La bella historia de un manatí que cambió la vida de una población colombiana

Miguel Ángel Espinosa Borrero para El Tiempo

Mi opinión

Colombia es un país contradictorio, extremadamente contradictorio. Mientras la violencia impone condiciones a pesar de los esfuerzo, el diario El País acaba de reportar la muerte de un nuevo defensor ambiental, el año pasado fueron asesinados 65, en Puerto Nariño, en una humilde localidad de 8 mil habitantes en la frontera con Perú, hombres y mujeres se han agrupado para alargar la vida de un manatí que llegó agonizante a sus playas.

El suceso ocurrió en el 1998: desde entonces y gracias al apoyo de Fundación Omacha, una ONG colombiana dedicada a la conservación de ecosistemas y especies terrestres y acuáticas, manatíes y delfines de río entre estas últimas, los pobladores de este municipio colombiano se han venido turnando para dar de comer y cuidar a Airuwe, manatí en tikuna, un mamífero que habita aguas dulces que ha sido incluido en la lista de especies amenazadas de la convención CITES y el Libro Rojo de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) .

Del amor y cuidado al simpático sirénido, liberado en el 2004 en un lago cercano cuando pesaba 4oo kilos, los pobladores de Puerto Mariño se dedican ahora a proteger delfines de río y pirarucús, un pez común en los cursos de agua de su entorno vecinal. Ejemplar, la comunidad en pleno se convirtió gracias al cariño desinteresado por un animal indefenso en una comunidad conservacionista. Como para aplaudirlos de pie.

En Perú, leo en el prolijo Libro Rojo de la Fauna Amenazada del Perú (SERFOR, 2018), la especie ha sido reportada en el Parque Nacional Güeppi-Sekine, en la Reserva Nacional Pacaya-Samiria, en la Reserva Nacional Alpahuayo-Mishana, en la Reserva Nacional Matsés y en la Reserva Comunal Purús, su hábitat más meridional en nuestro país. Se sospecha que también debe haber presencia de Trichechus inunguis en el Parque Nacional Sierra del Divisor. En todos los casos las amenazas contra la especie provienen de la caza ilegal y la contaminación de los ríos y cochas que frecuenta. Les dejo la nota que publicó El Tiempo de Bogotá hace unos días, es esperanzadora.

Ocurrió en una mañana, en agosto del año 1998, cuando el extraño mamífero acuático apareció en Puerto Nariño para cambiar la historia de esta población ubicada en Amazonas.

Se trataba de un manatí. En aquel entonces, los pescadores de Puerto Nariño desconocían la especie. Solo la cazaban para el autoconsumo, o, en muchos casos, la mataban por miedo a lo que pudiera hacer, ya que no sabían qué clase de mamífero era.

La cría tenía una herida causada por una flecha en su costado izquierdo, medía cerca de un metro de largo, pesaba 15 kilos y, según expertos, tenía alrededor de cinco semanas de nacida.

Fue el señor Gonzaga, un hombre querido en este municipio, quien en ese entonces la compró para llevarla a un pequeño lago, donde finalmente la entregó a Alejandra Galindo, encargada de la fundación Omacha.

Airuwe, el manatí de Puerto Nariño, Amazonas
Airuwe fue cuidado en varias fincas de Puerto Nariño. Foto:  Fundación Natütama

Puerto Nariño es una pequeña población en la que habitan cerca de 8.000 personas. Se encuentra ubicada a orillas del río Loretoyacu y es uno de los destinos turísticos más visitados del departamento.

En este lugar se encuentra la jurisdicción indígena Aticoya, un resguardo que agrupa a las etnias ticuna, cocama y yagua.

Al mamífero decidieron llamarlo Airuwe –que en dialecto ticuna significa manatí– y lo que pasó durante ese tiempo de su llegada es aún hoy, 22 años después, motivo de orgullo para una comunidad que encontró en este animal una forma de reconciliación con la naturaleza.  

Salvar una vida

La herida de Airuwe se infectaba. Habitantes de este municipio señalan que en aquel entonces fue necesario contactar a un veterinario en Estados Unidos para que viniera a atender al mamífero, su nombre era Gregory Bossart.

Karina Laureano Benítez, quien hace parte de la Fundación Natütama, asegura que gracias a la llegada de este experto, además de la presencia de jóvenes biólogos que en ese momento realizaban labores en la Fundación Omacha, se empezaron los cuidados de Airuwe.

“La alimentación fue difícil, ellos tienen una dieta rigurosa, en vía silvestre las crías se alimentan con leche materna –recuerda Karina–. Por eso, fue necesario darle leche de soya con un suplemento vitamínico que había que suministrarle entre cinco y seis veces al día”.

Con el propósito de evitar que la herida se agravara, fue necesario movilizar a la criatura a una alberca que tenía agua de lluvia. Para ese momento, Airuwe ya había pasado por tres fincas de Puerto Nariño, esta vez llegaba a la alberca de la familia Muñoz.

En cuatro meses pudieron sanar la herida. Más adelante, como la alimentación del manatí era tan costosa, las mujeres que hacían parte de la Fundación Omacha lograron que Salud Colpatria donara, a través del Club de amigos del manatí, los suplementos y el alimento de Airuwe.

Para aquel momento, Airuwe ya medía metro y medio, pesaba 75 kilos y tomaba cuatro litros de leche diarios. Fue cuando quienes lo cuidaban decidieron suministrarle plantas acuáticas, pues eran necesarias dentro de su dieta y vida silvestre.

“El animal fue creciendo y la gente empezó a trabajar para su cuidado –rememora Karina–. Fue en ese momento que la comunidad conoció al manatí, cuando empezaron a cuidarlo. Todos, todos, venían a verlo, a colaborar con su cuidado y se acercaron más a él”.

 

 

Como Airuwe crecía y crecía, fue necesario construir una piscina en la parte trasera de la Fundación para que se moviera con mayor libertad. Los encargados de cuidarlose metían al agua con él, lo abrazaban y jugaban para que sintiera el calor de una familia.

Cada vez eran más las personas que se acercaban a contemplarlo, a conocerlo, cada habitante de Puerto Nariño aprendía más de los manatíes. No obstante, sus cuidadoras ya empezaban a sugerir la idea de liberarlo en el río.

Antes de su liberación, Airuwe llegó a la última finca de Puerto Nariño, la de Sorayda Velosa, era una piscina extensa donde todos lo acompañaban para vigilar que estuviera fuerte cuanto tuviera que ser liberado.  

 

Airuwe, el manatí de Puerto Nariño, Amazonas
Proceso de curación de la herida de Airuwe.Foto: Fundación Natütama

 

Libertad y aprendizaje

Antes de llevarlo al lago Tarapoto (que hace parte de la Lista de Humedales de Importancia Internacional de la Convención Ramsar) para su liberación, Casimiro Ahué, Demetrio Silvia, Misael Ahué, Pedro Ahué y Francisco Silva, un grupo de pescadores de Puerto Nariño, se capacitaron para poder contribuir en el proceso de monitoreo de Airuwe.

En una gran caravana, en la que participaron casi todos los habitantes del pueblo, se llevó a cabo la liberación de Airuwe en febrero del 2002, cuando pesaba casi 400 kilos.

 

Airuwe, el manatí de Puerto Nariño, Amazonas
Atardecer en el lago Tarapoto.Foto: Archivo particular

Para aquel entonces, los expertos decidieron amarrar un cinturón con un radio transmisor al manatí para continuar el monitoreo de su vida en libertad.

“Esto permitió tener datos específicos del animal –explica Karina–. Gracias al monitoreo se pudo saber qué comía, dónde estaba, cuántas veces al día salía a respirar, en fin. Para esto fueron muy útiles los pescadores, quienes vigilaban sus andanzas, además de que empezaron a construir todo un aprendizaje de conservación para evitar la caza de esta especie”.

A raíz de la experiencia que Puerto Nariño vivió con el rescate de Airuwe, la comunidad empezó a apuntar hacia un proceso de conservación que agrupó también a otras especies como el delfín rosado y el pirarucú (un tipo de pez que se da en estas aguas del Amazonas).

Es así como nace, aparte de la Fundación Omacha, el Centro de Interpretación Ambiental Natütama –otra palabra del dialecto ticuna que significa ‘El mundo debajo del agua’.

Airuwe, el manatí de Puerto Nariño, Amazonas
El Centro de Interpretación Ambiental Natütama nace en 2005.Foto: Fundación Natütama

Los primeros que hicieron parte de este proyecto fueron los pescadores, quienes cumplían la función de vigilar y proteger a las especies, así como también educar a otros cazadores para que se detuviera la persecución de estas especies y aprender a ser responsables con el ecosistema.

Rocío Perdomo, gestora institucional de Natütama, señala que fue gracias a la labor de cinco mujeres que se empezó este proyecto: Sarita Kendall, Diana Orozco, Alejandra Galindo, Ximena Torres y ella, quienes deciden empezar a difundir estos conocimientos sobre las especies acuáticas en las escuelas, lo cual se convirtió en todo un programa de conservación y educación ambiental a partir de la información de los pescadores.

“Una de las estrategias importantes que tiene este proceso de educación ambiental es que combina conocimiento cultural, científico y local –señala Rocío–. Se trabaja a través de historias de origen, cantos tradicionales y cómo se adaptan para el fortalecimiento cultural”.

A través de los abuelos en las comunidades indígenas se empezó a realizar un trabajo conjunto que permitió conocer a todas las especies de animales, plantas y de pájaros que habitan en Puerto Nariño. El trabajo se amplió a otras especies, como dos delfines de río, gris y rosado, tortugas de río, perezosos, pirarucú y garza gris.

Muchas especies se encontraban en diferentes categorías de amenaza, por lo cual fue necesario un trabajo sin descanso.

“Fue duro el proceso porque las comunidades indígenas tienen como sustento la caza y la pesca, fue difícil convencerlos, fue un proceso muy arduo –narra Rocío–. Fue paso a paso y logramos trabajar en la difusión de una información ya establecida para unos tiempos de pesca, por ejemplo, en el caso del pirarucú, no está permitida su pesca entre octubre y marzo, que es cuando hay veda”.

Es en ese momento cuando surge la necesidad de crear un espacio para educar sobre la conservación de la naturaleza, así los colaboradores de Natütama crean un salón dotado de dos momentos: son dos módulos, uno está adecuado para representar la temporada de aguas altas; el otro, de aguas bajas, o verano.

Airuwe, el manatí de Puerto Nariño, Amazonas
Espacio donde se encuentran los módulos donde se cuenta con una réplica del hábitat acuática de las especies del Amazonas. Foto: Fundación Natütama

En el primer módulo, los visitantes pueden sentir cómo se vive debajo del agua gracias a las figuras talladas en madera en tamaño real.

Estas figuras se instalaron gracias a las enseñanzas de dos talladores de la etnia cocama: Ruperto Ahuanari y Jesús Ahuanari, dos hermanos que enseñan sobre técnicas de tallado en este centro.

De esta manera, las personas que visitan este espacio pueden llegar a entender más el hábitat de las especies cuando van directamente a conocerlas.

Además, es guiado por un grupo de jóvenes locales que se han formado en este lugar para realizar recorridos guiados. Estos adolescentes han recibido formación basada en los saberes tradicionales para continuar con este trabajo en la zona y que perdure a través del tiempo.

“Hemos visto crecer generaciones con un amplio conocimiento de las especies acuáticas –explica Rocío–. Es un valor agregado que nos permite tener la posibilidad de que estos temas de conservación sean más fuertes”.

Airuwe, el manatí de Puerto Nariño, Amazonas
Calle principal de Puerto Nariño, en Amazonas. Foto: Archivo particular
 

 

Desde el 2005, Natütama se encarga de educar sobre la conservación y el cuidado del medio ambiente. Aún hay cacería, indica Rocío, pero es más grande el logro de empezar a hablar de conservación, lo que permite que en Puerto Nariño se mantenga el ritmo de trabajo con adultos y menores, para lograr que los acuerdos trinacionales (Perú, Brasil y Colombia) y de conservación que existían desde mucho tiempo antes se sostengan cada vez con más fuerza.

Las amenazas sobre el manatí todavía persisten, es por esto que los miembros de esta fundación insisten en hacer un llamado a los visitantes para que sean responsables en sus actividades turísticas.  

Una fiesta por Airuwe

Cada año, durante la última semana de agosto, se celebra la Semana Natütama, es una celebración en honor a Airuwe que engloba temas de interés, talleres y presentaciones culturales para difundir los conocimientos de los indígenas, además de la conservación de las especies.

Es normal ver por las calles de Puerto Nariño algunas paredes con dibujos de manatíes. El impacto que esta experiencia dejó en el municipio es tan grande que logró unir los saberes ancestrales y los conocimientos sobre conservación en torno a la protección de las especies.

Antes de la celebración en agosto, los miembros de la fundación se reúnen con las comunidades indígenas para desarrollar una investigación durante el primer semestre de las especies, cómo cuidarlas y cómo mejorar lo aprendido hasta el momento.

“Seguimos trabajando y cada uno de esos muchachos ha ido tomando otros rumbos, pero dejan sus semillas, sus trabajos –asevera Karina–. Es una iniciativa que deja ganas de trabajar en este proceso en los jóvenes. Además, la fundación, hasta ahora, es una puerta para que los más pequeños puedan desarrollar sus talentos y pasiones”.

La juventud en Puerto Nariño continúa su trabajo de conservación amparados por los saberes ancestrales. No desisten de su trabajo en honor a Airuwe.

Tras la liberación de este mamífero, la señal del radio transmisor permitió monitorearlo por cerca de seis meses. Después no se pudo saber más del animal.

Muchos aseguran que lo vieron durante más tiempo, pues cada manatí lleva una mancha blanca en su pecho que es diferente en cada uno. Así, muchos aseguran que aún pasaba a saludar a la comunidad que lo salvó de morir en una red durante agosto de 1998.

Airuwe, el manatí de Puerto Nariño, Amazonas
Expertos señalan que la mancha en el pecho de los manatíes es el rasgo que identifica a cada uno.Foto: Fundación Natütama

 

No obstante, otros señalan que tal vez encontró a su pareja y fue a recorrer aguas más profundas.

Esté donde esté, el recuerdo de Airuwe se mantiene vigente en la comunidad, pues hoy todos recuerdan al manatí que le enseñó a Puerto Nariño la importancia de reconciliarse y aprender a convivir con la naturaleza.