Manu Leguineche. El jefe de la Tribu / Víctor López

Manu Leguineche (1941-2014) fue el epítome del periodista viajero, el arquetipo del hombre de prensa preparado para zarpar en cualquier momento en busca de la noticia aun cuando para hallarla se esté obligado a sufrir privaciones en exceso o correr riesgos extremos. Lo he seguido desde que me enteré de su trabajo como reportero a tiempo completo por cualquier rincón del mundo y jefe de una tribu extinta, lamentablemente: la de los corresponsales de guerra, esos hombres de acero que hicieron del periodismo una pasión cotidiana y un modo de vida al filo de la navaja.

Fundador de recordadas agencias de noticias –Colpisa, Cover Prensa, LID, Fax Press-, animador de memorables tertulias, algunas de ellas televisivas, redactor en Saigón y en Nicaragua sin Somoza, jugador de mus y bebedor empedernido, el vasco más universal del siglo que hemos dejado atrás, así lo llamó Juan Cruz, su amigo y exégeta, ya tiene, por fin, cuatro años después de haber partido, quien le escriba.

Víctor López (La Coruña, 1979), comunicador audiovisual, se ha tomado el trabajo de sumergirse en los intersticios de la memoria colectiva para elaborar un retrato bastante sentido del Manu. Leguineche, un metro ochenta de estatura, pelotero y pelotari como buen euskera, coleccionista de amigos a montones, nació en 1941 en Belendiz, un pueblito de tonos campesinos en el municipio de Arrazua-Guernica, pocos años después del bombardeo de la localidad inmortalizada por el genio de Picasso.

“La Segunda Guerra Mundial empezó en mi pueblo”, solía decir quien se pasó la vida yendo de una guerra a otra para darle voz, como Kapuscinski, el otro gran cronista de la Guerra Fría y el fin de los colonialismos, a los que la fueron perdiendo como consecuencia de los desvaríos propios de una civilización al borde del suicidio.

El recorrido vital del arrazuara se inició en el 65, de pura casualidad y a los 22 años, cuando Harold Stevens y Al Podell, dos iconoclastas gringos decididos a dar la vuelta al mundo en un jeep Toyota Land Cruier r para batir un récord impuesto por otros trotamundos, lo reclutan en un garito de Madrid. Esa travesía iniciática, narrada por López valiéndose de las notas que el propio Leguineche utilizó para escribir El camino más largo, su obra más conocida y universal, marcaría su destino como periodista. Políglota –Manu dominaba cinco idiomas: inglés, francés, italiano, español y euskera-, rara avis en una España sumida en el franquismo más rancio, Leguineche, como su contemporáneo Félix Rodríguez de la Fuente, el inventor del ecologismo español, se supo elevar sobre la medianía intelectual de su tiempo para forjar una carrera sensacional y llena de  superlativos.

De sus éxitos como periodista de fuste y de los amigos que reclutó, la mayoría compañeros de cuitas en algún hotel cercado por la guerra o simplemente compinches en las redacciones que dirigió fiel a un estilo alborotado y personalísimo, trata el libro de López, quien le dedicó al maestro un año y medio de pesquisas en su archivo personal y vastísima obra y más de 70 entrevistas a familiares y camaradas de la infancia.

El libro de López, que trae prólogo de Javier Reverte, amigo del homenajeado y no muy disciplinado partner en más de una guerra, está exento de pretensiones, solo aspira retratar con firmeza los rasgos íntimos de un hombre extremadamente tímido pero vital; apasionado como poco en su oficio y al mismo tiempo apesadumbrado por los contrasuelazos propios de una biografía compleja. El Leguineche de López se parece mucho al que habíamos construido leyendo buena parte de su amplia bibliografía.  Lector desde niño de diarios y revistas, Manu creció leyendo a Salgari, Stevenson, Conrad, Melville para posteriormente ser un admirador ferviente de Dos Passos, Hemingway y Camilo José Cela, otro grande de la literatura de viajes de la España del siglo XX. Cela y Miguel Delibes, su primer jefe en El Norte de Castilla, fueron para el autor de “Los Topos”, la obra más vendida de Leguineche, referentes de obligada mención.

Periodista a todas horas del día, como lo menciona Reverte en la cálida introducción al trabajo de Víctor López, Manu nos dejó infinitas lecciones de bonhomía y decálogos precisos para ejercer apropiadamente el periodismo que estamos en la obligación de refundar. “Manu Leguineche. El jefe de la Tribu” resulta por ello un manual imprescindible para adentrarse en el corazón de un “hombre, al decir de Javier Reverte, que ayudaba a los otros sin pedir a cambio nada más que cariño”. Se los recomiendo, he gozado leyendo sus páginas.

Manu Leguineche. El jefe de la Tribu
Ediciones del Viento, 2019
396 páginas