Lorenzo Falcó por Arturo Pérez Reverte en “Eva”, 2017

“Regresó a su hotel por la Rue de la Marine, sin prisas, disfrutando del paseo. Estaba cómodo en Tánger. Tenía costumbre de moverse por territorios de límites imprecisos, y esa ciudad era uno de ellos. El ambiente local le era tan familiar como la frontera entre México y Estados Unidos o la línea turbulenta que separaba Europa Central y los Balcanes de la Unión Soviética. Se daba entre esos lugares un nexo evidente, un común denominador mestizo. Por azar, necesidad técnica o placer personal –ni él mismo tenía interés en determinarlo-, media vida de Falcó había transcurrido en sitios parecidos, cantinas sudamericanas, tabernas centroeuropeas, zocos y basares del norte de África y el Levante mediterráneo. Atento siempre a los gestos, las palabras, las conversaciones. Aprendiendo lecciones útiles para la vida y la supervivencia. Por eso se movía con idéntica soltura en el Ritz de París o el Plaza de Nueva York que en el barrio chino de San Francisco, entre las cucarachas de una pensión de Veracruz o en un burdel de Alejandría. Incluido ambientes en los que convenía averiguar dónde estaba la puerta de salida antes de pedir una copa, y bebérsela echando un vistazo prudente por encima del hombro”.

“Lorenzo Falcó era un individuo para el que los años vividos, las incertidumbres, los peligros y el adiestramiento fraguaban en un compacto bloque de reflejos útiles y rutinas defensivas. Su visión del mundo era simple en las formas y compleja en las causas: un mecanismo de relojería hecho de reacciones automáticas, sentido del humor oscuro y fatalista, y la certeza intelectual de que el mundo consistía en un lugar hostil, regido por reglas implacables y poblado por bípedos peligrosos, donde era posible, con voluntad y ciertas aptitudes, ser un peligroso como cualquiera”.