Leviatán / Paul Auster

Mi opinión

Novela de circunstancias, relato biográfico, la historia de Ben Sachs bien puede ser la de Ted Kaczynski, Unabomber, el matemático y genio que entre 1978 y 1995, una vez devenido en antisistema y terrorista, mantuvo en jaque al FBI hasta ser hallado oculto en un bosque de Montana y condenado a cadena perpetua acusado de la muerte de tres personas. O la de los jóvenes chechenos detrás del terror en la última maratón de Boston. Entonces la novela de Auster puede leerse como una denuncia contra las interpretaciones ramplonas, antojadizas, válidas todas para justificar el american way of life.

Paul Auster aborda en “Leviatán”, gracias al detallista y memorioso Peter Aaron, el narrador omnisciente que le da vida a esta novela de 1992, un par de temas de indudable traza contemporánea: el fanatismo que convierte al individuo en objeto al servicio de las ideologías y el poder que han adquirido los medios de comunicación, esa maquinaria capaz de elaborar cualquier mito con el afán de ordenar la vida de todos. Y  lo hace de la manera que solo un enemigo de los lugares comunes puede hacerlo: con sobriedad, absoluta creatividad y utilizando, además,  una sarta de señuelos autobiográficos para brindarle a sus lectores un poco más de data sobre su universo personal, una de las constantes más firmes de su novelística como lo ha señalado el poeta Balo Sánchez León, uno de sus más fervientes admiradores en Perú.

Aaron -judío, escritor, neoyorquino, divorciado y sin mucho rumbo- se enfrasca en una verdadera carrera contra el tiempo para relatar la historia de Benjamín Sachs, un amigo entrañable, escritor también, que ha volado en mil pedazos en una carretera de Wisconsin al manipular una bomba casera. Como Truman Capote en “A sangre fría” o el propio Gabo en “Crónica de una muerte anunciada”, Auster empieza la narración por el final  y con las mismas armas con las que nos engatusaron los fundadores de la novela de no ficción se afana en reconstruir los datos más intensos de  la vida de un hombre que decidió convertirse en el Fantasma de la Libertad, un silencioso terrorista afanado en destruir las réplicas de las estatuas de la Libertad a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Una buena persona, al decir de Peter Aaron, tan solo una víctima de sus circunstancias y a quien, de seguro, la prensa destruirá en su afán de mantener el statu quo: “Una vez que se descubra el secreto –el cuerpo del hombre muerto en la autopista no ha dejado ninguna evidencia de su identidad- se contarán toda clase de mentiras, los periódicos y las revistas publicarán sus desagradables versiones distorsionadas, y en cuestión de días la reputación de un hombre quedará destruida. No es que yo quiera defender lo que hizo, agrega Aaron , caustico, pero puesto que él ya no está en situación de defenderse, lo menos que puedo hacer es explicar quién era”.

Novela de circunstancias, relato biográfico, la historia de Ben Sachs bien puede ser la de Ted Kaczynski, Unabomber, el matemático y genio que entre 1978 y 1995, una vez devenido en antisistema y terrorista, mantuvo en jaque al FBI hasta ser hallado oculto en un bosque de Montana y condenado a cadena perpetua acusado de la muerte de tres personas. O la de los jóvenes chechenos detrás del terror en la última maratón de Boston. Entonces la novela de Auster puede leerse como una denuncia contra las interpretaciones ramplonas, antojadizas, válidas todas para justificar el american way of life. Sachs, el personaje central de “Leviatán” es un paria, un disidente, su vida misma, la novela que escribe mientras purga prisión por negarse a pelear en Vietnam, “El nuevo coloso”, son una impugnación al orden vigente, una búsqueda afanosa de un camino alternativo. Sachs, lo va susurrando Peter Aaron, pasa de ser un admirador de Thoreau a seguidor tardío de Marx, Trotski y Bakunin. Como Kaczynski, autor de un manifiesto ecologista de absoluta validez, un profeta, equivocado o no, de los nuevos tiempos. Como Maritza Garrido-Lecca, a quien conocí como bailarina de ballet y en poco tiempo pude verla convertida en una de las celosas guardianas de Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso.

“Leviatán” también resulta una novela sicológica. Benjamín Sachs, hijo de un judío de Nueva York y de una irlandesa, nace el mismo día del lanzamiento de la bomba de Hiroshima, y en varios pasajes de su vida, el ícono de la ciudad del 11/9, la Estatua de la Libertad, lo induce a tomar decisiones trascendentales. A los seis años se enfrenta en sus escalinatas al yugo materno y poco tiempo antes de convertirse en el Fantasma de la Libertad se cae desde un cuarto piso mirando su silueta en la noche de una ciudad que se le había vuelto ajena. ¿Existen hechos determinantes en la vida de un hombre con tanta capacidad para precipitar cambios de timón tan radicales? Aaron cree que sí, que algunos encuentros, como los que tuvo Sachs con la diletante María Turner, o la excéntrica Lillian Stern o con Reed Dimaggio, un seguidor del anarquista Alexander Berkman, con quien se topa en un camino rural de Vermont, definen la vida, la existencia de una persona. Como en la película de Tom Tykwer, “Corre, Lola, corre”, un acontecimiento mínimo –un encuentro casual, una conversación cualquiera- pueden cambiar el sino de una persona y echar a rodar la rueda de la fortuna. Es lo que le pasa a Benjamin Sachs, una suerte de Allie Fox, el enajenado personaje de “La Costa de los Mosquitos”, otro bizarro y genial enemigo del sistema, cuando se encuentra con Dimmaggio y termina de entenderlo todo, de tener clara la misión de su vida: “De repente mi vida parecía tener sentido. No solo los últimos meses, sino toda mi vida, desde el principio. Por primera vez en mi vida estaba entero”, dirá.

A diferencia de Fox, Padre en la novela de Paul Theroux, el excéntrico que decide largarse al único lugar prístino que le va quedando al continente, la selva enmarañada de Honduras, la apuesta de Sachs es citadina. Su guerra personal se convierte en una guerrilla solitaria en las plazas sin gente donde a alguien se le ha ocurrido levantar una de las 130 réplicas de la Estatua de la Libertad que existen en territorio estadounidense.

La sociedad contemporánea es el Leviatán, ese monstruo bíblico que vive en el mar y todo lo posee, esa serpiente inmensa, según el Talmud, que será muerta y su carne servida como banquete para los justos. La Estatua de la Libertad es su símbolo más elocuente. Sachs, un hombre cualquiera, un ciudadano un tanto fisgón, inusual, con un pasado levantisco pero común al de tantos jóvenes de su generación, calificable como un ciudadano normal, esconde entre sus manos los hilos de las bombas que han hackeado la noche americana, es un enemigo sigiloso del establishment; vive entre los vivos, aun cuando sea el fantasma que lanza las peores imprecaciones contra el sistema que ha decidido combatir hasta el final. Por eso es que el FBI visita a Aaron y trata de exigirle los datos que necesita para armar el identikit del terrorista infame, bestial, apocalíptico que hay que mostrar para que todos podamos irnos de nuevo a dormir y volver a apagar la luz.

“Leviatán” no solo es una bonita novela, bien elaborada, sustanciosa, entretenida, es también un alegato contra el fanatismo, ese mal que no ha dejado de expandirse a pesar de la llamada cultura de la libertad, precisamente porque sabe entender sus meandros y no lo juzga a priori.

Leviatán
Paul Auster
Compactos Anagrama
269 páginas