Invitado de la semana
Por Alfredo Molano

El tiempo de la sangre está siendo sepultado / Alfredo Molano

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Alfredo Molano Bravo, colombiano, 72 años, es uno de los periodistas vivos que más admiro. El año pasado, gracias al consejo de Pedro Botero, llanero, me acerqué por primera vez a su producción y de un sopetón tuve la suerte de leer con fruición cinco de los veinte libros que componen su obra disidente: Selva adentro (1987), Aguas Arriba (1990), Del otro lado (2015), Desterrados (2001) y A lomo de mula (2016). Testimonios todos de los tiempos convulsos que todavía envuelven a su país; fresco polifónico, sí, como el de Svetlana Alexievich, la premio Nobel bielorusa, sobre un territorio poblado por gentes de toda laya que huyen como pueden de una violencia impuesta por guerrilleros, militares, paramilitares, narcotraficantes, contrabandistas y demás señores de la guerra.

Sociólogo y columnista de El Espectador, viajero pertinaz, baquiano y hombre de mundo, Molano acaba de ser galardonado con el Premio Nacional Simón Bolívar en mérito a una obra, como lo ha mencionado el propio jurado, “que le ha permitido al país central saber de qué se trata y a qué huele el país periférico”. Genial, justo reconocimiento a un hombre sin prisas que escribe “buscando los adentros de la gentes en sus afueras”. Los dejo con el discurso que leyó el día de la premiación, para mí una verdadera lección de periodismo, una pieza imprescindible para quienes oficiamos de escribas en este mundo complejo y al borde del estallido.

Señoras y señores,

Antonia

Escribir, vivir.

Para mí, escribir es enfrentarme al ruido y al tiempo. Los primeros palotes, largos y negros, hechos con un lápiz sin punta, desbordaban los renglones del cuaderno; cuando aprendí a hacer las letras, palmer, con pluma, las manchas eran mi firma. Los exámenes de colegio, ya con esfero, no solían responder preguntas sino ensayar retos. No aprendí a escribir bien a máquina, pero me gustaba oír el timbre al final de la línea. En una vieja Olivetti logré sacar en limpio una denuncia sobre las injusticias que a mi manera de ver se cometían en el colegio cuando cursaba tercero de bachillerato. Quedé fascinado por las letras de molde cuando la vi publicada en La Nueva Prensa, una renovadora y crítica revista dirigida por Alberto Zalamea. La publicación quedó dándome vueltas como un destino. Un año después dejé una carta romántica en la puerta de mi casa contándole a mi familia que no quería herirla, pero tenía que “obedecer mis instintos”, y, encarnando la aventura de Alicia y Arturo Cova, escapé con mi novia adolescente a buscar en el llano mi corazón. Al Llano siempre vuelvo a buscar lo mismo.

En la universidad mi escritura se volvió acartonada y seca, no encontraba ni el tono ni el tema porque mis lectores eran profesores. La excepción fue un manifiesto iracundo de protesta contra la muerte del compañero Carvahalo, asesinado de un tiro en la frente por los servicios secretos. Mi primer libro, escrito a mano y con lápiz como todos los de aquellos días, tenía tantas enmiendas como frases. Contaba mi encuentro con los ríos del piedemonte, con las guerrillas y con la coca. No fue propiamente un libro sino un cuaderno de campo escrito en una canoa, en una hamaca, en una estación de bus. No buscaba contar sino contarme. Quería conservar el eco de una madrugada a orillas del río Guayabero oyendo los micos churucos –que gruñen como tigres mariposos–; la peligrosa desconfianza de los guerrilleros y el vértigo alucinado con que los colonos machacaban con sus botas las hojas de coca, para sacar de ellas lo que ninguna promesa de gobierno había hecho realidad. Ese libro y todos los de aquella primera saga persiguieron –a la zaga de los hechos– lo que el tiempo borraba: testimonios de los guerrilleros liberales del Llano; de las “columnas de marcha”, huyentes que habían llegado perseguidos por las armas de la república, acosados por el hambre, desde el sur de Tolima, desde el norte de Cauca, desde el Sumapaz, desde el Tequendama, que encontraban en el piedemonte la posibilidad de sembrar caña para darles, por fin, algo dulce a sus hijos.

Escribí buscando los adentros de la gente en sus afueras, en sus padecimientos, su valor, sus ilusiones. Borraba más que escribía, hurgaba, rebuscaba el acorde de las sensaciones que vivía la gente con las que yo mismo llevaba cargadas en un morral. Un río crecido, una noche oscura, un jadeo debajo del aguacero que golpea un techo de zinc, el terror de oír armas en las sombras eran caminos por donde entraba la vida que se jugaba en las selvas y por donde llegaba su soplo a mis letras. Creo que sólo ahí, en el acecho, en el peligro, en el miedo aparecía el reclamo de justicia que yo buscaba para contarlo.

Escribir para mí es templar mis más secretas cuerdas y por eso tengo que borrar hasta traspasar la hoja, hasta encontrar el tono de la pasión por la vida y por la belleza que tiene la gente con la que me topo. La gente cuenta cuando se le oye y lo hace con una sinceridad limpia, cuenta lo pasado como si lo estuviera viviendo, en presente. Y lo hace con generosidad, con soltura, con humor, con fuerza. Chisporrotea. No es difícil oírla porque habla lo que vive. La dificultad comienza cuando el que trata de escribir no oye porque está aturdido de juicios y prejuicios, que son justamente la materia que debe ser borrada para llegar al hueso.

Mi oficio de escribir se reduce a editar voces que han sido distorsionadas, falsificadas, ignoradas. No puedo escribir una línea que, de alguna manera, yo no haya vivido. Por eso no escribo una sola sobre tecnología de la comunicación, sobre química o sobre jurisprudencia. Y por eso escribo con gusto cuando lo hago en primera persona. Escribir para mí, es ir hasta mis confines guiado por la vida del que está al otro lado. Mi escritura –o lo que yo llamo así– es un puente construido sobre los escombros del prejuicio, incluido el mío. He pagado un alto precio por apartarme de la mirada oficial, la que llaman “políticamente correcta”: tan falsamente objetiva como parcial y aséptica. He tomado partido contra las imputaciones criadas por el interés privado contra la gente que anda por las trochas y por los atajos, por las calles sin asfaltar, y que nada esconde porque nada tiene que perder.

El país está lleno de prejuicios, sometido a ellos. Han sido construidos con método, calculadamente, a mansalva y sobre seguro. Surgen de los miedos e intereses de los poderosos. Y avasallan, envuelven y destruyen. No sólo no dejan oír, sino que tampoco dejan ver. O más bien, dejan ver sólo lo que a través de sus oscuros cristales quieren ellos que se vea: un mundo de buenos y malos donde estos no son nunca ellos. Desde hace más de un siglo se está elaborando esa mirada, esa muralla, esa frontera. Transgredirla tiene costos: el aislamiento, el señalamiento, el bloqueo, en fin, el arrinconamiento. No es posible seguir mirándonos con un solo ojo, debemos desnudarnos para saber quiénes somos, para poder vivir juntos con todas nuestras flaquezas y nuestros errores. Hay que ir más allá, el horizonte alumbra y llama. El tiempo de la sangre está siendo sepultado.

En el homenaje que se me hace –y que agradezco de verdad– reconozco los toques secos que el futuro está dando afanoso en la puerta. No podemos seguir viviendo en la zozobra, en la parálisis, en la oscuridad del miedo. Estamos a punto de dar el paso que el país, su gente de tierra, barro y sudor merece y no aplaza ni endosa. Los personajes de los que he tratado de ser eco: los colonos de la Serranía de La Macarena o del Perijá, los indígenas de Tierradentro o de la Sierra Nevada, los negros del río Salaquí o del Timbiquí; los campesinos del sur de Tolima y del Catatumbo, las mujeres de allá y de aquí cerca de mi corazón –siempre las mujeres– están todos aquí acompañándome. A ellos y a ellas devuelvo con gratitud este premio”.

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