Invitado de la semana
Por Paco Nadal para El País

“Hago tres mil fotos en cada viaje, doctor. ¿Es grave?” / Paco Nadal

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Crees que miras, que lo estás observando todo, que tuyo es el universo entero y todas las criaturas que lo componen. Y al final –o al principio, qué más da- no has visto nada, todo se te escapa como se escabulle entre los dedos el agua de la fuente que alguien puso cerca de ti. Todo lo has perdido, caíste vencido, como miles, como la mayoría, por esta anti dialéctica costumbre de querer registrar lo inverosímil en el iPhone de moda o en el aparatito tecnológico que tus amigos, sí, siempre los amigos, te recomendaron comprar apenas les contaste que habías decidido recorrer el mundo, empezar a caminar

Joder, con los smartphones y el selfismo-leninismo que se apodera del planeta tierra para convertir en tono sepia los cromatismos que brillan al viajar, esa aventura personal, humana, única que no tiene registro, que es volátil y subjetiva como el infinito.

Joder con ese vicio inútil de querer contarlo todo…

Hubo un tiempo, no muy lejano, estimado Paco Nadal, en el que lo importante del equipaje que se llevaba a cuestas al cerrar la puerta de casa era un cuadernillo o block de notas, como decimos los peruanos. Un cuadernillo y un lapicero, nada más. Eso era todo, suficiente. Las fotos corrían a cargo del compañero de ocasión o simplemente se dejaban de lado. Hacerlas era cuestión de especialistas, un arte que exigía poderes de alquimista y tiempos sustraídos a la contemplación y al goce.

Por eso pienso que éramos más sagaces, más intrépidos, vivíamos atentos al bostezo de la rana y no a las iridiscencias de su piel húmeda e impactante. Lo importante era el relato, la narración pausada en tono propio, qué importa que el empaque, el envoltorio fuese una carta o un dibujo de principiante; lo audaz no era el registro en tecnicolor o en 4D, lo audaz era haber estado en ese sitio, único y distante, en la más absoluta soledad, expulsados del reino de los hombres, en el filo de la navaja.

Ahora, en cambio, no tenemos ningún reparo en trasladar al fin del mundo nuestra civilización con nuestros ridículos afanes de Homo consumus. Lo hemos envilecido todo.

En fin, manías de viejo ésta de querer cambiar el mundo de un solo plumazo…

Saludos a la distancia, viajero, he gozado con su pluma esta mañana, se las dejo a otros.

Puede parecer del Jurásico, pero hace apenas 10 años usábamos una cosa que se llamaba carrete fotográfico. En cada uno cabían 36 fotos. Y con cuatro carretes te ventilabas un viaje de 15 días. Y además… incluso salía una docena de buenas imágenes. Ahora, con la fotografía digital tiramos miles porque es gratis. Pero ¿conseguimos alguna buena?

En aquellos tiempos del carrete (ojo: no tan lejanos) la broma recurrente era reírse de los japoneses, porque lo fotografiaban todo. Bien, pues ya somos todos japoneses. Da igual que estés ante La Gioconda o en un atardecer apoteósico en las junglas de Birmania. Nadie disfruta en directo del momento: lo fotografía.

“Vivimos en el vicio de atesorar. Acaparar por acaparar, simplemente porque es gratis”. Tino Soriano es uno de los más reconocidos fotógrafos españoles, premiado por la UNESCO, la OMS, la Fundación World Press Photo y poseedor de cinco galardones FotoPres. Y es muy crítico con lo que le está pasando a la fotografía: “Veo a la gente en los museos fotografiar todas las obras expuestas, pero sin detenerse a contemplarlas, a saborearlas. El viajero actual no sabe mirar. Primero, atesoro; y luego lo guardo en un disco duro. Se ha perdido el apreciar lo que ves, pensar tu discurso como fotógrafo. No lo dotas de sentido. La foto es el nuevo fast food, la gente tiene necesidad de documentar todo en su vida, pero sin criterio.”

He acudido a un experto, el doctor Blas Bombín, Doctor en Medicina, Psiquiatra y director técnico del Centro Específico de Tratamiento y Rehabilitación de Adicciones Sociales de Valladolid (CETRAS), y le he preguntado por qué los viajeros tratan de capturar todo y en todo momento.

“Porque nunca como ahora la realidad ha sido tan fugitiva y vertiginosa. El ‘tempus fugit’ clásico está actualmente en plena vigencia. La vida humana se está tecnificando como nunca, por lo cual puede decirse que de una u otra manera nuestra sociedad, en su conjunto, está abocada a hacerse rehén de un estatus vivencial y conductual en el que prevalecerá el “placer tecnológico” sobre el placer natural (sensorial, fisiológico). Las actuales tecnologías (facilidad de transporte, comunicación e interacción con la realidad exterior a través de cualquier tipo de dispositivo óptico, digital o electrónico, incluida la facilidad para la autofoto o selfie) propician en el ser humano retos de poder ilimitado, y sentimientos de egolatría, de omnipotencia y de dominio absoluto sobre los cada día más complicados y sofisticados ingenios electrónicos y sobre la propia naturaleza.”

Pero, ¿cuánto hay de patología en el comportamiento obsesivo de estas personas?

Dos jóvenes se fotografían en la ciudadela de Saryadz, Irán /Paco Nadal

Dos jóvenes se fotografían en la ciudadela de Saryadz, Irán /Paco Nadal

“Obviamente, estas prácticas desmedidas, cuando se realizan de forma obsesiva, o compulsiva; cuando conculcan la libertad de la persona, convirtiéndola en prisionera de la cámara; cuando entran en colisión con las propias obligaciones y responsabilidades o simplemente con su derecho al disfrute de la realidad con los cinco sentidos; cuando provoca disfunciones en la convivencia o en el equilibrio emocional de la persona, estamos ante una adicción emergente -la adicción fotográfica-, una variante de la adicción a las nuevas tecnologías pero con personalidad propia, ya que secuestra el ocio y tiempo libre de la persona, aunque aún no ha encontrado su sitio en el ordenamiento taxonómico de las adicciones, pero está llamada a representar una seria competencia e impedimento para el disfrute natural de la realidad, que es tanto como decir para la salud mental. En nuestro Centro Específico de Tratamiento y Rehabilitación de Adicciones Sociales (CETRAS) de Valladolid hemos tratado ya algún caso con carácter de trastorno de control de los impulsos asociado a alguna de estas patologías”.

Claro que no todos los usuarios creen que ésta sea una patología. Fernando Sánchez-Heredero es director de una agencia de viajes, además de buen amigo y excelente compañero de muchas de mis últimas aventuras viajeras. Y doy fe de que lo documenta todo: su cámara echa humo al final del día. “Si, yo hago unas 4.000 fotos en una viaje de 10 días”, me confiesa. “Una media de 300/400 fotos por día. Sé que son muchas, pero para mi es mi memoria. Viajo mucho y no me puedo acordar de todo. En vez de escribir los recuerdos, fotografío todo: una señal de tráfico, una tapa de alcantarilla o el rostro de casi todas las personas con que me cruzo. Fotografío hasta las cosas más nimias. Sé que lo tengo ahí, es mi memoria. Incluso por si necesito enseñarle a los clientes lugares o aspectos de un destino. Nunca borro nada; selecciono 100 o 200 y el resto las dejo reposar en un disco duro.”

Mi experiencia personal me dice que ésta es una tendencia generalizada, que no tiene edad, sexo, nacionalidad ni condición sociocultural. Allí donde voy hay hordas de turistas variopintos fotografiándolo todo de manera compulsiva. Aunque el doctor Bombín sí cree que hay grupos específicos de riesgo:

“Estas prácticas se concentran en sectores específicos o grupos de riesgo, como son los jóvenes, cuya capacidad y ansia de dominio sobre las tecnologías es proverbial; las personalidades inmaduras, necesitadas de subterfugios y conductas de evasión; las personas obsesivo-compulsivas, asimilativas o acumulativas, muy frecuentemente dispuestas a coleccionar cuantos más estímulos del exterior llamen su atención; las personas narcisistas con tendencia a la perpetuación fotográfica de sus hazañas para después presumir de ellas y exhibirlas se lo pidan o no; y las personas con disfunción atencional (TDAH), que al ser poco capaces de contemplar la realidad y fijarla en la mente para su disfrute posterior recabando los recuerdos del banco de la memoria.”

“Desde que existe la fotografía digital las fotos familiares han quedado en el limbo”, mantiene Tino Soriano. “Se usan de inmediato, pero se ha perdido el ‘momento caja de galletas’. Esos ratos divertidos en familia, cuando la abuela sacaba la caja de galletas metálica llena de fotos antiguas y pasábamos horas recordando momentos felices. Con el ordenador o la tablet no es lo mismo. La proliferación de imágenes ha traído la perdida de valor de la fotografía; de valor sentimental y de valor monetario. La prueba es que los fotógrafos ya casi no pueden vivir de su trabajo. Las ramas de millones de imágenes ocultan el bosque de las buenas fotos.”

¿Moda o realidad duradera? Creo que lo segundo. Vamos camino del “Homo pixel”, aquel que solo conoce la realidad a través de su smartphone. Además, la mejora de la calidad de las cámaras contribuye a ello. Por 300 euros te puedes comprar un teléfono que hace el 99 % de las fotos buenas, en automático y sin necesidad de conocimientos de fotografía. Eso se traduce, como añade Soriano, en la sensación de estar rodeado de clones, de maniquís: todos muy guapos, pero sin alma. La inmensa mayoría de imágenes que hoy consumimos son comerciales, todas iguales, sin emoción. Y si no, haga la prueba en su Instagram: publique una foto de un atardecer, por ñoño, carrasposo y aburrido que sea, y verá como se le multiplican los “me gusta”.

Me sumo a las recomendaciones del doctor Bombín: salir de viaje, de excursión, de visita a museos o acontecimientos relevantes con una disposición de pleno disfrute de la realidad que vaya a vivirse, y con una norma restrictiva del uso de la cámara fotográfica o del móvil, tablet o demás ingenios electrónicos que puedan secuestrar nuestro disfrute natural de la realidad.

A este paso hasta tendrá éxito este invento: una cámara geolocalizada que detecta cuántas fotos se han hecho ya en ese lugar y se bloquea sin piensa que ya son demasiadas. Una especie de conciencia fotográfica que te dice algo así como: “Para qué vas a hacer esa mierda de foto si miles la hicieron ya antes que tú”.