La ayahuasca y el mar. Augusto Mulanovich sabe lo que dice

Mi opinión

Augusto Mulanovich volvió al mar, al territorio de su infancia entre Miraflores y Punta Hermosa, a ese océano Pacífico que parece tan distante de las selvas de Madre de Dios donde ha sembrado raíces y fundado una familia que lo abriga y lo potencia.

Augusto es uno de los científicos peruanos que mejor entiende los procesos migratorios que se han sucedido en el oriente peruano y es uno de nuestros especialistas en ecosistemas amazónicos más renombrados. Fundador del ahora mítico Mariposario Tambopata (el ex The Butterfly House de Puerto Maldonado) , Augusto volvió a sus andanzas marineras para entretejer de otra manera los nuevos tiempos que ha empezado a escribir en su vida de baquiano por la Amazonía y terco defensor de sus potencialidades.

Hace unos días me tropecé con este texto suyo dando vueltas por Internet, con este arreglo de cuentas que debe leerse también como el testimonio de una generación –la suya y de alguna manera la mía- a punto de cumplir treinta años de darle duro a la esperanza amazónica.

Gracias, por tanto, cumpa. La Madre Selva y el Padre Mar se lo agradecen.

Mi familia, los Mulanovich, es una familia de surfistas. Mi padre fue uno de los pioneros del surf en el Perú. A temprana edad, su tío, el abuelo de Sofía Mulanovich, primera campeona mundial profesional de surf de nuestro país, le regaló su primera tabla. Eran unas tablas largas, enormes y pesadas.

Con ellas, mi padre se deslizaba sobre olas monstruosas en Pico Alto, Punta Rocas, La Isla (Punta Hermosa) y muchas otras más. En el club Waikiki, se ejercitaba y solía hacer cuatrocientos abdominales con pelota medicinal. Fue campeón de la remada Waikiki -La Herradura en 1957.

De apariencia, tiene un aire a Robert Redford, rubio, de heromoso ojos azules, para mí era Dios. Mi padre me enseñó a correr tabla, a los 14 años ya estaba en Punta Rocas, en “el point”, el lugar donde revientan las olas.

“Pronto, la manada de tablistas estaba en la orilla, lista a ingresar por primera vez a las aguas de Punta Hermosa”, 5,000 años surcando olas. La historia de la tabla en el Perú.

Sin embargo, logré superar mis miedos y amar el mar. Y desde entonces he corrido muchas olas e hice muchos amigos. El mar era para mí, un gran padre…

De muy joven me ayudó a amenguar una ligera pero constante depresión, una tristeza que siempre estaba presente. Se diagnostica como distimia y el mar me ayudaba a sobrellevarla. Luego descubrí que tenía otra pasión oculta. La vida, los animales, las plantas, todo me fascinaba. Por eso decidí entrar a la Universidad Nacional Agraria, donde conocí el Perú. Todas las razas, todos los credos, todas las sangres.

La Agraria tiene hasta el día de hoy un ambiente festivo y campechano. Y ahí fue que hice mis primeros contactos y en el año 89, mi primer viaje a la selva de  verdad, al Parque Nacional del Manu y todo cambió.

Poco a poco la selva me fue jalando más y más y fui olvidando el mar. Los sonidos de las chicharras (o cicadas), las aves, los búhos, las ranas, ese concierto infinito, mágico, maravilloso. La selva me enamoró y desde entonces se convirtió en mi madre.

He tenido la oportunidad de viajar por todas las selvas del Perú, pero la que finalmente me capturó fue la de Madre de Dios. Ahí inicié mis pininos profesionales y finalmente me asenté con mi familia.

En Madre de Dios me he dedicado durante las últimas dos décadas a luchar por la conservación de la selva y tratar de que la gente viva en armonía con ella. Por eso estudié, gracias a una beca, una maestría en conservación en Holanda y junto con varios colaboradores creamos la primera granja de mariposas del Perú.

Criar mariposas fue para mí un juego infantil, una búsqueda de detectives, una pasión fantástica. Y dentro de las mariposas de la selva, la Morpho Azul y sus diferentes especies fue una de las que más me llamó la atención. Con su tamaño gigante y sus alas azul metálicas iridiscentes, esta mariposa se asemejaba a las olas del mar. Yo no me daba cuenta de esto hasta que la ayahuasca me lo mostró.

El gran tamaño de las mariposas Morpho azul y el color azul intenso iridiscente, las hacen merecedoras de un puesto entre las más bellas y singulares del planeta

Fue en el año 2001 que conocí la ayahuasca en Madre de Dios, en la Comunidad Nativa de Infierno fue donde la probé. Esa vez, ante mis ojos atónitos, aparecieron unos calamares gigantes que cambiaban de colores. El mar se hizo presente, pero yo no le tomé importancia.

Luego, años después, muere mi madre y vuelvo a tomar ayahuasca con un amigo que se dedicaba en ese entonces a hacer ceremonias, uno de mis mejores amigos hasta el día de hoy. Más tarde, la madre de mis hijas, que también andaba y anda en este viaje, me presentó a Don Edinson Panduro, antiguo chamán de Puerto Maldonado, maestro de la ayahuasca.

Con don Edison inicié mi viaje con “la planta de los muertos”. El brebaje conocido como ayahuasca es una mezcla de dos plantas, la ayahuasca o Banisteriopsis caapi y la chacuruna o Psicotria viridis. Si bien el brebaje es conocido como ayahuasca, es la chacuruna la que tiene la poderosa Dimetil Triptamina, “la molécula de Dios”, llamada así por su increíble poder introspectivo y de conexión con el universo.

Tomar ayahuasca no es un acto recreativo, es algo muy serio, muy profundo. Produce un increíble sentimiento de pertenencia a la tierra, a la naturaleza, a todos lo que nos rodea. Su reciente banalización es un peligro para su existencia. Para que haya realmente un poder curativo, el chamán tiene que ser una persona conocida, del entorno, de la comunidad. Alguien que sea muy respetuoso de nuestro mundo interior, que no abuse de su conocimiento y poder, que pueda mantener la neutralidad.

Es un psicólogo al que le contamos nuestros más oscuros pensamientos a través de la ceremonia de la ayahuasca. La ayahuasca nos ayuda a resolver nuestros conflictos internos, poniéndonos al frente de la forma más directa y descarnada todas nuestras penas, miedos, alegrías y poder.

La ayahuasca marca en lo más profundo de nuestro ser todo lo que sentimos para poderlo entender, pero entender con el corazón, no con la mente y poder curamos. Pero, además, nos brinda un sentimiento muy profundo de pertenencia a la madre tierra.

“He tenido la oportunidad de viajar por todas las selvas del Perú, pero la que finalmente me capturó fue la de Madre de Dios”.

A mí por lo menos, que soy ateo, me ayuda a encontrar una razón de vivir, la más importante creo yo. Cuidar nuestra casa, nuestro mundo, nuestra pachamama. Es el único lugar que tenemos y matarla es matarnos a nosotros mismos.

He vivido muchos años en Madre de Dios y la selva, mi madre, me hace feliz. Vine a Madre de Dios a crecer, a convertirme en hombre y luchar por su supervivencia. Pero siempre sentí que algo me faltaba, que algo no estaba bien. Recientemente, y después de tomar decenas de veces  la ayahuasca, tuve una visión, la mariposa Morpho azul era el mar que me llamaba pero yo no hacía caso. El mar, mi padre me reclamaba. El me dio la fuerza para superar mi tristeza, la cual ha vuelto recientemente por mí.

Así que, haciendo caso a su mandato, gracias a un gran amigo olvidado, que me acogió en su casa en una maravillosa playa del norte del Perú, volví a correr olas y ahora soy feliz nuevamente, con mi madre  la selva y mi padre el mar.

Mariposario Tambopata, Puerto Maldonado-Perú.

Epílogo

Los que vivimos en Madre de Dios, en su gran mayoría, somos recién llegados. Solo los Ese’Ejas, Harambut, Yines, Machigengas y algunos otros pueblos indígenas, son pobladores antiguos de estas tierras, los demás llegamos después. La gran mayoría en las últimas décadas. Vinimos de CuscoPuno, Ayacucho, Apurímac, Arequipa, Tacna, Lima, Loreto, Pucallpa, Japón, Estados Unidos y Europa. Lo importante, finalmente, no es de dónde viniste, si no por qué viniste a Madre de Dios.

Muchos llegaron con hambre, con el estómago vacío, otros con sed de riqueza y otros como yo, buscando encontrarme conmigo mismo, pero a la vez, atraído por la inmensidad y admiración de estos bosques, ríos y cochas, sus peces, sus monos, sus mariposas, sus jaguares, sus shushupes, sus sachavacas y ronsocos y sus hermosos, majestuosos árboles: la lupuna, el ojé, el shihuahuaco, la castaña y muchos, muchos más.

En Madre de Dios vivimos divididos, los nativos contra los colonos; los mineros contra los agricultores y empresarios turísticos; los castañeros contra los madereros; los andinos contra los selváticos, etc. Somos  pocos y muy variados, pero nos peleamos todo el tiempo, por un palo, un puñado de oro, un pedazo de tierra.

Muchos dicen que la minería debe desaparecer, debe ser erradicada. No estoy de acuerdo. No me parece realista. Pero lo que sí creo es que podemos hacer las cosas mucho mejor. Y no lo estamos haciendo.

El oro será sacado, nos guste o no. Hay que hacerlo con el mejor cuidado. No usar más mercurio en el proceso, implusar cierres de minas adecuados, reforestar y restaurar; tratar a la gente con dignidad, sin prostibares, sin niños esclavos, sin sicarios que nos están matando. Y que la minería deje impuestos que sean usados para el bien de todos, para generar un futuro mejor.

Estamos matando el bosque y el agua, matándonos a nosotros mismos con el mercurio, el plástico y la gaseosa con cafeína y azúcar que la gente le da sus hijos para que no jodan. 

Hay los que venimos a Madre de Dios desesperados de hambre y de riquezas, otros que vemos el amor que esta hermosa tierra nos da. Muchos grupos cristianos existen en Madre de Dios, prometiéndole a la gente un pedacito del cielo. A la mierda con ese Dios, ese Dios cruel  que te renta un poco de amor y te amenaza con el infierno, ese no lo quiero. Tenemos que vivir el hoy y pisar y amar la tierra, la Pachamama, la que nos ha dado y nos dará todo, lo que somos y seremos, la que tendrán nuestros hijos.

Vine de Lima hace dos décadas, a trabajar con guacamayos y mariposas y me enamoré de Madre de Dios, donde crío a mis hijas. No sé si ellas querrán vivir en Madre de Dios cuando sean adultas, lo único que puedo mostrarles es mi amor por esta tierra, donde no nací, pero que me ha dado tanto y que le estaré agradecido hasta el día de mi muerte. 

Buenas olas, buenos vientos… Madre Selva, Padre Mar…