Los afganos aman las flores / Jon Lee Anderson

Mi opinión

Cazo las citas de esta semana de una crónica de Jon Lee Anderson elegida por Pere Ortin y su equipo para incluirla en la magnífica antología “Contar(nos) el mundo” que echó a rodar hace unos meses Altaïr para mostrar (principalmente a los peruanos espantados con el repunte de los grupos evangélicos en los últimos comicios) que en materia de oscurantismos y odio a los homosexuales -y a todo lo que se parezca- nuestros “religiosos” están hasta las cangallas: no han sabido hacer bien su tarea.

Jon Lee Anderson debe ser el periodista vivo mejor informado sobre lo que ocurre en el cercano y en el medio oriente. El reportero de guerra que debutó curiosamente en nuestro país como redactor en The Lima Times conoce de extremismos y radicalismos religiosos como el que más: el “heredero de Kapuscinski”, así lo llaman, ha cubierto en los últimos años los dramas de Siria, Líbano, Libia, Irak, Afganistán y por si fuera poco también los de Angola, Somalia, Sudán, Malí y Liberia. Es un monstruo.  

Cazo las citas de esta semana de una crónica suya elegida por Pere Ortin y su equipo para incluirla en la magnífica antología “Contar(nos) el mundo” que echó a rodar hace unos meses Altaïr,  para mostrar (principalmente a los peruanos espantados con el repunte de los grupos evangélicos en los últimos comicios) que en materia de oscurantismos y odio a los homosexuales -y a todo lo que se parezca- nuestros “religiosos” están hasta las cangallas: no han sabido hacer bien su tarea.

Comenta Anderson que “hay un chiste perverso en Afganistán: dicen que cuando los cuervos sobrevuelan Kandahar se cubren el trasero con un ala, por si acaso. Los afganos de otras regiones bromean de este modo sobre el alto índice de pederastia que existe entre los hombres pashtun –la tribu mayoritaria de Afganistán, sobre todo del este y el sur del país, de donde provenían la mayoría de los talibán (…) no solo sucedía con los pashtun: en general los afganos están más cercanos a la ambisexualidad que los occidentales. Tienen afición por los niños púberes, una tradición que recibe el nombre de ashna (…) los jóvenes suelen enamorarse del chico más bello del barrio, por lo general un menor, y es una tradición tratar de seducirlo. Uno de mis intérpretes había aprendido inglés sólo para impresionar a un chico que había llegado a la ciudad, ya ambos terminaron juntos. Era su ashna. El que era mi intérprete, el seductor, no se consideraba homosexual. Lo contaba con toda naturalidad y hasta con cierta ensoñación, y hablaba tanto de la belleza del hombre como de la mujer. Un día cuando estábamos, prosigue Jon Lee,  ya en Kabul, llegó un fotógrafo de Francia a cubrir la guerra.  Era muy atractivo, y los hombres afganos que lo veían se morían por él. Es más, mi intérprete bromeaba que estaba enamorado de él. Pero había algo de verdad en su declaración: se le quedaba mirando, jugaba con su cabello y todas las conversaciones giraban en torno a que lo seguiría hasta el fin del mundo”

Bravos, ¿no?, ¿qué dirán de tamañas licencias –si es que llegan a leer estos apuntes andersonianos los enemigos de las demandas LGTB, los congresistas barbudos del FREPAP, los embravecidos adherentes del grito de guerra “con mis hijos no te metas?

Difícil saberlo… mientras, sigamos paladeando al trejo periodista californiano. “Si un extranjero llegaba a un campamento mujaidin, tenían la costumbre de agarrarle los testículos. Me sucedió una sola vez, en un campo de batalla al norte de Afganistán, en las afueras de Kunduz. Un mujaidin vino a saludarme, me pidió un cigarro, y detrás de él vino un hombre, un típico guerrero y me agarró los testículos. El resto de los mujaidines se reían. Lo perseguí y lo pateé dos veces, pero el sacó su ametralladora para amenazarme. Hubo unos segundos de tensión, en que yo le increpé y de pronto se fue. Los mujaidines testigos excusaron su comportamiento diciendo que él había crecido en la guerra, que nada podían hacer. Me quedé muy furioso y lo quise denunciar a su comandante. Sin embargo, para los afganos hay una diferencia entre estas costumbres y lo que es un hombre homosexual de toda la vida”.

Tomado de Los afganos aman las flores,  una crónica de Jon Lee Andersion incluida en Contar(nos) el mundo. 32 miradas sobre la cultura y el viaje. Altaïr Magazine, 2019.

REUTERS/Saeed Ali Achakzai (PAKISTAN)