Entrevista
Por Martín López-Vega, para elcultural.es

Javier Reverte, de vuelta al Amazonas

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La última vez que hablamos con el viajero Javier Reverte (Madrid, 1944) le preguntamos que a dónde iría con la maleta que estaba cerrando. Nos dijo que al Amazonas, y no nos engañó: ahora presenta El río de la desolación. Un viaje por el Amazonas (Areté), relato de un viaje con malaria incluida. Pero seguirá andando, y escribiendo sus crónicas en las que convierte lo exótico en cotidiano

¿Se ha repuesto ya del todo de su encuentro con el mosquito anófeles?
Me ha costado casi dos años recuperar mi tono vital, pero creo que soy más feo ahora que antes de la picadura.

Qué curioso que el tal mosquito tenga nombre como de filósofo griego…
He decidido por mi cuenta que anófeles viene del latín y que quiere decir algo así como “cosecha de amargura”.

¿En qué se diferencia el Amazonas del río de Heráclito?
En que es mejor no intentar bañarse ni una sola vez en él.

Incluso con malaria, seguro que sus alucinaciones fueron viajeras…
Lo malo es que viajaba hacia la muerte. Y encima no me importaba.

Como escribió Humboldt ¿en el Amazonas el hombre no es nada?
No sólo en el Amazonas. No somos nada salvo en el impulso ético. Y eso es algo que pronto dejará de estar de moda.

Decía un proverbio portugués del XVI que “no existe el pecado más allá del Ecuador”…
Ya no existe, ni siquiera más arriba de Ecuador: por ejemplo, en el Despacho Oval de George Bush.

¿Con qué se sueña durmiendo a bordo, en una de esas hamacas rodeado de otros durmientes?
Sueñas con música porque el ritmo del río te mece y te hace bailar. Y no hay nada más hermoso que soñar con música, en serio. La mía era un vals.

¿Qué cosas del “progreso” le vendrían bien al Amazonas y cuáles no deberían llegar jamás?

Le vendría bien la aplicación de la Carta de los Derechos Humanos. Le sobran los conservacionistas que quieren convertirlo en una reserva en la que sobrevivan las gentes miserables sin derecho al progreso, como si fueran osos panda.

Por cierto, esa foto del hijo de António “o careca” con la bolsa de El Corte Inglés… Explíquenos…
Le juro que no me había dado cuenta hasta escuchar su pregunta. Creo que había dentro unos bocadillos y era una de las bolsas que me había llevado al viaje desde Madrid para la ropa sucia. Es como un símbolo: ¿por qué no ha de tener derecho un mestizo amazónico a comprar en El Cortés Inglés y a que le devuelvan el dinero al día siguiente si no le gusta el producto?

¿Echa de menos el consultorio erótico de Gisela en El Popular?
Era un consultorio genial el de aquella revista amazónica. Porque Gisela no arreglaba nada, sólo certificaba lo evidente. O sea: que si no ligas, pues no ligas.

Me imagino que le vendría a la mente la memoria de los conquistadores… ¿Qué se puede conquistar hoy en el Amazonas?
La avaricia humana tiene en el río y su cuenca muchos bienes naturales aún por conquistar y explotar. Pero a mí me gustaría que la gente de allá conquistase de una vez su derecho a la dignidad, algo que le niegan los gobiernos y las empresas explotadores.

¿Y qué es lo que le conquista a uno?
El jaleo de la Naturaleza: la vida se mete en tus entrañas a través de los sentidos, del aire, de los ruidos, de los olores, del tacto… Pero la muerte hace lo mismo, eso es lo malo.

Eso de copiar la receta de los jíbaros para reducir cabezas… ¿Se usan hoy formas más sutiles para reducir cerebros?

Nunca en el Amazonas. Para eso están Europa y los Estados Unidos.

El buen viajero  ¿escoge siempre el camino más largo? 
Es el único camino que merece la pena. El más corto sólo lleva a la cuadra.

Dice que el mérito del ser humano es haber llenado el mundo de poesía. ¿Cuál es el verso del Amazonas?
“Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar…”. Ya sabe usted el resto.

¿A qué se parece la marea baja en Belém do Pará?

Es como el escenario de un campo de batalla cuando la lucha ha terminado: olor a podrido y buitres.

¿Qué momento del viaje escogería?
El momento de subir a un barco, extender mi hamaca en cubierta y esperar al silbido de la sirena que anuncia la partida hacia un lugar que no conozco.

Perdone la indiscreción pero… ¿se topó usted con alguna verdadera amazona?

 Tal vez, pero no suelo fijarme en las mujeres con pinta de guerreras. Me gustan las dulces, las que marcan hoyitos en la mejillas al sonreír. Y no hay muchas, no crea.

Dice que cree en el alma de los ríos. ¿Cómo es el alma del Amazonas?
Carnívora, hermafrodita, engañosa, pérfida y tan atrayente como el pecado.

En el río Congo casi le matan, en el Amazonas casi se muere… 
Mi familia insiste en que no vaya más allá del Manzanares. Pero ya veremos. ¿Qué me sucedería si bebo del agua del Manzanares?

¿Está usted de acuerdo con aquel adagio latino que decía que “vivir no es necesario, navegar sí”?
Completamente. Navegar, además, es mucho menos aburrido que la vida. Y aburrirse es la peor de las experiencias.