Leonardo Padura, La neblina del ayer

“Después de pedirle unos minutos al Conde, la bisnieta encargada de cuidar a Rogelito, una mulata blanconaza de unos treinta y tantos años sólidos y calientes, dueña de unos pezones empeñados en perforar la leve tela de la blusa y de unas nalgas abruptas sobre las cuales podía sentarse un hombre, había traído al anciano hasta el sillón mullido con cojines adicionales que semejaba el trono de un patriarca venido a menos. Rogelito había salido del cuarto apoyado en el brazo de la bisnieta, avanzando con pasitos deslizantes, incapaz ya de levantar las piernas que seguramente danzaron en los mejores salones de La Habana, y el Conde tuvo la sensación de estar ante una vela en el trance de quemar la última hebra de su pabilo. Salvo las orejas irreductibles, alguna vez pertenecientes a un hombre de estatura mediana, y los dientes postizos, empeñados en imponerle una alegría grotesca y permanente, todo en el anciano parecía a punto de esfumarse, de convertirse en polvo por los efectos de la química implacable del tiempo.

Acomodado en su sillón, con los ojos muy abiertos, buscando procurarse el beneficio de la claridad, Rogelito ofrecía la estampa de un pichón prematuramente sacado de un huevo gigantesco, y el Conde pensó que la vejez exagerada podía ser el peor de los castigos deparados al hombre.”