Invitado de la semana
Por Marco Aurelio Denegri para El Comercio

Aburrimiento y felicidad / Marco Aurelio Cisneros

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Siempre exacto Marco Aurelio. Ensimismarnos es una práctica necesaria para tomar distancia de la rutina y la vulgaridad de los días. Del acoso de lo inmediato y fútil. Que los hombres y mujeres de las sociedades modernas hayan dejado de practicar el inveterado vicio de estar con uno mismo describe con claridad meridiana el drama de nuestro tiempo.

Animales sociales en exceso, la intimidad es costumbre en extinción en nuestras urbes, estar con uno mismo se ha vuelto peligroso, no calza en el diseño aprobado. La intimidad que queremos, la que recibe el aplauso ciudadano, debe ser materia del escrutinio de todos, debe ser extimidad como acaba de señalar Dante Trujillo en una oportuna nota del renovado Dominical de El Comercio. Horrible, me resisto a aceptarlo.

Tanto el aburrimiento cuanto la búsqueda de la felicidad son fenómenos propios de la ciudad y de la urbe. En las culturas primitivas, esto es, en las culturas que no han conocido la Revolución Urbana, la gente no se aburre ni tampoco busca la felicidad. Lo que la mayoría de ciudadanos y urbícolas ha querido siempre y quiere ahora es el bienestar o un cierto bienestar, pero no la felicidad. Tampoco les ha preocupado el aburrimiento, porque la verdad es que nos comenzamos a aburrir muy tardíamente, con el advenimiento del Romanticismo, o sea a partir del siglo XIX. Sin embargo, en el último tercio del siglo XX, con la llegada de la Posmodernidad, nos comenzamos a desaburrir por la multiplicación incesante de estímulos y la creciente extraversión que iba caracterizando a los urbícolas y que permitiría el disfrute de una felicidad cibernética y digital.

Lo malo es que esta felicidad se logra a expensas de nuestro mundo interior, que inevitablemente se empobrece y reduce convirtiéndose generalmente en una dentrura insignificante.

Nunca, como ahora, ha habido tantos estímulos ni tantos medios para combatir el aburrimiento, y sin embargo, nunca ha habido tanta pobreza de vida interior ni han sido los seres humanos tan incapaces de ensimismarse o sumirse o recogerse en la propia intimidad, desentendiéndose del mundo exterior.

Lo opuesto al ensimismamiento es la   alteración o estado de inquieta atención a lo exterior, sin sosiego ni intimidad. Nuestra época es la más alterada y la menos ensimismada.

24/06/2015