Invitado de la semana
Por Miguel Gutiérrez Podestá

Bitácora de cocinero I: ¿Cocinero yo? / Miguel Gutiérrez Podestá

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Miguel Gutiérrez lanzó su blog www.todoayacucho en el 2008 a través de alguno de los tantos espacios que hemos ido creando en Viajeros. Entonces terminaba la universidad y ya tenía claro que lo suyo eran los viajes y las incursiones literarias por los territorios de su memoria personal y familiar. Luego de varios años de ir y venir por su Ayacucho natal, Miguel cruzó el charco para seguir batallando desde Paris y otras ciudades europeas. En la vieja Europa, lo sabemos por él, se desparrama el desarraigo patrio y la diáspora huamanguina. De eso y más hablan sus crónicas.

Tuve el honor de acompañarlo en la presentación limeña de “En el corazón de la montaña”, su opera prima y el privilegio de seguir su trabajo a la distancia.

Les dejo este texto suyo y la promesa de seguir publicando su trabajo. Es uno de los nuestros.

En setiembre del 2012 tuve que decidir si quedarme en Francia o volver al Perú. La soledad me obligó a meter la mano en la cocina donde solo la había metido un poco. Me mude a París en octubre de ese mismo año. Obligado, aprendí a dominar lo más elemental. Al cabo de algunos largos pestañeos logré sorprender a ciertos amigos franceses con un buen arroz. Al mismo tiempo trabajaba en restauración de estatuas en piedra y monumentos en altura en el centro histórico de la ciudad. Esa labor se acabó para finales del 2013 y pasé casi todo el 2014 en Toulouse; solamente escribiendo y practicando la escalada deportiva, mi deporte favorito.

Escalo dos o tres veces por semana y a eso quiero llegar. Para octubre del 2014 hubo un problema con mi “paro” y me quedé con 40 euros en el banco, sin trabajo y sin dinero. Decidí volver a París, la ciudad que siempre me acogió en los momentos más difíciles. Luego de un mes de disfrutar del cliché de escritor joven y pobre y gastar 20 euros de los 40 en un abrigo en Varves, uno de los barrios favoritos de los poetas africanos, y comiendo de la venta de los pocos ejemplares que me quedaban de mi libro, me dije que no podía seguir así.

Entonces fue la semana de la gastronomía peruana en la capital. Yo estaba instalado en el piso de un amigo, literalmente en el piso. Acompañé como traductor al equipo de periodistas de un canal de televisión peruano  por los días que duró el evento internacional. El cocinero peruano más importante, reconocido en el mundo entero, iba a dar un discurso en la sede de la Unesco. Lo escuché en primera fila. Asimilé su mensaje. Al terminar la semana, en el lapso que dura el levantarse de la mesa y dejar el plato en el lavadero, me dirigí expresamente a la Tierra para decirle: “yo que siempre pienso en ti (en Ayacucho), dame una mano esta vez”. Eso fue un sábado. El lunes encontré mi propio piso arriesgándome sin trabajo a encontrarlo lo más antes posible para pagar a fin de mes (la dueña, a quien ya conocía, se apiadó). El martes redacté una carta de motivación que fui a dejar a la sala de escalada a diez minutos a pie. El miércoles, mientras ayudaba a un cocinero peruano joven a preparar su buffet, a quien había conocido durante el evento de la semana pasada, recibí la llamada de la directora de la sala de escalada. Me daba una entrevista para el día siguiente en la que le pedí varias veces que me mostrara la manera (“diferente”, por no decir nueva para mí) en la que ella realizaba la preparación que me pedía dominar. Entonces para ese viernes tenía casa y trabajo.

Integro el equipo de tres cocineros de una de las mejores salas de escalada en bloque de París sin jamás haber imaginado que ese era el trabajo interesante que buscaba al llegar hace cuatro años a Francia. Estoy contento. La cocina es dura. Trabajo cuatro días por semana. Me exigen proponer postres nuevos siempre y también se interesan en servir platos peruanos de vez en cuando. Y por eso estoy aquí.

Unos duendes me aconsejaron que podía abrir un espacio bajo esa condición. La de encontrar, quién sabe a través de uno que otro amigo, una genial recomendación para llevar a mi cocina. Me ayudará a mantener mi trabajo y progresar. Además de acercarme a los cocineros peruanos que viven por aquí para espiarlos sin vergüenza y narrar sus historias, desde mi perspectiva de cocinero.

El cereal predilecto en el restaurante de esta enorme sala es la quínua. No puede ser más preciso para mi espectro y delirio. Este no es un espacio de cocina peruana en el extranjero. Es mi modesto homenaje a los cocineros peruanos y extranjeros que encuentro en el camino porque soy uno de ellos ahora y como les dije a mis amigos hace unas semanas… estoy en problemas: me gusta cocinar. Aquí vamos.

30/6/2016