Invitado de la semana
Por Patricia León-Melgar, directora WWF

Por un desarrollo genuinamente sostenible en el Perú

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Creo que fue en el año 2015 o tal vez en el 2016 cuando empezaron a lanzarse por redes sociales algunas campañas intentando llamar la atención sobre el despunte de la minería ilegal en La Pampa y alrededores y su nefasto papel en lo que una periodista con buen ojo llamó el desmadre de Madre de Dios.

Lo recuerdo porque entonces se decía que la minería aurífera había causado la destrucción de 50 mil hectáreas de bosques en todo el departamento. ¡Cincuenta mil hectáreas!, las cifras señalaban un desastre de proporciones inauditas aunque mi amigo Rafael Belaunde, geólogo y experto en temas mineros, minimizara la cifra al compararlas con el tamaño del departamento de Madre de Dios, el tercero más extenso del Perú cuya superficie de 85 mil km2 supera en tamaño a varios países europeos.

Cincuenta mil hectáreas. Estábamos equivocados. Las cifras son, ahora sí terroríficas. Cito a Patricia León-Melgar, directora de WWF Perú y autora del texto que les estoy dejando: “Solo entre 2001 y 2016 se han perdido 1.9 millones de hectáreas de bosques en Perú, un área casi del tamaño de Israel, y que equivale al 2% del territorio nacional. En el mismo período, se perdieron más de 160,000 hectáreas de bosque en la región Madre de Dios, cerca del 8% de su superficie total”.

Dourojeanni, que sabe muchísimo de estos temas, consideraba en el 2009 -año en que se publicó su “Crónica forestal del Perú” que la deforestación en la Amazonía peruana debía haber alcanzado, si éramos optimistas, un rango equivalente al 12 por ciento del territorio total… y en el peor de los escenarios, la deforestación podría llegar a los veinte millones de hectáreas: el 30 por ciento de la cobertura forestal original.

En fin, no quiero deprimirlos con más datos. Como ustedes saben acabo de volver de Madre de Dios donde estuve varias semanas a propósito de la campaña #MadredeDiosPuede. Jornada fabulosa la vivida, de mucho trajín y visitar proyectos. Precisamente estos de los que habla la directora de WWF Perú en este atículo para EFE Verde estuvieron en mi agenda. De cada uno de ellos he empezado a escribir en estos días de análisis y recuentos, me parecieron notables, estimulantes, en la línea correcta.

Lógicamente, retorno con las mismas preocupaciones de siempre: el tamaño de las intervenciones sanadoras resulta de veras insignificante ante a la dimensión de los problemas por solucionar. Pero a pesar de todo, mantengo el optimismo y felicito el trabajo de tanta gente chimbando en la misma dirección.

(Uno de esos días, a la altura del kilómetro 20 de la carretera Interoceánica del Sur, precisamente en el local del IIAP que aloja a un grupo de técnicos del proyecto de regeneración ambiental que impulsa Wake Forest University, el Centro de Innovación Científica Amazónica , USAID y WWF Perú, me topé con un grupo muy nutrido de estudiantes de la Universidad de Harvard y de Universidad Amazónica de Madre de Dios (UNAMAD) que participaban de un curso taller y me llené de asombro. Chicos de diferentes nacionalidaDes y procedencias tratando de encontrar respuestas para sanar la Casa Común, como reclamó Francisco, y haciéndolo con el convencimiento absoluto de que sí puede)

El cambio climático es patente en nuestra vida diaria.  En Perú, a principios de 2017 se dio el fenómeno El Niño Costero, que dejó buena parte de la costa devastada por inundaciones.  Esto fue seguido por sequías y friajes intensos en la sierra, así como por inundaciones en la región Amazónica.  En 2016, el país ya había sido arrasado por incendios forestales donde nunca habían ocurrido… La lista podría continuar.

No obstante, esta constatación del incremento de fenómenos climáticos, ha dado lugar, también, a que los países logren, después de 20 años, llegar a un Acuerdo Climático Global, así como a determinar Contribuciones por país que, en el caso de Perú, implican el compromiso de reducción de 30% de sus emisiones de gases de efecto invernadero. Y es que, aunque Perú no es un gran contribuyente a las emisiones globales, sí es el tercer país más vulnerable al cambio climático. Asimismo, somos el segundo país con mayor extensión amazónica, pero las emisiones por deforestación representan alrededor del 50% de las emisiones nacionales.

Niña Cashinahua con la cara pintada con tintes extraídos de una planta (fruta huito). Miguel Grau, comunidad nativa en la confluencia del río Curaja y el río Purús, cerca del Parque Nacional Alto Purús, en el departamento de Ucayali, Perú. © André Bärtschi / WWFRegional

Niña Cashinahua con la cara pintada con tintes extraídos de una planta (fruta huito). Miguel Grau, comunidad nativa en la confluencia del río Curaja y el río Purús, cerca del Parque Nacional Alto Purús, en el departamento de Ucayali, Perú. © André Bärtschi / WWFRegional

No hay desarrollo sin inclusión

Ante esta realidad, y como resaltó el Papa Francisco en su reciente visita al Perú, es urgente que el país en su conjunto asuma compromisos concretos y ambiciosos, no solo para lograr la conservación de la Amazonía sino también para garantizar el respeto a los derechos de sus habitantes. Solo entre 2001 y 2016 se han perdido 1.9 millones de hectáreas de bosques en Perú, un área casi del tamaño de Israel, y que equivale al 2% del territorio nacional. En el mismo período, se perdieron más de 160,000 hectáreas de bosque en la región Madre de Dios, cerca del 8% de su superficie total. Y fue justamente aquí, en una de las zonas más biodiversas del mundo, pero también de las más impactadas por flagelos como la minería ilegal, que el Papa, junto a los pueblos indígenas amazónicos, hicieron un llamado para salvar la Amazonía.

Apenas un día después de este mensaje, que puso los ojos del mundo en la necesidad de proteger la Amazonía y a sus habitantes, se publicó la Ley 30723 que, sin los necesarios sustentos técnicos, propone impulsar la construcción de carreteras en Ucayali, región amazónica caracterizada por ser un último refugio de pueblos indígenas en aislamiento voluntario y contacto inicial. Eso evidencia el mayor reto que enfrentamos como sociedad: construir un compromiso conjunto, transparente y coherente por un desarrollo genuinamente sostenible.

Debemos apostar por nuestra diversidad

Felizmente, ejemplos positivos de esto último, hay muchos. De la mano de organizaciones indígenas y diversos aliados, hemos sido testigos del reciente incremento en el reconocimiento y titulación de derechos territoriales indígenas amazónicos que constituyen un paso esencial para la conservación de millones de hectáreas de bosques.  De igual modo, hoy vemos cómo a partir del trabajo junto a gobiernos locales se cristalizan esfuerzos de restauración de áreas degradadas por la minería ilegal en la Amazonía, donde antes campearon la delincuencia y la desolación.  Es también alentador observar cómo tras años de acompañar a autoridades en la ruta hacia la sostenibilidad de sus pueblos y ciudades, hoy se comprometen por procurar una mejor calidad de vida para sus ciudadanos, a partir de la reducción de emisiones y mejores prácticas ambientales, en lugares tan distintos como el distrito más pudiente de la capital peruana y distritos de frontera en la Amazonía.

En países como Perú aún enfrentamos retos monumentales como la corrupción y la débil gobernanza. Pero frente a ellos, una de las mayores oportunidades que tenemos es la de reconocer a la diversidad biológica y cultural como nuestro gran potencial. Solo a partir de ello, y trabajando juntos sociedad civil, sector privado, autoridades y población, podremos asegurar un futuro promisorio y sostenible para todos los peruanos. Juntos es posible.

1/2/2018

Más info en:

Restaurar lo que la naturaleza nos dio. Francisco Román, Premio Nacional Ambiental 2015