La magia de los humedales

Ramiro Escobar para El País

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Buen domingo para todos. Aprovecho la oportunidad para pasarles este artículo de Ramiro Escobar que me acaban de enviar los amigos de @avesplayeras a través de su cuenta en Twitter dedicada a promover el avistamiento y cuidado aviar en litorales y mares del planeta.

Me alegra que de vez en cuando Ramiro vuelva al tema ecológico y se anime a ilustrarnos con su sapiencia de periodista cazurro y bien informado. Se los dejó allí, disfrútenlo, vivimos en un país atiborrado de humedales de todo tipo. Un país que nos refriega en la cara -todos los días- la necesidad de conocerlos y cuidarlos.

Ahora que retorna a Lima – o a Chimbote, o a Puno, o a Pucallpa- después del feriado de Semana Santa estiré un poco el cuello, abra bien los ojos y goce del espectáculo de vida silvestre que se aglutina en alguno de los diez mil espejos de agua que todavía respiran y permiten la generación de la vida.

A media mañana, con un sol veraniego algo sofocante, la totora (una planta característica de los pantanos) que nos rodea, y que puede sobrepasar los dos metros de altura, apenas permite ver el revuelo juguetón de una enorme bandada de aves sobre la laguna. Son decenas, o cientos, y van desplazándose casi plásticamente sobre el cuerpo de agua, con una imperturbable dulzura.

No se pueden contar, pues de pronto aparecen más y más, como llamadas por una mágica señal escondida en las entrañas de este humedal. La mayoría son gaviotas de Franklin (Larus pipixcan), aunque de pronto se cruza una garza blanca (Egretta alba), que pone en la escena un trazo de aún mayor plasticidad, un tanto solitaria pero que no desentona con el entorno.

Este es el corazón de los Pantanos de Villa, un humedal de 263 hectáreas ubicado en el distrito de Chorrillos, dentro de Lima Metropolitana, la capital del Perú. De acuerdo al Servicio Nacional de Áreas Protegidas (SERNANP), es un Refugio de Vida Silvestre, el único que le queda a esta ciudad de ocho millones de habitantes, que parece albergar mucho más autos que árboles.

Décadas atrás, este humedal se asentaba sobre unas 2.500 hectáreas, según Daniel Valle Basto, quien hasta el año pasado era director técnico de esta área protegida. No había, como ahora, tantos asentamientos humanos (chabolas), barrios residenciales o fábricas a su alrededor. Pero poco a poco la urbanización y el descuido se fueron devorando sin clemencia a este ecosistema.

Es la historia de muchas ciudades y humedales alrededor del mundo. Shanghai, por ejemplo, una de las urbes más pobladas del mundo —con casi 20 millones de habitantes—, está asentada sobre el delta del río Yangtsé. Inicialmente era solo un pueblo de pescadores, pero a partir del siglo XIX se fue poblando, hasta que en la actualidad es una metrópolis gigante, desbordada.

Lo mismo ocurre con Nueva York, que en sus albores se asentó sobre la desembocadura del río Hudson, otro pantano, para luego ir creciendo hasta convertirse en una de las capitales emblemáticas del planeta. En su libro El mundo sin nosotros, el periodista norteamericano Alan Weissman hace incluso una previsión algo sombría sobre un futuro sin humanos en esta ciudad.

De acuerdo a él, ante la ausencia de nuestra especie, la flora nativa volvería a apoderarse del espacio urbano, las alcantarillas reventarían y el humedal original volvería a ser tal. En ese horizonte, otras varias ciudades estadounidenses, construidas sobre humedales, podrían transformarse de ese modo. Las candidatas de fuerza: Nueva Órleans, Houston, Miami.

La primera está situada en el delta del río Misisipi, la segunda sobre pantanos que se asoman al Golfo de México, y la última sobre una parte de los Everglades, otro pantano gigantesco, del que quedan vestigios si uno sigue por la calle 8 de la ciudad plástica y se adentra en el Parque Nacional que los conserva. Es decir, si no se queda solo en los centros comerciales o discotecas.

No es casual que todas estas grandes aglomeraciones urbanas hayan crecido alrededor de un humedal. En sus inicios, sus habitantes fundadores buscaron en este peculiar ecosistema ese recurso que es esencial para el humano y para los otros seres vivos: el agua. Pero con el paso del tiempo terminaron invadiendo sin piedad a las gaviotas y muchas otras especies.

El corazón de la biodiversidad

Un cormorán (Phalacrocorax carbo) de pronto se zambulle, raudo, en otro cuerpo de agua de los Pantanos de Villa. Estaba parado sobre un tronco y no bien sintió mis pasos se lanzó, como si conociera la historia pasada de estos humedales y de los miles que hay en el mundo. En total, entre continentales y costeros, abarcan 12,8 millones de kilómetros cuadrados en el orbe.

La cifra fue dada en el 2012 por el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente). Incluyen, según el Convenio Ramsar —acuerdo internacional para la conservación y el uso racional de los humedales que toma el nombre su nombre de la ciudad iraní donde se adoptó, en 1971—, a pantanos, marismas, turberas, deltas, ciénagas, lagunas, manglares.

Son “superficies cubiertas de agua, sean éstas de régimen natural o artificial, permanentes o temporales, estancadas o corrientes, dulces, salobres o saladas, incluidas las extensiones de agua marina cuya profundidad en marea baja no exceda de seis metros”. Arrecifes coralinos, como los que hay en la isla caribeña colombiana de San Andrés, también son considerados humedales.

Embalses artificiales, de esos que son numerosos en España, son igualmente humedales; así como los estanques donde se crían, para consumo humano, peces o camarones. Y los bofedales, que son ecosistemas de altura, bastante frecuentes en los Andes bolivianos, chilenos y peruanos, que se forman por los deshielos glaciares, las precipitaciones o los afloramientos subterráneos.

En la Amazonía existe un humedal muy peculiar, hermoso, denominado aguajal, por estar asociado a una palmera denominada aguaje (Maurita flexosa). Produce una fruta deliciosa, muy consumida en dulces o helados. Sólo en el departamento peruano selvático de Madre de Dios existen más de 2.500 aguajales, donde abundan las especies de plantas y animales.

Como observa Heidi Rubio de WWF Perú, son asimismo el hábitat de diversos tipos de orquídeas, entre ellas la mundialmente conocida vainilla (Vanilla platiforme). En su seno, por si fuera poco, pululan caimanes, serpientes, o mamíferos como la sachavaca. Son humedales espectaculares que, por si no bastara, son inmensos y prodigiosos criaderos naturales de peces.

Porque esa es una característica de prácticamente todos los humedales: albergar una enorme biodiversidad. Son una fiesta para las especies, por la presencia de agua y de recursos que pueden ser consumidos, que alientan la vida. La pena es que, aproximadamente desde 1900, se han destruido al menos el 50% de todos los que existen en el mundo, según cifras de la ONU.

Agua va, agua viene

Un documento de la Secretaría de Ramsar y el Instituto de Política Medioambiental Europea (IEEP), del 2013, da pistas para entender toda esta magia. “Los ciclos global y local del agua dependen en gran medida de los humedales”, apunta. Hay un trance que es posible por lo que ocurre en lugares como el delta del río Okavango (Botswana) o las marismas del Guadalquivir.

El humedal acumula agua por las lluvias, la nieve, el granizo, la humedad, el agua subterránea (es el caso de los Pantanos de Villa), por lo que le surten arroyos y ríos (el delta del Nilo, por citar un caso). Ahí retiene el recurso vital, lo guarda y lo hace circular por las venas de su ecosistema y, como precisa Cristian Frers en la revista Waste Magazine, “lo libera lentamente”.

A la vez, los seres vivos que lo habitan transpiran y el agua misma se evapora, con lo que se forman nubes, o humedad, y el círculo virtuoso hídrico se repite indefinidamente. Tiene lógica que el hombre se haya asentado allí, como lo hacen otras miles de especies, que encuentran en estos ecosistemas lo que, literalmente, necesitan para seguir andando en este mundo.

Por eso, el pueblo Muisca, que habitó ancestral sabana donde hoy está Bogotá, adoraba los humedales de esta zona, hoy bastante agotado. Y los pueblos prehispánicos del Tawantinsuyo vieron en el lago Titicaca, el más alto del mundo y un enorme humedal, como el sitio de donde emergieron Manco Cápac y Mama Ocllo, los fundadores míticos del Imperio Incaico.

Lo que ha ocurrido con los años, sin embargo, es que se han ocupado los humedales a mansalva. Néstor Collado, economista de la Universidad del Pacífico (Lima), afirma que una de las principales amenazas para estos maravillosos cuerpos de agua ha sido la urbanización excesiva. Eso que se ha hecho en lugares como la península de Florida, en Nueva York, en Shanghai.

Collado también sostiene que el valor económico total de estos ecosistemas “normalmente es mayor al valor económico total para otros usos”. En otras palabras: un lago, un pantano, una turbera, un arrecife o un manglar vale más conservado que urbanizado o alterado para extraerle el agua sin mayores cálculos. Los ejemplos que lo demuestran no son pocos ni extraños.

La Evaluación de Ecosistemas del Milenio, un estudio encargado por la ONU en el 2000 y terminado en el 2005, arrojó que en Tailandia las áreas intocadas de manglares tienen un valor, como están, de al menos 1.000 dólares por hectárea (por los recursos pesqueros, entre otros). Cuando devienen en estanques para criar camarones ese valor cae hasta los 200 dólares.

Multiservicios, para el clima incluido

Otro dato del estudio anterior señala que en Canadá los pantanos de agua dulce tienen un valor de 5.800 dólares por hectárea; drenados para la agricultura, solamente producirían 2.400 dólares. El negocio de la conservación puede ser sumamente redondo si se sabe cómo aprovechar los múltiples servicios ambientales de un humedad, incluyendo al turismo por supuesto.

Más aún: los humedales, de diverso tipo, tienen una pasmosa capacidad de capturar carbono, un papel central en estos tiempos donde el cambio climático tiende a agravarse. Especialmente las turberas, que son humedales compuestos por restos de materia orgánica proveniente de vegetales. De acuerdo a la mencionada Evaluación, solo cubren entre un 3% y un 4% de toda la superficie terrestre.

Increíblemente, empero, albergan el 1,5% del total del carbono almacenado a nivel mundial y un 25% del que está acumulado en la vegetación y los suelos. Ramsar cita el caso de las 30.000 hectáreas de turberas restauradas en el estado alemán de Meckelburgo-Pomerania Occidental (norte del país), con lo que se evitó que se emitieran al año unas 300.000 toneladas de CO2.

La estimación económica de los daños que fueron evadidos con esta estrategia es de 21,7 millones de euros anuales. Esto ocurre porque, al ser grandes depósitos de carbono, su destrucción suelta a la atmósfera este elemento, que termina mezclándose con el oxígeno y producir el principal gas de efecto invernadero. Acabar con los humedales, por eso, es un suicido ambiental.

Todos, los continentales y los marinos, guardan el 40% del carbono generado en el planeta, de acuerdo a Ramsar. Su poder para mitigar el cambio climático reside —según los investigadores del Centro Meteorológico de Matanzas, Cuba— en que “estabilizan las costas, regulan la cantidad y calidad de agua, y constituyen una primera defensa contra huracanes y tormentas”.

La paradoja, de cuidado y que Collado resalta con precisión, es que simultáneamente son “muy vulnerables al cambio climático”, pues los cambios de temperatura, el aumento del nivel del mar o la mayor frecuencia de precipitaciones les afectaría, y ya hace severamente. De allí la importancia de cuidarlos y no secarlos, como miserablemente, se ha hecho durante siglos.

Los humedales, por último, purifican el agua. El caso de la marisma de Muthurajawela, vecina a Colombo, la capital de Sri Lanka, es sugerente. Su capacidad para amenguar las inundaciones y tratar aguas residuales, se valora en 5 y 1,2 millones de dólares anuales respectivamente. De haberse convertido en una zona agrícola, tendría un valor unas 20 veces menor, según el IEEP.

Febrero fue el Mes de los Humedales, en todo el mundo. Su conservación, no obstante, tendría que ser permanente. Unas parihuanas (Phoenicuparrus andinus) que buscan alimento en un humedal de la Reserva Nacional de Paracas (costa sur del Perú) parecen saberlo. Cerca de ellas está el mar y, no mucho más allá, una ciudad que amenaza con avanzar sin compasión.

5/04/2015