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Jaime Bedoya: “¿En serio Jorge Benavides da risa?”

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Suscribo totalmente el comentario que Jaime Bedoya publica en El Comercio de hoy domingo sobre la reaparición de JB en la caja boba. Para mí, no sé si también para el inteligente periodista del Decano, en el humor televisivo que consumen los peruanos desde que tengo memoria (desde El Tornillo y el auroral Risa y Salsa, por lo menos) se incuba la homofobia, el racismo, la ridiculización de los homosexuales, el machismo que un grupo cada vez más grande de activistas pretenden erradicar a fuerza de leyes congresales y un nueva currículo escolar. Les dejo la columna de Bedoya, qué buena…

A ver, Jorge Benavides, hazme reír.

El humor empieza al filo mismo de lo inadecuado, justo al límite. Pero eso no convierte automáticamente un insulto en gracia: la pericia al respecto consiste en asomarse al abismo, pero sin caer en él. Ese alivio es el que distiende los 36 músculos necesarios para esbozar una sonrisa.

Benavides lo plantea al revés. Primero presenta la ofensa, luego ve cuánto se asoma, o si se asoma, al acantilado. Y lo hace con el favor del público, lo cual hace la situación extraña.

Perpetuar una caricatura afeminada de Kenji Fujimori, vestido de rosa, con modales afectados y haciendo del tampoco tampoco un eslogan de la peculiaridad hormonal supone un nivel escolar de comunicación sin necesariamente mayor esfuerzo cómico detrás. Kenji le agradece la imitación, lo cual hace la situación aun más extraña.

Pasan los minutos de este personaje sin brillo y la burla, diluida por simplona y previsible, es derrotada por el tedio. No da risa, aburre. Uno se distrae imaginando las horas perdidas instalando esa prótesis. Empeora cuando juega a interactuar a través de su WhatsApp con alguien como Martha Hildebrandt, el propio Benavides maquillado como la lingüista, mujer de avanzada edad y estado de salud propio de esa situación, quien en el sketch se refiere a los demás como animales, babosos, miserables. El reto de ver el programa se transforma en un acertijo: ¿dónde piensa el guionista que está el humor ahí?

Los anacronismos campean. Rambo (1982) y Terminator (1984) siguen siendo personajes protagónicos, lo cual habla de una lenta digestión de referentes populares entre nosotros. Sus apariciones están apoyadas por la casi perenne presencia de un personaje afeminado, el coqueto lazo al cuello lo identifica, que destaca entre el contingente habitual de modelos ricas y apretaditas víctimas de chistes internos alusivos a camarógrafos y/o futbolistas, a lo que se suma la mamífera aparición de una rata como clímax del número. Signo de los tiempos.

Rodolfo Carrión, “Felpudini”, y Enrique Espejo, “Yuca”, son dos presencias icónicas que valen por sí mismos como mártires referenciales del humor nacional. Sabemos que más temprano que tarde serán trágicos protagonistas de campañas de solidaridad para compensar décadas de vida artística sin derechos laborales.

El clímax del programa se resume en un largo y otra vez antihumorístico sketch de corte escatológico que sucede en un urinario. El supuesto efecto cómico se da cuando una sucesión de hombres se sujetan el pene el uno al otro para orinar. El chiste no tiene otra resolución definida más allá que la de agarrar un miembro ajeno. Cierra el programa el personaje emblemático de la Paisana Jacinta, que lava la ropa de otras estrellas del canal a manera de propaganda corporativa autorreferencial, repitiendo las muecas, modismos y estereotipos que durante años han ofendido a varios y han dejado pensando a otros, me incluyo, que —al margen de que sea discriminatorio o no— lo más grave para el caso es que no sea gracioso.

Esta reaparición de Benavides ha sido acogida por el favor del público, lo que hace incluso más extraña la situación. Tal vez la gente no quiere reírse, solo quiere que alguien insulte a alguien. Eso es extraño.

7/7/2017

Cambiar de canal no es la solución… / Ernesto Melgar