto reviso y no, no todas han sido gringas, y quizá eso hay de racista, que siempre creí que mi preferencia de mujer eran las gringas, pero no. Ese racismo en mí es un error, contra mí mismo, y eso me vuelve triste. Quizá lo de La Tiendecita Blanca yo también lo hice con alguien, pero ya pagué… ya pagué.

— Eres muy espiritual.
Sí, estoy conectado con toda mi espiritualidad, y eso no me lo quita nadie, también es una herencia.

— Dices que hablas con los muertos.
También.

— ¿O estás un poco loco?
También.

— ¿Hay que estar loco para escuchar a los muertos?
No, hay que estar loco para no seguir hablando con ellos. Ellos vienen cuando tú quieres que vengan, y si me pides que hable con alguien que ya no está, yo lo hago. Ese es mi gran don.

— Como tu padre.
Sí, en Cuba, un ‘babalao’ me dijo que tengo que ir allá para hacerme santo porque poco a poco voy a ir perdiendo algunas cosas, y ves que ahora se enferman los animales, mi perro, pasa cualquier cosa. Antes criaba gallos, conejos, pavos, y ahí, en los animales, se iba todo, luego los fríes y te los comes en chicharrón y listo.

— ¿Crees en el cielo?
Yo creo que el cielo es lo más hermoso que vives acá mismo. Una vez muerto ya no hay nada, yo creo en eso, y mi padre está en ese espacio donde no hay nada, y yo le pongo un cigarro, un tutuma, flores, una misa, en eso creo yo.

— Estás enamorado. ¿Cómo se vive el amor pasados los cincuenta, con más cautela?
Se vive religiosamente porque tienes que ir a ese santo y a ningún otro.

— Ningún pasado es mejor que el presente, has dicho.
Es así, pero respeto el amor del pasado. El amor hay, se va, y si cambias no es cambiar llanta, sufres y lloras, pero no te trates de suicidar porque eso está mal, llora nomás. Yo llorando he sido muy bueno, y he hecho llorar también. Yo lloro en baños, escondido.

— ¿Cuál es tu mayor miedo sobre lo que le toca vivir a tus hijas?
Mi mayor miedo es que no sepan quiénes son, que se sientan perdidas, que pierdan identidad, que no sepan de dónde vienen.

— Que es una forma de ser apátrida.
Exactamente, y lo digo porque son mezcladas, de papá negro y mamá blanca, o sea, son sacalagua. Ese es mi mayor miedo.

— Siendo director musical de La Tarumba, ¿cuál dirías que es la influencia de la música afroperuana en el circo?
Fernando Zevallos y Estela Paredes, directores de La Tarumba, reivindicaron a esta cultura que antes no era reconocida como tal, y metieron a esta negritud al circo, primero en un espacio en Miraflores y en los parques, y ya luego en una carpa, que ni yo creía que podía ser posible, porque yo venía del campo, donde no había muchas cosas posibles… Y vamos a seguir buscando los espacios de la cultura afroperuana representada por esta familia Ballumbrosio en la que muchas veces se sienten muy señalados cuando les dicen afroperuanos. No quieren ser afroperuanos. Quieren ser Ballumbrosio nomás. Humanos.

5/6/2017

Chebo Ballumbrosio: “Soy un músico que representa su tradición: la tradición negra”