Julieta Quirós, antropóloga argentina: ““La agricultura campesina es la agricultura del futuro”

Texto Irina Morán, fotos Ruth Guzmán, tomado de Museo de Antropología

Mi opinión

Concuerdo con Julieta Quirós, la investigadora del Instituto de Antropología de Córdoba que acaba de cerrar una magnífica exposición sobre la vida rural en Traslasierra, valle de San Javier, provincia de Córdoba, cuando afirma que “la agricultura campesina, diversificada, libre de veneno y productora de territorios sin venenos, es la agricultura del futuro”.

Cuánta verdad tiene su aseveración.

Como lo he comentado en otros posts, vengo recorriendo los campos de las comunidades campesinas de Huancco Pillpinto y Huayllafara, en el pródigo valle de Lamay, en el Cusco, dos territorios asolados por las mismas penurias: el éxodo poblacional y la crisis de la agricultura tradicional.

Lo paradójico es que en ambas comunidades los campos de cultivo siguen produciendo de todo, maravillosamente; han sabido mantenerse así durante centurias. Mágico: en Huayllafara, el día de ayer, los topos de quinua amarilla copaban las quebradas con su belleza inaudita.

Sin embargo, pese a tanta riqueza y patrimonio cultural, sus pobladores viven en la pobreza y sus productos no valen nada en los mercados que tienen a la mano.

Claro, un observador despistado podría afirmar que lo que deberían hacer es salir a buscar mercados alternativos a los que frecuentan. O simplemente sembrar productos con mayor demanda, que los hay y a pastos: de pronto alcachofas, paltas, espárragos, soya, cítricos…

No lo hacen, permanecen tercos en sus costumbres y apegados a su calendario agrícola. El tránsito de los cultivos tradicionales, incorporados al ADN comunitario, que por cierto algunos programas de desarrollo están favoreciendo, a los commodities de moda en el agro de la región no lo están dando.

Qué bueno que así sea. Como dice la antropóloga argentina los cultivos campesinos constituyen un mercado que se expande geométricamente y están a punto de convertirse en la vedete de la alimentación citadina -y también rural- en el planeta entero.

Dice más la entrevistada: “La producción campesina o agroecológica necesita de una política de Estado de apoyo, acompañamiento y fomento. Para que estos y otros alimentos sanos, producidos por las manos de miles de familias cordobesas –el valle de San Javier se ubica en esa provincia- puedan traspasar las fronteras de los pueblos del interior y llegar al consumidor de la ciudad, el Estado debe implementar acciones concretas. El productor familiar precisa dos tipos de acciones, que deben ir juntas por una relación sinérgica: por un lado, una política clara y sostenida en apoyo a la capitalización en infraestructura. Y por otro, un acompañamiento territorial y técnico en la cadena de producción y comercialización”.

Si el Estado hubiera procedido así en Chinchero no estaríamos en este momento enfrentados con los que defienden la mega obra aeroportuaria. Por el contrario, los infinitos tonos de verde que revientan en la meseta en tiempos de cosecha serían la confirmación de un agro saludable con familias de productores agrarios ganando lo que deberían ganar.

Eso no sucedió, lamentablemente; tanto es así que el propietario campesino, cansado de arrastrar miserias y fracasos agrícolas, terminó siendo el mejor aliado de los proyectos modernizantes que algunos miden en bolsas de cemento y corruptelas al por mayor.

Hay que insistir, lo vengo diciendo en todos los tonos, en el replanteamiento de las actividades económicas del territorio rural de nuestro país, ese espacio tan vital del Perú que se ha convertido en un acelerado productor de migrantes. Y de pobres.

Termino citando este párrafo de la muy ilustrativa entrevista a Julieta Quirós: “El Movimiento Campesino de Córdoba viene trabajando local y territorialmente en todas estas cuestiones. Es un trabajo hormiga que se hace en y desde cada territorio, y que depende de generar y fortalecer lazos cotidianos entre las familias y productores, redes de producción y comercialización justa, conciencia y defensa del derecho al arraigo de la gente de campo en el lugar de pertenencia. El Estado debe trabajar a la par de organizaciones como ésta, cuya función social en la práctica va mucho más allá de la «cuestión campesina»: se trata de iniciativas que generan desarrollo local y regional en el interior de la provincia, fortalecen modos de producción agraria ecológicamente sustentables, promueven derechos efectivos de ciudadanía (acceso a salud, educación, trabajo) y tejen redes de abastecimiento de alimentos sanos entre el campo y la ciudad”.

Asumo como mío ese ideario. Estoy trabajando en eso con los promotores de La Base Lamay. Les cuento más dentro de unos días.

Buen fin de semana para todos.

Julieta Quirós es investigadora del Instituto de Antropología de Córdoba – CONICET – UNC, y mentora de la muestra “Mirá ese monte  – Vida y trabajo en Traslasierra”. En esta entrevista analiza la importancia de visibilizar el trabajo campesino de esta zona.  Explica el concepto de soberanía alimentaria, el valor de la tierra y los modos de producción comunitaria. Además, habla sobre la calidad de los productos agrícolas-orgánicos y de las dificultades que existen hoy para comer sano y variado.

Hasta el día de hoy, en la planta baja del Museo de Antropología, se exhibió la muestra de foto- etnográfica “Mirá ese monte – Vida y trabajo en Traslasierra”. Se trata de un conjunto de textos, objetos e imágenes que nos acercan al trabajo rural y cotidiano de la gente del Valle de Traslasierra. A sus modos de producir alimento, sus formas de habitar y crear vínculos, pero sobre todo a un modo de producción comunitaria y su relación con la tierra.

En este diálogo, desde el calor de su hogar en las sierras, la antropóloga Julieta Quirós reflexiona sobre importancia de visibilizar el trabajo campesino de esta zona. De no percibirlo como algo lejano o exótico

“El trabajo rural y el modo de vida de los pueblos del Valle de Traslasierra explica Quirós–, habla de un modo ecológicamente sustentable de producir alimento y riqueza: un asunto que hoy forma parte de las preocupaciones y debates de las agendas públicas nacionales e internacionales. La tarea de cómo hacemos para producir alimentos saludables y libres de veneno  se ha tornado hoy un desafío a escala planetaria. La agricultura familiar y campesina alumbra un camino en el seno de ese debate. Es notable que estemos en un momento de la humanidad en que debimos inventar un nombre específico para distinguir los productos «sanos» de la masa de «alimentos» que nosotros mismos producimos: los llamamos «orgánicos» o «agroecológicos». Constituyen un mercado en expansión geométrica, tanto en los países centrales y, en menor medida, en nuestros países periféricos. 

–¿ Cómo caracterizarías a esta región serrana en relación a la soberanía alimentaria?
Traslasierra y la región del oeste cordobés en su conjunto han sido históricamente estigmatizadas y relegadas como zonas «pobres»,  desde la mirada del modelo agrícola dominante, hoy basado en la producción de granos para exportación. Aquello que se conoce  con el nombre de «commodities» (mercancías). Sin embargo, el oeste cordobés es una región sumamente productiva de riqueza económica-ecológica-social: un complejo de riquezas que en general van separadas y cuya articulación es precisamente lo que «el mundo» hoy está codiciando. Entre otras cosas, el trabajo campesino de Traslasierra produce “soberanía alimentaria”. Esto significa, condiciones y capacidades para elaborar y consumir alimentos de calidad. Así, las familias de campo de Traslasierra hacen esto cotidianamente a través de economías pluriactivas que combinan actividades de autoconsumo y venta de excedente: cultivan su hortaliza, crían pollo y huevo de campo (libres de antibióticos, agregados hormonales y alimentos industriales); cosechan y comercializan hierbas aromáticas y medicinales (los afamados «yuyos» de las zonas serranas); son responsables del 30% de la producción cabritera de la provincia.  Es decir, de unas 400 toneladas anuales de carne caprina de primera calidad. A su vez, producen derivados lácteos, como el queso de cabra, también se produce la miel de monte y, lo más importante, con su presencia y trabajo en el territorio promueven las condiciones ecológicas para la reproducción de la industria apícola que hoy llamamos «orgánica». 

– ¿Por qué resulta tan difícil encontrar productos orgánicos producidos en Córdoba, dentro de supermercados y las grandes cadenas de distribución? 
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El mercado de productos orgánicos se expande de manera extraordinaria, pero se necesitan políticas activas que permitan que los productores locales sean los que abastezcan ese mercado. Es imperdonable que los Estados (provinciales, y la Nación) no trabajen en hacer de esa articulación una política económica integral, que por otra parte sería una garantía para el desarrollo de las economías regionales. 

– ¿Cuáles son las políticas estatales que demandan los productores agrícolas de esta zona?
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La producción campesina o agroecológica necesita de una política de Estado de apoyo, acompañamiento y fomento. Para que estos y otros alimentos sanos, producidos por las manos de miles de familias cordobesas, puedan traspasar las fronteras de los pueblos del interior y llegar al consumidor de la ciudad, el Estado debe implementar acciones concretas. El productor familiar precisa dos tipos de acciones, que deben ir juntas por una relación sinérgica: por un lado, una política clara y sostenida en apoyo a la capitalización en infraestructura. Esto podría implementarse a través de créditos adaptados al sector. Y por otro, un acompañamiento territorial y técnico en la cadena de producción y comercialización.

En la actualidad, miles de familias de Traslasierra son responsables de la producción de los artículos «regionales»: queso de cabra, hierbas aromáticas, cabrito, miel de monte. Un conjunto de productos  que  nutren, con sabor y tradición, la principal actividad económica de la zona, que es el turismo. Es decir: la economía campesina y la actividad turística son absolutamente interdependientes. Sin embargo, la ausencia de políticas estatales hace que esos productores sean el último orejón del tarro en esa cadena de producción de riqueza: los intermediarios en la comercialización retienen el grueso del valor producido, mientras el productor rural queda preso en precios injustos. 

Recortes y ausencia del Estado

“En los últimos tres años, el gobierno viene desarrollando una serie de medidas que tienden a la desprotección estructural del productor familiar”, explica Quirós, cuando se refiere a la gestión del presidente Macri.

 “Por ejemplo, con el desmantelamiento de la Subsecretaría de Agricultura Familiar, efectuado por el Ministerio de Agroindustria de la Nación, la zona de Traslasierra y muchas otras del interior del país, se han visto muy deterioradas. En Córdoba, únicamente, se pasó de 60 técnicos territoriales a tener sólo 7, para atender las necesidades de 10 mil productores familiares de toda la provincia. Los actuales recortes en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) van en esa misma dirección: a contramano de lo que están planteando las agendas globales, en Argentina la producción agroecológica está quedando prácticamente fuera de la agenda  de asuntos agrarios de la Nación”. 

–Alimentarse de manera sana y variada resulta hoy casi un privilegio de clase ¿Qué se piensa en la zona al respecto?
En Traslasierra, como en muchos otros interiores rurales del país, la alimentación de calidad se defiende por tradición cultural y como forma de autonomía. «No va a comparar», suele decir el serrano del sabor del pollo criollo, alimentado a maíz; lo mismo suele decir de la carne criolla: el paladar local le opone el excesivo sabor a «cerdo» que caracteriza la carne de frigorífico o «de feedlot». Sin embargo, esto no quiere decir que las familias campesinas no sean víctimas de las condiciones y efectos de la industria alimentaria argentina tal como la conocemos hoy. Más bien al contrario: al igual que los sectores populares y clases trabajadoras de la ciudad, los pueblos del interior del país son las principales víctimas de la perversidad del alimento barato; mientras el pleno derecho al consumo de alimentos naturales y de calidad es un derecho dado por el mercado exclusivamente, es decir, reservado a las clases medias y altas.

Es impactante cuando constatamos, por ejemplo, que en los departamentos, ciudades y pueblos sojeros de la provincia de Córdoba, las mujeres de los empresarios del agronegocio forman parte del selecto listado de clientes de pequeños productores y cooperativas agroecológicas. Es decir: la élite rural argentina tiene muy claro que puede vivir del cultivo de soja, pero que la comida para sus hijos tiene que cultivarse de otra manera y en otro lado.

–¿Por qué crees que el gobierno Nacional, en medidas como “precios esenciales”, deje afuera toda la variedad de productos agrícolas-orgánicos? 
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Esta exclusión forma parte de la propia lógica de clase en la que se configuró y profundizó la industria alimenticia en los últimos treinta años: los pobres son los que peor comen no sólo ni tanto porque coman «menos», sino y sobre todo porque comen mal. Los pobres son estructural y sistemáticamente confinados a comprar «alimentos» baratos y de la peor calidad: harinas procesadas, productos «larga vida», fast-food, embutidos, etcétera. 

–¿Es posible generar zonas de producción de alimentos libres de veneno. Es decir, por fuera de los paquetes con agroquímicos que impone Monsanto?
La lucha social por la preservación de los bosques nativos cordobeses -de los cuales hoy se conserva solo un 3% de la superficie original- está directamente ligada a las condiciones de posibilidad de desarrollo de una agricultura alternativa, ecológica y libre de venenos. La presencia de familias que viven del campo, tanto en Traslasierra como en el oeste cordobés en su conjunto, es garantía de esa preservación, ya que el uso y manejo que el pequeño productor rural tiene del monte nativo contribuye a mejorar la tasa de renuevo. Es decir: no se trata de «no tocar» el monte, como a veces proclaman algunos ambientalismos ingenuos; se trata, más bien, de mantener y defender formas locales de uso que, como sucede en la agricultura familiar, garantizan la conservación y mejor reproducción de las especies. 

Esto pasa en Traslasierra no sólo con el manejo de leña -la familia campesina produce leña cotidianamente, de manera sustentable y reproductiva-, sino también con otras actividades, como la producción caprina, por ejemplo, que depende del arbustal de monte para alimentarse y que, a su vez, es fuente de recreación de ese monte. En este sentido, es necesario que los actores ambientalistas empiecen a visualizar y a comunicar cada vez más en las arenas públicas que cuando hablamos de «monte cordobés» estamos hablando de un lugar poblado de gente, mucha gente. Monte y pueblos de Traslasierra componen una realidad inescindible, inseparable: no hay uno sin el otro. El monte cordobés es un pueblo, una cultura, y un modo de producir riqueza alimentos sanos , entre otras cosas.

Producción comunitaria

 ¿Qué alternativas promueven desde el Movimiento Campesino de Córdoba para preservar la tierra y asegurar una alimentación sana y variada? 
El Movimiento Campesino de Córdoba viene trabajando local y territorialmente en todas estas cuestiones. Es un trabajo hormiga que se hace en y desde cada territorio, y que depende de generar y fortalecer lazos cotidianos entre las familias y productores, redes de producción y comercialización justa, conciencia y defensa del derecho al arraigo de la gente de campo en el lugar de pertenencia. El Estado debe trabajar a la par de organizaciones como ésta, cuya función social en la práctica va mucho más allá de la «cuestión campesina»: se trata de iniciativas que generan desarrollo local y regional en el interior de la provincia, fortalecen modos de producción agraria ecológicamente sustentables, promueven derechos efectivos de ciudadanía (acceso a salud, educación, trabajo) y tejen redes de abastecimiento de alimentos sanos entre el campo y la ciudad. 

– ¿Es posible generar en la ciudad otras conciencias y cosmovisiones en relación a la vida campesina y comunitaria?  La muestra “Mirá ese monte” ¿se generó a raíz de estas motivaciones? 
Sí. La muestra estuvo orientada a que «miremos» ese monte un poco más de cerca y en su intimidad, con todo lo que lo incluye: su gente, sus modos de producir alimento y riqueza, sus maneras de crear comunidad en y con esa «naturaleza». Que empecemos a entender desde la ciudad que ese modo de vida y producción no es algo «exótico» o algo que pasa «allá lejos», del otro lado de la sierra: es una realidad que nos involucra porque nos ofrece caminos para resolver problemas que son de todos; y que lejos de ser un modo de producción del «pasado», la agricultura campesina, diversificada, libre de veneno y productora de territorios sin veneno, es la agricultura del futuro.

 

Julieta Quirós: antropóloga e investigadora del Instituto de Antropología de Córdoba – CONICET – Museo de Antropología de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC 

Versión  original “La agricultura campesina es la agricultura del futuro

Retratos a Julieta Quirós: Ruth Guzmán
Fotografías Muestra “Mirá ese monte – Vida y trabajo en Traslasierra”
Texto: Irina Morán