Entrevista
Por Gabriela Wiener para La República

Marco Avilés: “Un cholo que conoce la riqueza de su origen es un cholo vanguardista”

DOSU-MARCO-NUEVA-AVILES

Marco Avilés vuelve a Lima para presentar en la Feria del Libro su última criatura: De dónde venimos los cholos, una introspección muy suya sobre la choledad, esa dualidad estigma-estima que padecemos -sobre todo- los peruanos que poblamos las grandes ciudades. Avilés, curtido cronista de indias, colaborador en algún momento en la revista Viajeros, es un escritor fino y muy agudo; en esta casa lo estimamos y lo leemos siempre. Los dejo con esta entrevista de la siempre enterada Gabriela Wiener, otro de nuestros referentes en materia de prosa bien elaborada.

El padre, la madre y el pequeño Marco de dos años viajan por las terroríficas carreteras de la sierra del Perú; su padre conduce borracho, el carro se estrella, la madre muere, el niño lo mira todo, el rostro ensangrentado de su padre vivo y el cadáver de su madre al fondo del barranco. En esa primera escena parece estar al menos una de las respuestas a la pregunta que plantea el libro De dónde venimos los cholos. “Cada familia tiene su propio mito de origen”, dice el periodista y escritor Marco Avilés, más de treinta años después de aquel suceso. “Para la mía, aquel accidente de carretera fue el Big Bang. Mi madre murió. Mi padre decidió jamás volver a beber. Nos mudamos. En Lima se acabó el paraíso, la inocencia y la infancia”. Avilés es parte de la masa de migrantes, los cholos de la urbe y sus hijos que repoblaron y transformaron Lima para siempre. La gran mayoría de limeños venimos, al menos en parte, de ese movimiento, del interior al exterior, del campo a la metrópoli, y nuestro destino es perdernos y encontrarnos en este laberinto de la choledad, sin anestesia. “La gente de la sierra, como nosotros, era escoria. Marco AcSer cholo es desquiciante. Cantas el Himno Nacional como todos en la escuela, pero algunos te dirán: Vuelve a tus montañas, guanaco. En los Andes, el alcohol es una epidemia y los carros se caen de las montañas cada día, pero, para mí, puede ser un lugar más civilizado y amable con los individuos que la ciudad”. Pese a que el libro tiene momento de autorreferencia fundamentales, Avilés declara que el libro no trata de sí mismo ni de los migrantes, sino de los que nunca se fueron de la sierra o la selva y de sus razones para quedarse.

Entonces, ¿de dónde venimos los cholos, así, en tercera persona del plural?

Los cholos vienen de donde vienen todos: de sus padres y de sus abuelos. Su problema es que en las ciudades no los aceptan como son, con su pasado y su piel, y la cultura dominante los obliga a renunciar a lo más preciado: sus biografías. Por eso, el cholo exitoso es el que se blanquea olvidando de dónde viene: el que tiene la empresa, el carrazo y juerguea con la gentita, como Toledo, en cuyo discurso el cholo es un pobre que muere de hambre. Un cholo que conoce la riqueza de su origen es un cholo vanguardista, como Vallejo, que sabía de dónde venía y, sobre todo, a dónde iba.

En tu libro cuentas las típicas anécdotas de la discriminación en el colegio o la de la discoteca en la que no te dejan entrar. Cuántos peruanos podemos hablar de lo mismo. ¿Funciona este libro como catarsis personal en la que otros pueden encontrar su reflejo y también liberación?

Una noche no me dejaron entrar a una discoteca con el típico rollito: Esta es una fiesta privada. Nunca me había ocurrido nada así aunque, como peruano, sabes que eso pasa todos los días. Escribí una carta –«Señores de La Sede: vayan a segregar a la puta que los parió»– y la envié a un diario, con mucha vergüenza, pues pensaba, oh, qué van a decir de mí, se van a burlar, me van a compadecer. Pero cuando la vi impresa con todas sus letras, sí, fue endemoniadamente liberador; y más aún cuando ese local cerró. Eso fue antes de Facebook y creo que ahora la gente está expresando con mucha más frecuencia sus experiencias cholas. Pero nada de esto se convierte aún en política, ni en una mejor cultura cívica.

Soy cholo. Soy un indio como mi abuela. Finalmente lo dices. ¿Qué significa para nuestra identidad este tipo de autoafirmaciones?

El Perú es un país multicultural, se dice con el tonito publicitario marca Perú, y al rato ves un spot donde una aldea baila ante los turistas. Lo multicultural parece un show. Pero en una dimensión íntima esa palabrita quizá significa que tu padre fue hijo de una indígena de Huancarama, y tu madre, hija de dos hacendados, de Ccapacmarca, y que allí, en esa unión, hay una historia de amor que nadie más que tú puede contar.

En el libro dices que vas a contar las historias de los cholos que nunca se fueron. Sin embargo, hay cierta idea de que los cholos son precisamente los “indios de la ciudad”. ¿Por qué eliges precisamente esas historias del libro, en el interior del Perú, el Takanakuy, las jugadoras de fútbol, para explicar nuestra choledad?

Mi padre era mestizo bilingüe, hijo de blanco e india, y vivió casi toda su vida en la sierra. Le encantaban los carnavales y moría por la cancha con queso. Para un limeño tradicional, debía ser un cholo. Sin embargo, él jamás se habría considerado así. Para él, un cholo era el indígena que chaccha su coca. Es loco, ¿no? Lo cholo tiene que ver con piel, geografía y también con clase social. Por eso los cholos cholean a los que consideran sus inferiores.

¿Y la comida por qué, otra vez, es un tema?

¿Y por qué no? La obsesión es antigua. Los incas expandieron su imperio imponiendo el quechua, el culto al sol y su manera de comer. Un país es un grupo de gente que puede entenderse a la hora de comer. Esa idea romántica está en nuestra mentalidad de peruanos. Por eso, cuando viajas de costa a selva, siempre hallarás detalles que te harán sentir en casa a la hora del almuerzo, aunque tus anfitriones hablen otro idioma y coman gusanos o cangrejos.

Fuiste periodista de planta, editor de Etiqueta Negra y luego tu propio jefe como emprendedor de medios. Desde hace un tiempo, sin embargo, empiezas a dar señales algo equívocas: solo escribes sobre tu perro y sobre tu choledad. Te mudas a Maine, te casas, te llevas a tu perro… ¿Eso significa, intuimos, que eres feliz? Explícanos ese proceso vital.

Maine es un estado lindo, lleno de bosques y lagunas, pero no me mudé aquí para fotografiar paisajes sino porque estaba harto de mi vida anterior: de Lima y su caos, del periodismo y sus salarios, de mi empresa y el estrés. Mi vida de falso burgués estaba matando al escritor que siempre quise ser. Así que lo dejé todo para comenzar de cero en este país. En estos dos años a ras del suelo he llorado como nunca antes, pero también he redescubierto la felicidad de escribir sobre mí, como un reportero de mi propia vida. Creo que mi próximo libro serán mis diarios de estos dos años de pinche.