Invitado de la semana
Por Juan Manuel Vial para La Tercera de Santiago

[LIBROS] Oliver Sacks, el neurólogo que cazaba helechos

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Oliver Sacks, el neurólogo de Despertares y Un antropólogo en Marte fue una renacentista, o para decirlo sin tanto eufemismo, un hombre de otro tiempo.

Vamos, no pretendo pasar por un estudioso de su obra, tampoco auto erigirme en uno de esos conocedores de los trastornos psíquicos que le tocó investigar y que tanto abundan por aquí. Para nada. Solo soy admirador distante de su talento para entender el mundo que le tocó vivir y un agradecido lector de última hora de las entrevistas y artículos periodísticos que dio al final de su extraordinaria vida, que dicho sea de paso siguen circulando en el ciberespacio.

Sacks murió a los 82 años producto de un cáncer al hígado en un momento luminoso de su recorrido vital y como muchos octogenarios en la misma situación, al enterarse de lo inevitable de su partida, se llenó de comprensible pavor. Luego, consciente de la proximidad del final, fue capaz de dejar numerosos comentarios de su paso por la Vía Láctea que destacan por el agradecimiento a una vida, la suya, intensa en todo sentido.

En una carta que publicamos en este web blog dijo: “ Me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento”.

Qué inmenso… y pensar que se estaba muriendo: “no tengo tiempo para nada superfluo, añadió, debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global…”

“No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores. Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”.

Fruto de su aventura por este mundo es este libro que reseña La Tercera de Santiago y que voy a correr a comprar apenas pasen las fiestas de fin de año. “Diario de Oaxaca” nos presenta a un Sacks desconocido, sumido en el traje que utilizaron los viajeros ilustrados –o renacentistas- que se dedicaron a auscultar la naturaleza que les tocó vivir mientras recorrían la epidermis del planeta. Como Humboldt, uno de los maestros que forjaron ideal científico de este adalid de la tolerancia y el buen discernimiento.

En Diario de Oaxaca conocemos la pasión botánica de Oliver Sacks, y, de paso, nos adentramos en una de las mentes más atractivas de nuestros tiempos.

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En Diario de Oaxaca conocemos la pasión botánica de Oliver Sacks, y, de paso, nos adentramos en una de las mentes más atractivas de nuestros tiempos.Erudito en campos diversos, a Oliver Sacks se le recuerda principalmente como al eminente neurólogo británico que, emigrado a Nueva York, describió y combatió como pocos de sus colegas ciertas complejas enfermedades mentales. Notable, y a la vez fructífera, fue la experimentación con drogas que Sacks emprendió de manera bastante científica desde joven, la que quedó plasmada en un libro titulado Alucinaciones (prolífico, el hombre escribió más de una docena de obras acerca de temas muy variados). Sacks sufría de prosopagnosia, que es la incapacidad de reconocer el rostro del prójimo, y murió hace dos años a raíz de un cáncer que se gestó en su ojo derecho.

En este Diario de Oaxaca, Sacks nos revela una faceta menos conocida de su personalidad renacentista: la de pteridólogo, o experto en helechos. En 2001, el autor se enroló en una expedición que organizó la American Fern Society, una entidad de amantes de aquellos vegetales de la que era miembro, y viajó por tierras mexicanas a lo largo de nueve días anotando y dibujando todo lo que le llamaba la atención, demostrando, en fin, las nobles cualidades del gran diarista del pasado: Sacks observa, describe, especula, informa, se pasea con soltura por los recovecos de la ciencia, de la botánica, de la historia, de la antropología, y compone un relato fuera de serie, que habla tanto de él como del entorno que lo rodea.

No hay duda de que Oaxaca es un paraíso de helechos, pero Sacks también repara en los atractivos colaterales, por así decirlo, que el lugar ofrece. Algunos de los temas aquí tratados son: la historia del tabaco; los componentes químicos que hacen del chocolate una sustancia irresistible; los alucinógenos sudamericanos; la admiración por Humboldt; la dispensa rabínica especial que permite que los saltamontes (chapulines en México) sean considerados kosher; el riesgo mortal que implica comer luciérnagas (“si te engulles tres luciérnagas, puedes considerarte muerto”); la espectacularidad de esa tintura de color rojo intenso producido por un insecto llamado cochinilla, que en la España del siglo XVI “a igualdad de peso era más preciosa que el oro”.

Sacks manifiesta una profunda aversión por el conquistador español, y, claro, a él no cabe suponerle esa típica e irritante simpatía del turista primermundista por todo lo que huela a precolombino. Sacks está familiarizado, entre otras fuentes históricas, con la mamotrética obra de Bernal Díaz del Castillo, el cronista de Hernán Cortés durante la conquista de México. Su opinión, por ello, resulta tanto más informada que la de cualquier diletante con debilidad por lo políticamente correcto. Hablando de los manuscritos indígenas, “con las páginas de cortezas de árbol”, el autor sostiene que “no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir a los autos de fe de los conquistadores, y fueron destruidos a miles, hasta tal punto que apenas se conserva media docena”.

Otro dato de interés: “En los tiempos precolombinos el oro no se valoraba como material, sino sólo por las maneras en que se podía usar para hacer objetos decorativos. Los españoles no entendían eso y en su codicia fundieron miles, tal vez millones, de objetos de oro, a fin de llenar sus cofres con este metal”. La conclusión de Sacks es tajante: los invasores “se revelaron mucho más deshonestos, mucho menos civilizados, que la cultura que destruyeron”.

Desde su infancia en Londres, Sacks sintió pasión por los helechos. “Crecí en los años treinta en una casa cuyo jardín estaba lleno de ellos”. La fascinación, en su caso, era hereditaria: su abuelo, que emigró desde Rusia a Inglaterra en la década de 1850, arribó a un país que “estaba en medio de la pteridomanía, la moda victoriana de los helechos”. Hacia 1870 la manía se extinguió, pero el patriarca conservó sus plantas hasta su muerte, ocurrida en 1912. Diario de Oaxaca es una abertura, una incisión hermosa y profunda al interior de una de las mentes más atractivas, completas y sensibles de nuestros tiempos.

30/12/2017

De mi propia vida / Oliver Sacks