Entrevista
Por Bernardo Gutiérrez

Sidney Possuelo, un héroe de nuestro tiemp

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Durante cinco décadas ha batallado para proteger a los pueblos aislados del Amazonas. La furia deja paso a frases bucólicas. La rabia, a la dulzura de un niño. Basta invocar la selva para que entregue a la ternura. Sidney Possuelo (Sao Pulo, 1940) es uno de los grandes exploradores vivos. Ha sobrevivido a ataques de […]

Durante cinco décadas ha batallado para proteger a los pueblos aislados del Amazonas. La furia deja paso a frases bucólicas. La rabia, a la dulzura de un niño. Basta invocar la selva para que entregue a la ternura. Sidney Possuelo (Sao Pulo, 1940) es uno de los grandes exploradores vivos. Ha sobrevivido a ataques de jaguares y a docenas de picaduras de serpientes venenosas. Perdió a cuenta de las veces que tuvo malaria. Fue secuestrado por los indios kayapó. La revista Time lo definió como“héroe del planeta”. Y las mismísimas Naciones Unidas lo consideraron como uno de los “héroes desconocidos del diálogo”.Pese a tales reconocimientos no ha perdido su humildad.

Sidndey Possuelo se enredó en la Amazonía casi sin darse cuenta, de la mano de los más célebres indigenistas brasileños, los hermanos Vila Boas, artífices del nacimiento del Parque Nacional Indígena do Xingú en 1961 –la primera tierra oficialmente “indígena” de Brasil- y de la Fundación Nacional del Indio (FUNAI). De la noche a la mañana, se convirtió en sertanista, como se designa a los encargados de contactar con indígenas aislados. Y contactó con culturas como los arará, parakana, awá gualá, mayá o korubo, pero no pasará a la historia por ello. Su gran legado es cambiar la “mentalidad civilizadora”: gracias a él, la FUNAI tiene hoy un Departamento de Indios Aislados. Paradójicamente, el presidente Lula da Silva lo despidió en el 2006. retirado en Brasilia, Sidney Possuelo atiende a ALTAÎR.

¿Cómo empezó todo?
No por amor a la Amazonía ni a los indígenas. De adolescente, estaba deseando tener aventuras. Y en Brasil, aventura es sinónimo de Amazonía. Por eso me acerqué a los hermanos Vila Boas, a quienes admiraba muchísimo.

¿Por qué los mayores indigenistas del país eran sus ídolos?
Los veía como héroes, haciendo expediciones, descubriendo tribus…Un día conocí a Orlando en Sao Paulo y lo convencí para que me llevase con él. Yo tenía diecinueve años cuando acudí por primera vez al parque indígena del Xingú. Y ahí comenzó todo.

¿Cómo se fue implicando con los pueblos indígenas?
El Servicio de Protección al Indio (SPI), que fundó el mariscal Rondón en 1910, terminó con una trágica historia de corrupción. En 1967 se creó la Fundación Nacional del Indio (FUNAI) para proteger a los pueblos indígenas, en sustitución del SPI. Hice un curso de técnico indigenista en Brasilia y entré en ella. Así me convertí en unsertanista, palabra que deriva de sertâo (selva). El sertanista es un conocedor de la selva, un especialista en asuntos indígenas. Claro que te “licencias” después de mucho tiempo de selva…

Sertanista se usa como sinónimo de la persona que hace el primer contacto con tribus aisladas…
El mariscal Rondón sistematizó el contacto con los indígenas, introduciendo una relación diferente con ellos. No los espantaba; no llegaba imponiendo ideas ni un estilo de vida. Los trataba con dignidad. Los veía como sus iguales.

Durante las décadas de 1950 y 1960, la forma de hacer contacto con los indígenas se volvió cruel y violenta. Usted cambió la mentalidad de la FUNAI. ¿Por qué?
Tuve mucha influencia de Rondón y de los Villa Boas. En los años setenta, el Gobierno empezó a construir grandes autopistas, y encontraba indígenas. Entonces reunían a nosotros, a los sertanistas, para mediar con los indios. Hacíamos el contacto y eso facilitaba la creación de las infraestructuras. Pero el Gobierno y yo, que trabajaba para ellos, estábamos equivocados: el contacto priva al indio de la protección. La Amazonía a la distancia, en cambio, los protege. Aquellos hombres desnudos caen de repente en un sistema de vida absolutamente diferente. De golpe, se les lanza al siglo XX y se les exige un comportamiento civilizado.

Después de contactar a tribus como los arará o los korubo, ¿qué problema surgieron para ellos?
Muchos. Varios grupos–aunque no estos- desaparecieron, y los que sobreviven es con una gran pérdida de autonomía, lenguas o tradicionales. Introdujimos el cuchillo o la ropa sin que estuviesen preparados, y se creó una dependencia económica. Por eso intenté que se respetase la decisión de los pueblos indígenas de estar“lejos”.

¿Fue entonces cuando creó el Departamento de Indios Aislados?
Vi que debíamos limitarnos a demarcar las tierras físicamente, a declarar un territorio como“indígena” con leyes. Pero solo eso, no intentar que formasen parte de nuestro mundo o construirles una carretera en su tierra. Y dejarlos vivir. Había que cambiar la política, no hacer más contactos. Conseguí que me escuchasen. Creamos el departamento, y unas normas que todavía se siguen y son una referencia internacional. Lo considero uno de mis mayores logros.

¿Qué cambió entonces?
Empezamos a proteger el medio ambiente, a dejarlos vivir, a respetar tradiciones. Los contactos de indígenas con blancos siempre fueron calamitosos: peleas, muertes, enfermedades…por eso se fueron internando cada vez más en la selva.

Las demarcaciones siempre son conflictivas, como la Tierra Indígena Raposa do Sol, en Roraima, promesa electoral de Lula. Los invasores del territorio indígena aparecían en los telediarios como héroes.

Fue un drama terrible. Mi último acto como presidente de la FUNAI fue reconocer la tierra demarcada como continua, sin islas de blancos. La demarcación de la tierra Yanomami, la primera “gran tierra”, fue un símbolo. Y una odisea. Todos estaban en mi contra en esa época: los garimpeiros (buscadores de oro), los devastadores, la sociedad…En un año, conseguí duplicar la superficie de tierra indígena de Brasil. De 500,000 kilómetros cuadrados pasó a más de un millón. Pero muchas veces es papel mojado. Los que viven dentro de las tierras indígenas demarcadas recurren a la justicia, intentan anular la demarcación o postergan su permanencia al máximo. Hay casos que llevan más de veinte años en los tribunales. ¡Es una aberración!

Fue despedido de la FUNAI por el Gobierno de un presidente supuestamente progresista, Lula da Silva. ¿Qué pasó?
Yo nunca me afilié a ningún partido, para tener opiniones propias. Pero voté a Lula todas las veces. Tenía la esperanza de que un trabajador, un mecánico preso por la dictadura, llegase a ser nuestro Mandela. Pero retrasó demasiado las acciones y empecé a desconfiar. Estamos en deuda con los pueblos indígenas. Les quitamos casi todo. Y el gobierno casi nunca cumple sus promesas.

¿Qué hizo Lula que le molestó tanto?
El Gobierno de Lula fue lamentable desde el principio, y ha seguido el mismo camino, de espaldas a la naturaleza y a los pueblos indígenas. Estos cada vez están más presionados por el agronegocio, las hidroeléctricas, las carreteras…

El planteamiento de Lula es limitado, según usted.
La visión de las izquierdas, en general, es de un progreso a cualquier precio. Los indígenas siempre fueron una traba para el progreso y la civilización. No es solo Lula, las izquierdas son así. Aunque sientan simpatía por el indio, la adopción de medidas es muy difícil. Me fui porque no quería permanecer como presidente de un órgano que no produjese resultados.

En el ámbito indígena, ¿hay diferencias entre la Bolivia de Evo Morales o el Ecuador de Correa, y el Brasil de Lula?
El indio todavía es un ser extraño para todos esos Estados. Pero hay diferencias entre ellos. Evo Morales ha avanzado bastante, Perú, no; hay empresas petroleras que están afectando la vida de los pueblos aislados. Al final, todos los gobiernos se rinden a la necesidad de crecer, de explotar petróleo, de destruir la selva. Es un virus que penetra en los gobiernos y en nuestra cabeza, está dentro de cada uno de nosotros.

¿Virus?
Necesitamos producir: más industria, más coches. Se habla de energía, de minerales, pero no de naturaleza. Los llamados pueblos primitivos tienen más armonía entre hombres y naturaleza, y entre hombres y hombres. Ellos, simplemente, pertenecen al mundo y se conforman con lo que tienen. Y las cosas se renuevan en una progresión lenta. Sus transformaciones s veces duran milenios. Si la felicidad humana pudiese ser medida por la capacidad de sonreír, ellos están muy por delante.
¿Qué piensan los indios de la cultura occidental?
Francisco Mereilles, un sertanista más viejo que yo, me contó que llevó a algunos indios xavantes a Río de Janeiro. Querían ver los huertos de donde venía tanta comida. Él los acompañó al mercado al por mayor de frutas y verduras. Quedaron impactados porque había mendigos que se peleaban por comida media podrida. Los xavantes dijeron: “No sé cómo, siendo tan ricos, permiten que haya gente comiendo alimentos podridos”.

Explíqueme más detalles del trabajo del sertanista. ¿Cómo se hace el contacto?
Es duro. La distancia, el calor, los animales que te muerden, caimanes, amenazas permanentes…A veces los indígenas defienden su territorio de forma violenta…Pero la selva es un lugar que te permite soñar. Hay parajes de extrema belleza, que nadie ha pisado nunca, y te hacen olvidar el peligro. La sensación de penetrar en un lugar virgen y vivir dentro de él sin alterarlo es insuperable.

¿Cuánto tiempo llegó a permanecer en la jungla sin abandonarla?Catorce meses en el parque del Xingú, durante los que no hablé con nadie ajeno a la selva. La mayor parte del tiempo vivía con animales: un papagayo, un armadillo, una perra….Estaba yo solo con los bichos, en una pequeña cabaña al lado del río. La aldea estaba a dos kilómetros.

Siempre criticó bastante a los misioneros, ¿Por qué?
Bueno, es peligroso descalificar a todos los misioneros, pero a mí la idea de evangelizar no me gusta. Implica una falta de respeto hacia los pueblos indígenas.

¿Qué opina del trabajo de la Comisión Pastoral de la Tierra, de padres católicos como Pere Casaldàliga?
Encuentras personas fantásticas, como Casaldàliga, siento un gran respeto por él. Pero los católicos hicieron grandes “cagadas” a lo largo de la historia. Nuestro mundo es muy arrogante. Pensamos que lo arreglamos todo, que nuestra mentalidad y nuestras costumbres son las mejores, y salvan a todos los pueblos. Sin embargo, nuestro Dios no resuelve: a menudo hiere, mata, lo estropea todo. Además, anula a los héroes de la mitología indígena. Ellos no tienen dios, pero su universo es más rico. Tienen héroes transformadores -él que hizo el día, el de la noche…-y conocimientos milenarios.

Al abandonar la FUNAI, fundó el Instituto Indigenista Brasileño. ¿Qué proyectos tiene entre manos?
Queremos seguir protegiendo a los pueblos indígenas, pero la crisis lo ha paralizado todo. Estamos esperando un tiempo para captar fondos para una expedición.