La experiencia de Posada Amazonas, un modelo de autogestión y desarrollo sostenible en la Amazonía peruana

Hace unos meses tuve la oportunidad de entrevistar a Mario Napravnik, gerente general de Rainforest Expeditions, la cadena de albergues en la selva peruana que cumple este 2019 sus primeros treinta años de operaciones ininterrumpidas en uno de los paisajes más extraordinarios del planeta, la cuenca del río Tambopata, en Madre de Dios, la capital de la Biodiversidad del Perú.

Durante nuestro encuentro hablamos de todo, casi sin parar, gracias a Napravnik, biólogo por una universidad limeña, supe del trajín de los primeros años de la empresa, de sus vínculos con la población Ese eja de los contornos próximos a los tres ecolodges que administran, también, por supuesto, de los proyectos científicos que han venido desarrollando a lo largo de estas tres décadas y de muchos otros temas que me han servido para comprender la importancia que ha tenido la empresa en el desarrollo regional.

Madre de Dios, pese a sus dificultades, sigue siendo uno de los departamentos más promisorios de nuestro país para el turismo y los bionegocios.

De ese encuentro dos comentarios suyos se me quedaron grabados. El primero fue el relacionado con el impacto que la actividad turística y el progreso de las poblaciones locales han tenido sobre el ecosistema amazónico. En Perú el desarrollo de las comunidades, su inserción en el mundo moderno, ha ido en detrimento, muchas veces, de la naturaleza. Sobre el particular, el empresario turístico fue muy claro: “Sin la alianza que logramos establecer con los comuneros de Infierno estos bosques no existirían, se hubieran perdido”.

El segundo comentario suyo se refería a un tema tangencial al desarrollo amazónico: las carreteras. “Nosotros sabíamos que la Interoceánica iba a traer problemas. Pensábamos que iba a ser la soya, la pérdida del bosque para dedicarlo a los cultivos de este producto. No nos imaginamos que el problema iba a ser la minería”.

Mario Napravnik, gerente general de Rainforest Expeditions. Foto Gestión.

Manos a la obra: los colonos de Infierno

“Nuestros padres se dedicaban a la cacería y a la extracción ilimitada de la madera. En nuestras comunidades esa fue una constante, pensábamos que los recursos eran infinitos, hasta que un día nos dimos cuenta que no era así, que mientas más destruíamos el bosque, más pobres nos volvíamos”. Quien toma la posta de este relato es Federico Durand Torres, comunero de Infierno y en la actualidad gerente general de Baawaja Expeditions, el eco-albergue que su comunidad ha construido –el segundo que gestionan-  para afianzarse como una de las comunidades indígenas más desarrolladas en esta parte del planeta en cuanto a turismo sostenible y conservación de la naturaleza se refiere.

Durand me recibe en las oficinas de la empresa comunitaria que administra también la concesión ecoturística de 1500 hectáreas que la comunidad recibió del Estado, el lago Tres Chimbadas y el Centro Ñape, un instituto etno-medicinal creado a inicios de la década de 1980 cuando pocos pensaban que el turismo sostenible iba a transformar la vida comunal. Federico es un hombre de mediana edad crecido y formado en una familia mestiza de la comunidad de Infierno. Sus padres pertenecen a la generación que entendió –poco a poco- que el turismo podía convertirse en una herramienta de desarrollo y cuidado del medio ambiente. Según su relato y también el de Napravnik, testigo de excepción de la transformación de Infierno en una comunidad sostenible, las cosas ocurrieron más o menos así:

En 1989 un jovencísimo Eduardo Nycander, arquitecto y fotógrafo de naturaleza, llegó a la cuenca de Tambopata para impulsar un proyecto de investigación que salvara de la destrucción a las comunidades de guacamayos de los alrededores de la collpa Colorado, uno de los refugios de vida silvestre más extraordinarios del departamento de Madre de Dios. En poco tiempo, Nycander y sus colaboradores echaron a andar el mítico Tambopata Research Center (TRC), un centro de investigación y ecolodge del más alto nivel a dos días de navegación desde Puerto Maldonado por el río Tambopata.

Napravnik me había comentado lo siguiente: A los Ese ejas de Infierno los conocíamos desde que llegamos al Tambopata. Algunos comuneros de Infierno trabajaban en el TRC, nuestro primer albergue, éramos vecinos, cuando íbamos a la comunidad nos recibían y nos apoyaban en todo lo que podían. Después de ocho años de relación, sin hablar de negocios, recién nos juntamos y decidimos embarcarnos en el proyecto de construir un albergue en sociedad. Así nació  Posada Amazonas, un albergue co-gestionado por ellos y nosotros desde 1996”.

Durand sonríe cuando le cuento lo que me ha comentado Napravnik. Ambos se conocen muy bien, a los dos les toca gerenciar  los albergues más conocidos del Tambopata. “Fue así. Lo que no te ha contado Mario es cómo los hicimos sufrir, constituir una sociedad y empezar a trabajar de manera coordinada no fue tan sencillo como parece”. En efecto, los comuneros más antiguos de Infierno tenían un mal recuerdo de las instituciones que habían pasado por la comunidad ofreciendo mucho y aportando, al final, muy poco. O nada. La experiencia de trabajo con las agencias del Estado con las que se habían involucrado desde la creación de la comunidad en 1976 y con los empresarios turísticos que los buscaron para emprender proyectos de manera conjuntas tampoco había sido la apropiada.

Muchos de los comuneros en asamblea comunal, el máximo espacio de decisión en Infierno, manifestaron en un primer momento su rechazo a cualquier tipo de alianza con los muchachos de Rainforest Expeditions.

Federico y Mario, cada uno por su lado, hacen mención a las numerosas visitas que Eduardo Nycander debió hacer a cada una de las familias de la comunidad para explicarles los beneficios que podía reportar la sociedad si es que trabajaban de manera organizada y transparente. La idea era sencilla, en apariencia: la comunidad debía aportar el espacio físico donde se levantaría el nuevo albergue y la empresa la comercialización del nuevo producto y su adecuada administración. Las ganancias se compartirían y los riesgos, que eran muchos, también.  El turismo étnico y el de naturaleza, juntos, gestionados de manera moderna, por una asociación voluntaria entre una comunidad nativa y una empresa privada podía detonar el cambio.

Ese era el sueño.

Tiempos de transformación

“Nuestros padres lo lograron, dos años les tomó ponerse de acuerdo y terminar la construcción del nuevo albergue”, comenta Durand. Lo hicieron: dejaron de lado las comprensibles dudas que tenían y se lanzaron, de lleno, a la tarea. Entre todos levantaron el nuevo albergue mientras iban definiendo las bases del tipo de sociedad que querían construir.

Así nació el albergue Posada Amazonas; sin duda el emprendimiento de gestión compartida más revolucionario –y moderno- de la Amazonía peruana, un ecolodge  que con el correr de los años se convertiría en un ejemplo a seguir.

El contrato que firmaron los dirigentes de la comunidad de Infierno con los directivos de Rainforest Expeditions tenía en un principio una duración de veinte años. Al final de ese plazo las instalaciones del albergue y la operación, lo estipulaba claramente el acuerdo, debían pasar a manos de la comunidad.  Durante los primeros diez años de la sociedad, la comunidad nativa de Infierno, compuesta por un poco más de 150 familias, recibió en ingresos directos por concepto de la operación casi 25 millones de soles, un poco menos de ocho millones de dólares.  Y desde entonces la parte de las ganancias que se comparten entre las familias de la comunidad han aumentado  los ingresos anuales de cada hogar en un 25 por ciento.

“Pienso que el éxito de todo lo que hemos logrado, continúa Federico Durand, conferencista de lujo en los encuentros de turismo rural comunitario que el vice-ministerio de turismo de Perú organiza regularmente, se debe al esfuerzo de toda la comunidad y al empeño que le pusimos en aprender. Todo lo que nos propuso Rainforest Expeditions era nuevo para nosotros”.

“Lo principal para avanzar fue la transparencia, agrega, si las cosas se manejan bajo la mesa no se avanza, al contrario, surgen rivalidades y conflictos que perjudican a la comunidad. Somos como un estado pequeño, entre nosotros hay de todo, como en el Perú: izquierdistas, derechistas, centristas, de todo, ponernos de acuerdo implica un reto. Eso hemos aprendido”.

Las ganancias que deja el join-venture a la comunidad de Infierno se invierten preferentemente en programas de educación, salud, asistencia social –en especial para los ancianos- y en obras de desarrollo. Tal vez por eso las diferencias en el nivel de vida entre la comunidad de los Durand, Pesha, Mishaja, Duri, los líderes eje ejas de la primera hornada y las demás saltan a la vista. “El turismo ha vencido a la minería ilegal, comenta con orgullo Federico Durand, el turismo ha solidificado a la comunidad, antes éramos una comunidad convencional, llena de problemas, atrasada, sin proyectos de desarrollo, ahora somos una comunidad sostenible, que cuida sus bosques y maneja apropiadamente sus recursos”.

En Infierno se siente el cambio. Las microempresas de servicios crecen y los econegocios se consolidan. Los nuevos dirigentes, muchos de ellos menores que Durand, han asumido la conducción de la comunidad. Los más viejos, los abuelos como los llaman, siguen asistiendo a las asambleas comunitarias y a los demás espacios de decisión compartida. Y de hecho su voz, sus consejos, son escuchados por el resto de la población.

Hace muy poco tiempo, cuando la prórroga al primer contrato llegó a su fin y algunos miembros del colectivo propusieron dar por finalizada la sociedad con Rainforest Expeditions fueron ellos, los miembros de la primera generación de empresarios turísticos, los que levantaron la voz para exigir que se continuara un tiempo más con el experimento asociativo que tanto bien había producido en esta parte del Tambopata. Y de común acuerdo, entre todos, se decidió alargar la sociedad un tiempo más. Eso sí, cambiando un poco, para bien de Infierno, los términos del nuevo contrato: esta vez el 75 por ciento de las ganancias que  Posada Amazonas genera van directamente a las arcas de la comunidad. Todos felices.

El modelo para la gestión de los recursos del bosque amazónico existe.

Federico Durand y Pilar Montesinos, líderes del turismo comunitario en Perú.