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Por Guillermo Reaño

Cordillera de Huayhuash en un día / Áncash

Foto Viajeros

¿Recorrer la Cordillera de Huayhuash en un día? Imposible, el célebre trek a la cordillera que comparten los departamentos de Lima, Áncash y Huánuco se suele realizar, lo dicen todas las agencias de viaje que promocionan el circuito, en doce o más jornadas pedestres. Esa es la verdad, intentar recorrer esta maravilla de la naturaleza en menos tiempo es cosa de bravos, de montañistas en busca de nuevos récords o imposibles. O de frikis.

Foto: Tomada de Internet

Foto: Tomada de Internet

No voy a decir que conocerla como se debe solo me costó 24 horas porque sería faltar a la verdad. No. Solo voy a proponerles una ruta que le permite al viajero con apuros –o con ganas de llevarse una primera impresión de la fastuosa cordillera- recorrer sus parajes más notables en uno o dos días.

Sí, el viaje imposible se puede hacer en mucho menos días de los necesarios. Apunten bien, comienza la experiencia Huayhuash full day.

Chiquián, 5 de la mañana de un día de abril. Me levanto al alba en el hotel Posada Imperial, un alojamiento nuevo, sólido, de tres pisos. Cincuenta soles por un descanso reparador. Chiquián es un pueblo con todos los servicios. Por aquí se enseñoreó Luis Pardo, el bandolero social que hace más de cien años se declarara en rebeldía para enfrentarse a los abusos de hacendados y mineros. En la entrada de la localidad hay un monumento que perpetúa su memoria.

Foto: Tomada de Internet

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La movilidad que me conduce toma un camino rural que en poco más de una hora me deja en Llámac, un pueblo típicamente campesino acostumbrado a recibir turistas. Aquí se suele iniciar el célebre trekking por la Cordillera de Huayhuash, una de las caminatas más hermosas del mundo, una ruta tan o más conocida que las de Nepal, los Himalaya y África.

Llámac, 6 y 30 a.m. En uno de sus restaurantes-alojamiento me doy maña para despacharme una patasca de campeonato. Un café, un par de panes completan el opíparo desayuno. Todo por menos de diez soles.

Vuelvo a treparme a la camioneta que gentilmente ha conseguido Alex Milla (chiquiantravel@gmail.com), tour operador en Chiquián y baquiano por estas  estas alturas decoradas de picos de más de cinco mil metros de altura y más. El vehículo que me ha de llevar al corazón del circuito empieza un ascenso trepidante que se inicia en la quebrada Pacllón, en las proximidades del caserío de Pocpa, para terminar en las instalaciones de la mina Santa Luisa, 4,400 msnm.

Alturas de minera Palca, 8 a.m. La trocha es empinadísima y la camioneta ronronea de lo lindo al ir coronando estas alturas inenarrables. Bosquecillos de Polylepis aparecen y desaparecen a cada momento. Estamos tratando de llegar al fin del mundo. De pronto nos introducimos por un túnel que  en medio de la nada se divide para seguir la ruta del mineral que dormita en las profundidades del planeta. Perderse aquí es una posibilidad que espanta. Por fin vemos un poco de luz en medio de tanta oscuridad, estamos a un paso de ingresar a otros reinos. Se siente.

Sí, no nos equivocamos, un par de vueltas después de salir del túnel y dejar atrás los paisajes de la Cordillera Blanca nuestros ojos y sentidos se enfrentan a un espectáculo formidable. Hemos aterrizado en el corazón de la Cordillera de Huayhuash, justamente donde se encuentran sus tesoros más escondidos y fabulosos. Las gemas de su bien ganada fama en el mundo de la aventura y los deportes extremos.

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Bajo de la camioneta para tomar y tomar fotos. Allí están, imponentes y magníficas, las moles del Carnicero (5960 m), el Rondoy (5870), el Jirishanca Chico (5446) y el Jirishanca Grande (6094), el Yerupajá Grande (6617) y el Yerupajá Chico (6089) …y por si fuera poco desde el privilegiado atalaya donde me encuentro puedo atisbar los contornos de la laguna Jahuacocha, turquesa hasta decir basta.

Me rodea una reunión de colosos tan espectacular como la que tuve la suerte de apreciar en el trekking Santa Cruz hace una pila de años.

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Desde ese punto, Mirador Minapata, 9 de la mañana, empezamos un descenso a campo traviesa hacia las lagunas de Solterococha y Jahuacocha. Vamos felices, saltando en un pie, deteniéndonos en cada uno de los infinitos miradores que la naturaleza ha puesto para tomar las fotos de reglamento y atender los suspiros que se escapan de nuestros agitados cuerpecillos. Las apachetas que se levantan por doquier testimonian la presencia de otros viajeros subyugados también por tamaño espectáculo.

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Laguna de Jahuacocha, 11 de la mañana, casi medio día. El descenso fue animoso pero constante. Hay que frotarse un poco las rodillas y tomar bastante líquido. Los días en estas alturas suelen ser extremadamente calurosos, las noches todo lo contrario.

La laguna de Solterococha es más pequeña y de colores más modestos, es la que recibe las aguas de los deshielos eternos de manera directa. La de Jahuacocha, plácida y de tonalidades iridiscentes, donde el color turquesa predomina sobre los demás tonos del azulverde/verdezul , es un encanto indescifrable. Allí decidimos acampar un momento para tomar fuerzas y seguir.

En este punto ya se pueden apreciar las carpas de los caminantes que llegaron por la mañana. Recuerden, es abril, se acaba de iniciar la temporada de alta montaña en estos confines de nuestro país; en julio, esto será un hervidero de montañistas de todas partes. Casi ninguno será peruano. Increíble.

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Almorzamos en un tambito al lado de la laguna una pachamanca ni fu ni fa que me escandalizó por su precio treinta soles.

Cabalgata a Llámac, 2 de la tarde. Desde aquí se puede ir a pie hasta Llámac, preferí la grupa de Flor de Romero, un caballo blanco de buena estampa que no me deparó sorpresas ni contratiempos mayores. Sobre él anduve las cuatro horas y media que duró la  cabalgata.

Durante la primera parte del recorrido, digamos que durante la primera media hora, se avanza por un extenso bofedal que permite acomodarse a lo que viene. Más allá de nuestros entusiasmos, seguimos siendo animales de las veredas, civilizadas criaturas que hace mucho olvidamos lo que significó para nuestra especie andar sobre las cuatro patas de un animal como estos.

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Del relieve regular y aparentemente plano se va pasando a las subiditas trotonas y a los ascensos que asustan. Es normal, debemos coronar las montañas que se alzan sobre nosotros para poder llegar a nuestro destino. Uf, las cosas se ponen color de hormiga. Ya dejamos de ser el Zorro sobre Tornado para convertirnos en los zarandeados tripulantes de unas bestias –los caballos de nuestra tropa- atentos, atentísimos, para no tropezar y caer a los abismos.

No voy a decir más. Las emociones y los recuerdos vividos son enemigos de la objetividad. Lo cierto es que pasé unas horas magníficas, durísimas pero magníficas. Flor de Romero me condujo con acierto, no tuvo tiempo para dubitaciones ni se arredró frente al peligro. Subimos y bajamos cuestas, avanzamos por desfiladeros tremendos que se introducían en bosques de Polylepis y otras plantas milagrosas, sobrevivientes de las alturas y los cambios bruscos de temperatura. Y cuando la noche empezó a esconderlo todo, mi caballo blanco marchó como los buenos, zigzagueante y seguro hacia nuestro destino final.

Llámac, seis de la tarde, de repente un poco más. El reto había sido cumplido, lo mejor de Huayhuash, con el perdón de los entendidos, incluido en un inusual y heterodoxo  full day. Escucha peruano, no hay excusas que te impidan conocer estas maravillas.

Chiquián, escuchando a un cantor local referirse a las hazañas de Luis Pardo, abril de 2016

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