Esclavitud y utopía: las guerras y sueños de un transformador del mundo asháninka / Fernando Santos Granero

El libro del antropólogo Fernando Santos Granero, investigador senior del Instituto Smithsonian de Panamá sobre la vida y la lucha de un tasorentsi o “transformador del mundo” asháninka, un iluminado, un chamán, digámoslo desde un inicio, que abrazó el protestantismo para liderar un potente movimiento indígena contra el Estado peruano al despuntar el siglo XX, introduce un necesario aire fresco en los estudios históricos y antropológicos que dan cuenta en nuestro país de la ocupación occidental  y la resistencia de los pueblos originarios de la Amazonía del Perú que nos toca celebrar  por su singularidad y rigor.

En efecto, Santos Granero, reconocido estudioso del pueblo amuesha y autor de importantes trabajos de etnografía amazónica, descubre en el pulcrísimo libro que puso en circulación el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) el año pasado , cuya versión en inglés había sido publicada en el 2018 por la Universidad de Texas, la presencia en nuestra historia regional de José Carlos Amaringo Chico (1875-1958), Tasorentsi, un indígena de la selva central, presumiblemente asháninka, que supo ponerse al frente de dos importantes revueltas populares contra los excesos de los patrones gomeros en un territorio de la selva central poblado por indígenas asháninkas, yaneshas y yines.

La historia del hallazgo de Tasorentsi, un “antisistema” cuya rebeldía puede compararse con la de Juan Santos Atahualpa, la narra el propio autor de este singular rastreo histórico y antropológico en las primeras páginas de su trabajo. Santos Granero refiere que un estudiante polaco al que había asistido en un coloquio de antropología fue quien le envío las notas del libro “En la Amazonía y el oriente peruano” escrito por Myeczyslaw B. Lepecki, un oficial al servicio del gobierno de Polonia que recorrió en 1928 durante diez meses las tierras del Alto Ucayali, donde se menciona de soslayo la existencia de un líder carismático -y levantisco- venerado entonces por conibos, asháninkas, yines y amahuacas.

Decidido a conocer más detalles sobre la existencia de este personaje y sus implicancias en la historiografía regional, y seguro de que las menciones de Lepecki no traslucían la misma subjetividad de los relatos pergeñados por una clase de viajeros interesados en publicar historias exóticas, Santos Granero se introduce en los archivos de la Biblioteca Nacional para revisar la colección de periódicos de la época y rastrear al insólito y desgarbado hombrecillo que  se escondía tras el apelativo de Tasulinchi, llamado de esa manera por el capitán Lepecki que lo entrevista en el lejanísimo caserío de Cheni, en el valle del río Tambo.

Santos Granero encuentra en los repositorios de Lima datos singulares (y hasta cierto punto fabulosos) sobre dos levantamientos  indígenas en las selvas del Alto y Bajo Urubamba, la región donde también se hallaba el territorio entregado por el Estado peruano a la Peruvian Corporation, la compañía  británica propietaria de más de dos millones de hectáreas en virtud al contrato Grace firmado por el presidente Cáceres al término de la guerra del Pacífico, un espacio físico, es necesario mencionarlo, donde se habían hecho fuertes la explotación gomera, el abuso y las exacciones a la población originaria y el tráfico consuetudinario de esclavos indígenas.

Las dos revueltas que descubre, la que se inició en el año 1912 y la de setiembre de 1915, el levantamiento multiétnico que puso a raya por varios años a los barones de la goma y a sus adláteres de la región –los Francchini, los Vargas, los Fitzcarrald, los Delgado, entre otros-  tuvieron como líder indiscutible a este Tasorentsi, el enigmático predicador asháninka que dominaba perfectamente el yine, el asháninka y el castellano y que se presume había nacido en los bosques bañados por el río Manu o quien sabe en el Bajo Urubamba. Y que fue considerado por los habitantes de una extensa región de la Amazonía peruana como “un todopoderoso soplador transformador del mundo”. Una figura muy cercana a las omnipotentes deidades que moraban en el olimpo asháninka.

La biografía de José Amaringo Chico, Tasorentsi, está nimbada por los extremos como la de Lurgio Gavilán, el soldado desconocido que parió la guerra de Sendero Luminoso contra el estado peruano que dio cuenta otro éxito editorial del Instituto de Estudios Peruanos. De joven, capitoste de los esclavistas dueños en la práctica de la vida de los hombres y mujeres de estas maniguas;  de mayor, feroz enemigo de los traficantes de niños y niñas en los territorios de sus ancestros y también líder absoluto de un alzamiento que segó la vida en solo tres meses, de acuerdo a la prensa de Lima, de más de 500 blancos y mestizos.En el interregno de su larga vida, Tasorentsi fue también portavoz de una facción heterodoxa de la Iglesia Adventista de los Últimos Días que se aupó bajo la férula del misionero norteamericano Ferdinand Stahl, otro personaje de polendas. Todo eso además de chamán en legítimo uso de la farmacopea amazónica, planta de la ayahuasca incluida, y padre de una numerosa prole dispersa en un territorio inabarcable.

La insurgencia de este personaje en la nueva historia amazónica, su necesaria visibilización, va a cambiar de raíz la visión que tenemos de una región estrechamente vinculada, pese a lo que se dice, a la economía nacional, desde siempre ligada a los extractivismos y al uso abusivo de los recursos de la tierra que estuvo poblada por hacendados sedientos de dinero, poblaciones que aceptaron sin chistar el “pacto gomero” y disidentes de todos los pelambres como el misterioso Francisco el Chino, el hijo de un inmigrante asiático con una asháninka que lideró uno de los ataques a las haciendas destruidas durante el alzamiento de 1915 o Emeterio Cruzate, un ilusionista afroperuano, chalaco, que predicó como Amaringo Chico el adventismo en las aldeas indígenas.

La gesta de Tasorentsi, lo atestigua Santos Granero, contó con el apoyo de los pueblos amazónicos que vieron en el insurgente al dios redentor que estaban esperando, como una suerte de Inkarri, para restablecer el orden avasallado por la invasión occidental.

Tasorentsi no ganó la guerra, la perdió, constata Santos Granero. No pudo poner en jaque al sistema esclavista como lo hiciera Juan Santos Atahualpa, su némesis, en 1742. Lo suyo fue un conato de una guerra interminable que se selló con un repliegue táctico que le permitió al líder indígena vivir más de la cuenta en una región donde la muerte era/es lo cotidiano y las rebeldías, todas, se pagan con suplicios inauditos o con el asesinato vil.

Esa osadía es tal vez lo que lo ha mantenido al margen de la historia oficial y también lejos de la historia de los vencidos. A esa conclusión llega Santos Granero al evaluar la rebeldía de yaneshas, conibos, asháninkas, yines, machiguengas y amahuacas que “armados con rifles, arreos y macanas” trataron, de manera concertada, de acabar con las inequidades sociales y la esclavitud impulsada desde los centros de poder. Y a esta otra: el ostracismo al que fue sometido el Tasorentsi en la historiografía misionera, la católica y la adventista, se debe a la visión indigenizada de su particular manera de entender el evangelio, un “adventismo chamanizado” por decirlo de manera veraz que  imprimió a su prédica el indio bravo escondido bajo el alias de José Amaringo Chico, un transformador del mundo asháninka muerto a los 83 años en el caserío de Shahuaya donde vivía en feliz retiro y  cuyo cuerpo, como el del inmortal Juan Santos Atahualpa, nadie sabe a ciencia cierta dónde fue a parar.

Esclavitud y utopía: las guerras y sueños de un transformador del mundo asháninka
Instituto de Estudios Peruanos, 2020
410 páginas