In memoriam: Carmen Soto, bióloga de Inkaterra

Mi opinión

Carmen Soto, cusqueña, bióloga de campo al cien por ciento, era una enamorada de la vida que exudan los bosques de neblina de Machu Picchu. Tuve el honor, la inmensa fortuna de conocerla, de recorrer con ella los jardines del majestuoso Inkaterra Machu Picchu Pueblo Hotel el lugar en el mundo que había elegido para amar con intensidad el planeta que estamos destruyendo de a pocos y sentirse en comunión, en plácida sintonía con los apus que reverenciaron sus mayores y los espíritus de la floresta amazónica. Su partida enluta al movimiento conservacionista y nos deja sin la peruanista sin máculas que hizo de su vida un magisterio y de su oficio un arma contundente para sembrar esperanzas.

Sus amigos, los que alguna vez cayeron rendidos bajo su influjo y su don de gentes, la han recordado con infinita gratitud en diferentes espacios y en las redes sociales que impulsamos desde el Grupo Viajeros. Oscar Vilca, conocido ilustrador de flora y fauna silvestre del Perú, recordó que la bióloga lo acompañó durante los días que daba sus primeras pinceladas como naturalista en las instalaciones del hotel de Joe Koechlin quien la tuvo entre sus colaboradores más cercanos durante más de veinte años. “Su legado seguirá inspirando a quienes la conocimos”, lo comentó en el newsletter de su institución al lado de una noticia que daba cuenta de la participación de la científica en la elaboración de los dos volúmenes del libro “Machu Picchu: investigaciones interdisciplinarias” que acaba de editar el Ministerio de Cultura.

Carmen se desempeñó como bióloga residente en el Inkaterra del distrito de Machu Picchu donde se dio el tiempo para recibir con similar calidez a investigadores como la profesora del Gettysburg College de Pensilvania Alex Trillo, que la recuerda “como una mujer increíble que la recibió con los brazos abiertos y nos enseñó [a ella y a su esposo el científico Michael Caldwell] muchísimo” como a periodistas del medio. El testimonio del escritor y periodista Jaime Bedoya de paso por los fueros de la investigadora, que estamos incluyendo al final de esta nota, es de suyo elocuente.

Al referirse al guiado que había recibido de parte de la estudiosa Bedoya comentó en una de sus consultadas columnas de opinión en el diario El Comercio lo siguiente: “En apenas veinte minutos, la bióloga había compartido veinte años de experiencia y afecto en esas cinco hectáreas de bosque en Aguas Calientes. No lo quiso decir, pero entre las más de 370 especies de orquídeas que atesoraba la reserva había una que llevaba su nombre en su honor, la Brachionidium carmeniae luer. Una orquídea que crece sobre los 3.000 metros de altura y produce una flor de apenas 1.5 cm de diámetro. Una flor pequeña y única como doña Carmen”.

Así era Carmen: una mujer coraje dispuesta a compartir con quienes la requerían el conocimiento enciclopédico que había ido adquiriendo durante los largos años de su “retiro” en un bosque lleno de vida que va a sentir su ausencia. Miembro del Comité de Gestión del Santuario Histórico Machu Picchu y de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), Carmen Soto Vargas dedicó gran parte de su ejercicio profesional al estudio de las orquídeas y mariposas de Machu Picchu así como a la investigación de la conducta de los osos de anteojos que habitan el santuario histórico. El periodista Jeronimo Centurion pudo retratar magníficamente su trabajo en uno de los reportajes que preparó para el recordado programa de televisión AmbienTV y que estamos incluyendo en esta nota.

Buen retorno a la tierra, Maestra, que su ejemplo y su servicio al planeta estimulen a los que viene, es necesario…

Lamentamos anunciar que nuestra bióloga residente de Inkaterra Machu Picchu Pueblo Hotel, Carmen Soto, falleció este 10 de febrero. “Querida tanto por investigadores, al igual que por colegas de trabajo y viajeros, los recorridos guiados por Carmen a través de los jardines del hotel serán echados de menos, y su legado seguirá inspirando a quienes la conocimos”, dijo José Koechlin, fundador de Inkaterra.

Pequeña, pero de un corazón enorme, Carmen siempre estuvo dispuesta a compartir los secretos del bosque de nubes andino, con genuino y desmedido entusiasmo hacia las aves, cuyos cantos lograba distinguir con su oído agudo. Cargando siempre una lupa para detenerse ante las orquídeas más diminutas, Carmen tenía un conocimiento enciclopédico sobre las 372 especies de orquídeas nativas halladas dentro de la propiedad, muchas de las cuales ayudó a describir como nuevas para la ciencia.

Graduada en Biología por la Universidad San Antonio Abad del Cusco, Carmen Soto fue miembro de Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y el Comité del Santuario Histórico de Machu Picchu. Carmen fue esencial para la alianza entre el Smithsonian Institution e Inkaterra Asociación, pues dirigía el Centro de Conservación del Oso Andino a beneficio de la única especie de oso de Sudamérica.

Su compromiso hacia Machu Picchu también se manifestó a través de los talleres que organizaba en las vacaciones de verano para los niños de la comunidad, a quienes consideraba embajadores del cuidado medioambiental.

En el año 2019, El Comercio publicó un encantador perfil acerca de la influencia de Carmen Soto en la conservación de aves, orquídeas y osos del bosque de nubes de Machu Picchu. “En apenas veinte minutos, la bióloga había compartido veinte años de experiencia y afecto”, escribió Jaime Bedoya. “No lo quiso decir, pero entre las más de 370 especies de orquídeas que atesoraba la reserva había una que llevaba su nombre en su honor, la Brachionidium carmeniae luer. Una orquídea que crece sobre los 3.000 metros de altura y produce una flor de apenas 1.5 cm de diámetro. Una flor pequeña y única como doña Carmen”.

En este link https://www.inkaterra.com/newsletters/2021/enero/publicacion_orquidea.pdf de puede en contrar una de sus publicaciones: “Orchids in the Historic Sanctuary of Machu Picchu”

Jaime Bedoya sobre Carmen Soto

El Santuario Histórico de Machupicchu ha enmudecido. Carmen Soto Vargas, la mujer que hablaba con aves y orquídeas, nos ha dejado. Una escolta de picaflores la guiará a un lugar mejor. Y una orquídea, la Brachionidium carmeniae luer, llevará su nombre para siempre. En su honor republicamos un perfil de esta bióloga que por corazón tenía un bosque. (Publicado originalmente en noviembre de 2019)

Hasta hace unos días cuando pensaba en animales admirables pensaba en aquellos físicamente imponentes, en los anatómicamente incuestionables, esos que representan un nivel superior de existencia. El tiburón, el tigre, un elefante. Jamás se me hubiera ocurrido pensar en un pajarito en esta categoría. (Menos en una flor). Hasta hace unos días.

Por mero acto de presencia me dispuse a participar en un recorrido para ver pajaritos, flores, y quizás dos osos, en la reserva natural que tiene Inkaterra en su hotel de Aguas Calientes. Los locales llaman Las Vegas cusqueño a Aguas Calientes, esa Babilonia andina con vía férrea donde impera la baratija al servicio del turista embobado con la perdida coherencia de Machu Picchu, ahora atribuida a ovnis.

Aguas Calientes, Cusco. (Foto: boletomachupicchu.com)
Aguas Calientes, Cusco. (Foto: boletomachupicchu.com)

Una mujer pequeñísima y gentil, con voz decididamente didáctica, empezó a hablar con contagioso cariño de la tierra que pisábamos. Era Carmen Soto, cusqueña y bióloga residente del lugar. Su dulce tono de voz no solo convocaba nuestra atención, sino también la de pequeños seres emplumados que cual parábola bíblica empezaban a arremolinarse a su alrededor. Podía ser una coincidencia. O un truco para turistas. Hasta que Carmen las empezó a llamar directamente diciendo pshhh pshhh pshhh. Y las aves le hacían caso. En cuestión de minutos no había nada más importante en este mundo que contemplar cómo masticaba una fruta la tangara de pecho gris o cómo el colibrí pechicastaño ejercía su territorialidad ahuyentando a colibrís manchados que se atrevieran a acercarse al néctar, o distinguir entre macho y hembra de la eufonia piquigruesa. Un microuniverso fascinante se revelaba en todo su esplendor autosuficiente.

Un sendero de helechos gigantes, como palmeras y nogales de verticalidad imponente, nos llevó luego a los predios de Kinay Pepe, los osos andinos que viven ahí en paz y refugio. Kina tenía once años. Seis desde que fuera rescatada de un circo en Arequipa. Pepe era un oso mayor, 32 años, de cejas blancas y la nariz cortada desde pequeño, abusado por sus hermanos. Los osos no sabían que había estresantes trenes cada quince minutos, ni más circos explotando animales. Solo prolijo cuidado hasta que pudieran volver a ser osos. Un macho tiene un área de influencia de 23 km². Son guardabosques naturales.

La visita terminaba con las orquídeas, una intoxicante sucesión de plantas fantásticas que en sus formas remedaban animales, objetos y hasta sexo en su imperativo afán polinizador: el cortejo entre el estambre y el pistilo aprendido en el colegio. Con una sonrisa y sin decir palabra, Carmen ofrecía una lupa. La maravilla reproductora quedaba magnificada en todo su derroche de hermosa lascivia.

Como la leyenda de Waqanki, la orquídea que llora. Se cuenta que la princesa Waqanki, separada de su amante guerrero se convierte en flor con forma de colibrí, de hojas que parecen alas y lágrimas a la vez. El amado, vuelto colibrí, la busca y besa, amparados por la privacidad calenturienta del bosque. Waqankiquiere decir ‘llorarás’ en quechua.

En apenas veinte minutos, la bióloga había compartido veinte años de experiencia y afecto en esas cinco hectáreas de bosque en Aguas Calientes. No lo quiso decir, pero entre las más de 370 especies de orquídeas que atesoraba la reserva había una que llevaba su nombre en su honor, la Brachionidium carmeniae luer. Una orquídea que crece sobre los 3.000 metros de altura y produce una flor de apenas 1.5 cm de diámetro. Una flor pequeña y única como doña Carmen.

Entré a ese bosque y ya no quiero salir de él. Especialmente ahora, a más de 1.200 kilómetros de distancia.